Enviadas por Él y como Él, a continuar entre los pobres su presencia salvadora |
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n la calle de Las Mazas de Salamanca, a la sombra de la célebre Universidad y de monumentos llenos de belleza, como las dos catedrales y la Clerecía, nace el 6 de junio de 1837 Bonifacia Rodríguez Castro, hija de un sastre. Según costumbre de la época, su padre trabajaba en la propia casa, por lo que Bonifacia nace en un taller. Artesanos humildes y piadosos, sus padres continúan la tradición familiar de trabajo manual eligiendo para su primogénita, una vez concluidos los estudios primarios, el oficio de cordonera, que aprende a la perfección. Con él comienza a ganarse la vida por cuenta ajena a los quince años cuando, a la muerte de su padre, se ve en la necesidad de ayudar a su madre, viuda con cuatro hijas, a sostener la casa y familia, experimentando en su carne horarios agotadores y escasa remuneración por ser mujer. La
necesidad de trabajar para vivir configura desde muy temprano su recia
personalidad. Es una de esas chicas salmantinas que tienen que trabajar
fuera del hogar, corriendo peligros y experimentando la desaprobación
social propios de esta condición. Pasadas las primeras estrecheces económicas,
establece un “taller de cordonería, pasamanería y demás labores”
de su propiedad. Atraídas por su testimonio de vida, varias amigas le
piden reunirse con ella los domingos y festivos por la tarde, con el fin
de verse libres de las peligrosas diversiones de la época, convirtiéndose
así el taller de Bonifacia en un incipiente centro apostólico y social
de prevención de la mujer.
Bonifacia
Rodríguez, asidua feligresa de la Clerecía, capta enseguida el mensaje
evangelizador de Francisco Butinyà en torno a la santificación del
trabajo y lo toma como director espiritual. A través de ella entra
Butinyà en contacto con las chicas que se reunían en su taller, la
mayor parte trabajadoras manuales también, y el Espíritu Santo le
sugiere un nuevo proyecto de vida religiosa inserta en el mundo del
trabajo, teniendo a aquellas sencillas trabajadoras como protagonistas.
E invita a Bonifacia a fundar con él la Congregación, naciendo así en
la Iglesia las Siervas de san José. Un año más tarde, en 1875,
Francisco Butinyà funda en Calella de la Costa (Barcelona) una nueva
casa de Siervas de san José. Razones históricas hacen de esta
comunidad el inicio de una nueva Congregación, las Hijas de san José. Siervas
de San José misioneras En
1926 la Congregación de Siervas de san José elige Cuba para su primera
fundación fuera de España. Siguen fundaciones en Argentina y Portugal
(1928), más tarde en Filipinas (1932). Las primeras misiones
propiamente dichas, es decir, en territorio dependiente de Propaganda
Fide, llegan con las fundaciones de Tamshyacu y Tingo María en el Perú
(1948). La trayectoria de la Congregación entre los pobres fuera de
España aseguraba el éxito misionero, que no se hace esperar.
Una
de estas chicas es Isabel Méndez Herrero, que ingresa en la Congregación
en 1944. Con una clara vocación misionera, ve truncadas sus ilusiones
por una gravísima enfermedad. “Seré misionera por el sacrificio y la
oración” decía. Fallece a los 29 años en Salamanca y al poco tiempo
se introduce su causa de canonización. Misionera también era la vocación
de Mª Dolores Fraga Iribarne, que ingresa en el noviciado el mismo año
y que igualmente una enfermedad le impide realizar su sueño misionero;
tenía 24 años cuando muere en Cuenca con fama de santidad. Compañera
de colegio de Mª Dolores y de noviciado de Mª Dolores e Isabel es
Amadora Peña González, una de las fundadoras de la primera casa-misión
de las Siervas de san José en Chile (Puerto Aysén, 1957). Mujer llena
de alegre dinamismo, comprometida al máximo con los más necesitados,
se peleaba con el cardenal arzobispo de Santiago, Mons. Silva Henríquez,
por conseguir fondos para sus talleres solidarios, promovidos por ella
en la más pura línea carismática de las Siervas de san José. Y
siempre ganaba Amadora, porque Silva Henríquez terminaba cediendo al
ver su fiel compromiso con personas tan necesitadas... Amadora Peña,
Sierva de san José misionera, fallece en Santiago de Chile en 1986 muy
querida por la gente de las poblaciones. El
compromiso misionero de nuestro Instituto lleva al capítulo general de
1963 a solicitar a la Santa Sede el título de Misioneras, que lo
concede antepuesto al nombre –Misioneras Siervas de san José–,
hasta que un nuevo capítulo general, el de 1975, profundizando en la raíz
carismática de la Congregación, restaura el originario de Siervas de
san José, sin perder nada de su espíritu misionero. Nazaret, semilla
misionera
La
raíz misionera de nuestra vocación está, sin duda, en nuestro
Carisma, que nace de la contemplación de Nazaret. Allí bebe la
Congregación su fuerza de encarnación y compromiso con los pobres del
mundo del trabajo, especialmente con la mujer trabajadora pobre.
Por
Victoria López |