Hagamos del mundo una única familia |
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n 1818, en el seminario de Issy (Francia), un joven seminarista, Pedro Bienvenido Noailles (bordolés de 25 años), tiene una experiencia ante la Virgen: fundar una sociedad en la que todos los cristianos, fuera cual fuera su estado de vida, pudieran vivir un auténtico seguimiento de Cristo. La finalidad de la Asociación será extender y fortalecer la fe en todos los ambientes y renovar el testimonio de los primeros cristianos, que no tenían más que un solo corazón y una sola alma. La Sagrada Familia de Nazaret, dulce imagen de la Trinidad, es su fuente de inspiración.
Este sueño comienza a hacerse realidad en Burdeos, el 28 de mayo de 1820, con una pequeña comunidad de tres jóvenes que intentan dar respuesta a una de tantas necesidades (niñas huérfanas) surgidas a raíz de la Revolución francesa. Casi dos años después, una experiencia extraordinaria durante la adoración del Santísimo corrobora que lo iniciado responde al querer de Dios. A través de los años se irá respondiendo a las diferentes necesidades que van surgiendo, y las mismas vocaciones que comenzaron entonces continúan hoy vivas en la Asociación (Asociados Laicos y Sacerdotes, el Instituto Religioso con dos vocaciones: Contemplativas y Apostólicas, y el Instituto Secular) y forman una “única familia”, la Familia que Pedro Bienvenido Noailles soñó. Este, antes de su muerte, ve hecho realidad otro sueño: el de cruzar las fronteras. En 1843 funda en España y en 1854 en Bélgica. Su gran deseo de ir a Sri Lanka se hará realidad un año después de su muerte. Dimensión misionera Desde sus comienzos, la Sagrada Familia de Burdeos ha vivido su dimensión misionera como fruto del propio carisma. Hoy la dimensión misionera ad gentes se torna inter gentes para seguir creando y comprometiéndonos en relaciones de inclusión, de comunión entre nosotras mismas, más allá de las fronteras culturales y con toda la creación. Por Cristo somos enviadas a hacer de toda la humanidad una sola familia, revelando el rostro familiar de Dios, como Jesús, María y José. Estamos llamadas a extender y fortalecer la fe por la presencia, la palabra y la acción.
Vivimos nuestra vida misionera cuando acogemos toda realidad humana: manifestando una opción preferencial por los pobres y oprimidos; afirmando la dignidad de la persona; promoviendo la justicia y la comunión; identificando las causas del mal y comprometiéndonos con otros a cambiar las situaciones que lo provocan; y viviendo cercanas a la gente, con sencillez. Vivimos nuestra vida misionera cuando, desde nuestra espiritualidad profundamente encarnada, arraigadas en el presente, permanecemos fieles al Espíritu que nos precede y actúa en nosotras y en los otros; cuando experimentamos y celebramos en el centro de nuestras vidas, en solidaridad con un pueblo, la fuerza y la esperanza del misterio pascual, a través de las alegrías, la pobreza, la enfermedad y la misma muerte; cuando discernimos las llamadas de Dios a través de la contemplación de la realidad cotidiana y, sobre todo, a través del rostro desfigurado de Jesús en cada persona. El futuroEn el reciente Capítulo General, entre otras cosas, hemos pensado en nuestro futuro, y éste viene marcado por la cita: “Ahora te doy a elegir entre la vida y la muerte… ¡Escoge la vida!” (Dt 30,19). “Escoger la vida” hoy nos abre a una nueva conciencia y visión del mundo, y nos urge a un cambio de mentalidad para situarnos en un nuevo modo de relacionarnos con Dios, con la humanidad, con la tierra y con toda la creación. Ahora somos conscientes de que toda la familia del cosmos formamos juntos una comunidad sagrada de vida, cuya fuente es nuestro Dios-Trinidad, que es Amor-Comunión.
Estos son compromisos urgentes en nuestro seguimiento de Jesús hoy. Vivir nuestra vida consagrada para la misión desde esta visión cósmica es pasar por el camino pascual de desprendimiento y acogida, de muerte que abre a una vida en abundancia.
Por
Maribel Cortés
López |