Al servicio de los ancianos

E

n el siglo XIX, en un pequeño pueblo del norte de Francia, Juana Jugan, una mujer sin pretensiones, pero fiel a la gracia de Dios, hizo nacer para la Iglesia una nueva congregación: las Hermanitas de los Pobres. Entre las diversas familias religiosas que enriquecen a la Iglesia, la suya deberá manifestar, sobre todo, que la sencillez, la pobreza y la humildad de corazón conducen al encuentro con Dios, en el descubrimiento de su misterio de amor y de salvación hacia todos los hombres, creados a su imagen.

Nuestra fundadora

Juana Jugan nació el 25 octubre de 1792 en Cancale, un puerto pesquero situado en la costa del norte de Bretaña (Francia). Cuando aún no tenía cuatro años, su padre desapareció en el mar, como tantos otros marinos. Juana y sus hermanos aprendieron de su madre a vivir en la pobreza con honestidad y valentía, en la fe y el amor a Dios.

Trabajó como sirvienta y cocinera en una casa cerca de Cancale y también como enfermera en un hospital de Saint-Servan, otra población de la costa bretona. Juana rechazó una propuesta de matrimonio de un joven marinero diciendo: “Dios me quiere para Él, me guarda para una obra que aún no ha sido fundada”. Estas palabras proféticas, que pronunció a la edad de 24 años, se realizaron 23 años después en Saint-Servan, cuando un día de invierno de 1839 descubrió a una anciana ciega y paralítica que había sido abandonada; la tomó en sus brazos, la llevó a su casa y le dio su propia cama. Este gesto la comprometería para siempre, y a esta primera anciana la seguirían muchos más... Pobre ella misma, y obligada a trabajar duramente para vivir, Juana es sensible a la miseria de los ancianos que encuentra en las calles y comparte con ellos su salario, su pan y el tiempo de que dispone.

Animada por un hermano de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, inaugura la colecta y va a pedir por y para los ancianos, para poder mantener así a su familia de adopción, que crece sin cesar. En 1843 Juana acogía ya a 40 ancianas, y tres jóvenes compañeras se unieron a su causa, escogiendo a Juana como superiora de la pequeña asociación, que se encaminaba hacia una auténtica vida religiosa. Juana se convirtió en sor María de la Cruz. Pero no fue sólo en su nombre de religión donde ella llevó la Cruz, ya que pronto le robaron su obra, destituyéndola del cargo de superiora y reduciendo su actividad a la dura labor de la colecta.

A la injusticia, Juana responde con silencio, humildad y abandono. Poco a poco la sombra del olvido se va extendiendo sobre Juana Jugan. Ella deberá pasar los últimos 27 años de su vida en la casa madre, sin ser conocida como la fundadora por las hermanitas, las novicias y las postulantes con las que vivía y trabajaba, pero transmitiendo providencialmente, de esa manera, con su silenciosa influencia, el carisma inicial y el auténtico espíritu de los orígenes. Ella fue el grano de trigo que cae en tierra y muere, percibiendo, sin duda, la unión vital que existía entre esa muerte vivida en su interior y la vida que brotaba en su familia religiosa. Nadie le prestaba atención, pero ella veía crecer la obra bendecida por Dios, alegrándose de su expansión misionera y sintiendo dentro un gozo profundo.

 Falleció el 29 de agosto de 1879, como una hermanita más, y hasta 1902 no empezó a salir a la luz la verdad respecto a los comienzos. Beatificada el 3 de octubre de 1982 por el Papa Juan Pablo II, podemos ya anunciar, con profunda alegría, su próxima canonización, que tendrá lugar en Roma el próximo 11 de octubre, en ceremonia presidida por el Santo Padre Benedicto XVI.

Misioneras en los cinco continentes

Después de extenderse rápidamente la congregación por diversas ciudades de Francia, en el año 1851 las Hermanitas cruzamos el canal de la Mancha para nuestra primera fundación en Inglaterra (Londres). Dos años después estábamos ya en Bélgica.

A partir de 1855, con la ayuda providencial del padre Ernest Lelièvre, sacerdote del norte de Francia que se dedicó enteramente al servicio de la congregación, se experimentó una rápida expansión. Las vocaciones fueron muy numerosas y, a la muerte de Juana Jugan, 40 años después de la fundación en Saint-Servan, las Hermanitas eran ya 2.400, divididas en más de 170 comunidades, establecidas en Francia, Inglaterra, Bélgica, Escocia, España, Irlanda,       EE UU, Argelia, Italia y Malta.

El año 1882 se fundó en Calcuta (India) la primera casa en el continente asiático. Llamadas después a Australia, fundamos una casa en Melbourne en el año 1884. Al año siguiente se llegó a América del Sur y se fundó la primera casa en Valparaíso (Chile) y en 1886 empezaron las fundaciones en África.

Actualmente estamos también presentes en Portugal, Turquía, Congo, Kenia, Nigeria, Canadá, Colombia, Argentina, Sri Lanka, Hong Kong, Corea, Malasia, Taiwán, Samoa, Nueva Zelanda y Nueva Caledonia. Las últimas fundaciones han tenido lugar muy recientemente en Filipinas, en Benín, en Perú y en Jabalpur (India).

Nos esforzamos por continuar este ímpetu inicial, y la actividad y el sentido misionero se hacen notar cada vez más en la congregación, la cual, apoyada en el pasado, encuentra en la expansión de su apostolado “hasta los confines del mundo” una gracia de renovación y una fuente de vitalidad, buscando dar a conocer y extender cada vez más su apostolado misionero.

Como dicen nuestras Constituciones: “Con un corazón ampliamente abierto, nuestras comunidades misioneras se adaptarán a los usos del país, aprenderán su lengua y sus tradiciones y, en un diálogo sincero, descubrirán con alegría y respeto las riquezas que Dios ha dispensado a todos los pueblos”

Hoy, después de 170 años, la obra de Juana Jugan continúa  viva en 202 casas para los ancianos, en 32 países de los cinco continentes. Actualmente 2.710 Hermanitas nos esforzamos por cuidar a los ancianos pobres, en espíritu de humilde servicio, guardando viva la herencia que Juana Jugan nos legó, y prosiguiendo y actualizando su misión por todo el mundo.

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