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Origen de las Obras Misionales Pontificias (nn. 9-10)
9. La gracia de la renovación misionera ha ayudado siempre a la Iglesia a extender los espacios de la fe y de la caridad hasta los últimos confines de la tierra. En el contexto rico de piedad del siglo XIX, la senda del anuncio encontró un nuevo impulso gracias a algunas personas que, urgidas por el amor de Cristo por la humanidad (cfr. 2Cor 5, 14) y sostenidas por una fuerte espiritualidad de oración asidua, pudieron vivir la propia dedicación a la misión como un don de Dios a la Iglesia.
Es importante recordar sus nombres: Pauline Marie Jaricot (1799-1862), que está en el origen de la Obra de la Propagación de la Fe; Charles Auguste Marie de Forbin-Janson (1785-1844), Obispo de Nancy, fundador de la Obra de la Santa Infancia; Jeanne Bigard (1859-1934), que, junto con la madre Stephanie, dio vida a la Obra de San Pedro Apóstol; el Beato Padre Paolo Manna (1872-1952), misionero, fundador y animador de la Unión Misional del Clero.
10. El origen carismático de las Obras Misionales Pontificias aparece con claridad desde los inicios, en la inspiración de sus fundadores y en la visión de fe de sus primeros colaboradores. Su presidente declaraba a los responsables de los diversos grupos misioneros reunidos en Lyon el 3 de mayo de 1822: «Somos católicos y debemos fundar una obra católica, es decir, universal. No debemos ayudar a esta o aquella misión, sino a todas las misiones del mundo» (Christiani J. Servel, Marie-Pauline Jaricot, Editions du Chalet, Lyon 1964, p. 39).
La historia de cada una de las Obras Misionales Pontificias ha confirmado sucesivamente su origen carismático. Nacidas espontáneamente en el Pueblo de Dios como iniciativas apostólicas privadas de laicos, han sabido transformar la adhesión a Cristo de los fieles en viva corresponsabilidad misionera. Surgidas y aceptadas en las diversas Iglesias, las Obras Misionales Pontificias han ido adquiriendo carácter supranacional y finalmente han sido reconocidas como Pontificias y puestas en relación directa con la Santa Sede.
Naturaleza e importancia de las Obras Misionales Pontificias (nn. 12-18)
12. Las Obras Misionales Pontificias, don del Espíritu a la Iglesia y fruto del celo misionero de sus fundadores, han tratado de favorecer la participación de todos los fieles en la vida apostólica de la Iglesia.
Como instituciones eclesiales han sido confiadas a la dirección de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, de la que dependen; ésta asegura la coordinación para una mayor eficacia y efectiva universalidad. Es necesario que las Obras Misionales Pontificias «estén presentes y actúen en todas las Iglesias particulares, tanto las de antigua fundación como las jóvenes» (Cooperatio Missionalis, 5; CIC, c. 791,2.º) y sean reconocidas como el organismo oficial (cfr. Pastor Bonus, 91) de la cooperación misionera de todas las Iglesias particulares y de todos los cristianos.
Las Obras Misionales Pontificias ocupan justamente el «primer lugar» (Ad Gentes, 38) en la cooperación misionera, porque constituyen un instrumento precioso para «infundir en los católicos, desde la infancia, un espíritu verdaderamente universal y misionero, y para recoger eficazmente los subsidios en beneficio de todas las misiones y según las necesidades de cada una» (Ad Gentes, 38). Las Obras Misionales Pontificias son, por tanto, propuestas a todos los cristianos como «instrumentos privilegiados del Colegio Episcopal unido al Sucesor de Pedro y responsable con él del Pueblo de Dios, Pueblo que es también, todo él, misionero» (Pablo VI, Carta al Cardenal Alessandro Renard, Arzobispo de Lyon, con ocasión del Congreso Misionero Internacional, 22 de octubre de 1972).
13. Cada Obra concreta el compromiso común de promover el espíritu misionero en el seno del Pueblo de Dios según el estilo propio de cada una [...].
14. Ya desde los comienzos, reconociendo que la responsabilidad de la misión universal incumbe a toda persona bautizada, los laicos han desempeñado un papel importante en la actividad y en la dirección de las Obras Misionales Pontificias. La exigencia de la misión invita a relanzar y valorar su participación en este campo, tanto en el ámbito diocesano, nacional e internacional.
Carácter pontificio, episcopal y autónomo de las OMP (nn. 15-18)
15. Las Obras Misionales, una vez que arraigaron con solidez y adquirieron carácter universal, fueron reconocidas como Pontificias. Este reconocimiento fue dado a las tres primeras —Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia— por Pío XI el 3 de mayo de 1922, mediante el Motu Proprio Romanorum Pontificum. La Unión Misional del Clero, a su vez, se convierte en Pontificia mediante Decreto de Pío XII el 28 de octubre de 1956. El título de Pontificias, aval de plena eclesialidad, garantiza mejor su universalidad y aporta una más coherente estructura organizativa.
16. De manera especial, las Obras Misionales Pontificias están a disposición del Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal y principio y signo de la unidad y universalidad de la Iglesia. Por razón de su ministerio, el Pastor Supremo es quien mejor conoce y siente la urgencia y las necesidades de todas y cada una de las Iglesias. A él le corresponde urgir a los demás Pastores su responsabilidad misionera universal e invitarles a participar al unísono con él en el esfuerzo común para la evangelización del mundo (cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Christus Dominus, 6, 11). Confiadas por el Papa a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (cfr. Pastor Bonus, 85, 91), las Obras siguen sus indicaciones y, según los diferentes niveles de responsabilidad, desarrollan una programación y una colaboración que miran al ministerio de la evangelización universal.
17. «Aun siendo del Papa, las Obras Misionales son también de todo el Episcopado y de todo el Pueblo de Dios» (Pablo VI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 1968; Cooperatio Missionalis, 4). Por eso las Obras Pontificias son y permanecen también como Obras Episcopales, enraizadas en la vida de las Iglesias particulares (cfr. Redemptoris Missio, 84). Sin perjuicio de su carácter pontificio y con pleno respeto a su Estatuto, las Obras Misionales Pontificias son promovidas por los Obispos a nivel diocesano y nacional, y dependen legítimamente también de ellos en el ámbito de su propia competencia.
El carácter episcopal de su servicio eclesial confiere a las Obras una razón añadida para su servicio en beneficio de las misiones. Para cada Diócesis, en efecto, constituyen el instrumento específico, privilegiado y principal para la educación en el espíritu misionero universal, para la comunión y la colaboración entre las Iglesias en el servicio al anuncio del Evangelio.
18. Históricamente, las Obras surgieron de iniciativas debidas al celo apostólico de laicos y sacerdotes intensamente enamorados de las misiones. El reconocimiento de su carácter pontificio y episcopal no elimina su autonomía, sino que la acrece, la hace más fuerte y es garante de su ejercicio. La autonomía de las Obras Misionales Pontificias reside en mantener su identidad y su razón de ser (cfr. Cooperatio Missionalis, 6).
Objetivo propio de las Obras Misionales Pontificias (n. 19)
19. Entre las diversas formas de servicio a las misiones, las Obras Misionales Pontificias han tenido siempre como objetivo principal la ayuda a la evangelización propiamente dicha.
Sin excluir la ayuda en los ámbitos de la promoción humana y del desarrollo y colaborando con las instituciones y asociaciones católicas de asistencia social y sanitaria, las Obras tienen claro que «el mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente» (Redemptoris Missio, 58).
Mediante un fondo de solidaridad (cfr art. 61), las Obras Misionales Pontificias apoyan de modo prioritario a las Iglesias que atraviesan por situaciones difíciles y de mayor necesidad, ayudándoles, con el respeto debido, a hacer frente a sus fundamentales necesidades pastorales y misioneras, con vistas a su progresiva autonomía, y para ponerlas en condiciones de corresponder, a su vez, a las necesidades de otras Iglesias (cfr. Redemptoris Missio, 85).
Las Obras Misionales Pontificias
(Normas, Título I, Capítulo 1, arts. 1-5)
Art. 1. Las Obras Misionales Pontificias son:
— La Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe (POPF);
— La Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol (POSPA);
— La Obra Misional Pontificia de la Santa Infancia o de la Infancia Misionera (POSI);
— La Pontificia Unión Misional (PUM).
Nacidas en diferentes épocas, por iniciativa de un propio fundador y/o fundadora, y habiéndose desarrollado como entidades distintas y autónomas, las cuatro Obras constituyen en la actualidad una única institución, que depende de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (CEP) (cfr. Ad Gentes, 29; Pastor Bonus, 91). Esto es así para que su especificidad y diferenciación resulten ventajosas para el desarrollo de cada una de las Obras, pero a la vez para que quede asegurada una única organización a favor de la cooperación misionera universal, en el contexto de la actividad desempeñada por la CEP (cfr. Pastor Bonus, 85).
Art. 2. «A cada una de las Obras corresponde por derecho propio una justa autonomía, reconocida por la autoridad competente e indicada en sus Estatutos» (Cooperatio Missionalis, 6).
Las OMP se articulan en estructuras organizativas de carácter central, nacional y diocesano.
Art. 3. Desde su mismo nacimiento, los laicos han tenido un papel importante en la actividad y en la dirección de las OMP. De hecho la cooperación a la misión universal de la Iglesia es un derecho-deber de todos los bautizados (cfr. CIC, cc. 211 y 781; Redemptoris Missio, 71; Cooperatio Missionalis, 2). Todos los miembros del Pueblo de Dios, «tanto personal como asociadamente» (CIC, c. 225), son por tanto llamados a participar en ella (cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, 17, 33; Decreto Apostolicam Actuositatem, 6, 13; Ad Gentes, 35-36, 41; Exhortación Apostólica Postsinodal Christifideles Laici, 35).
Art. 4. Las cuatro OMP participan igualmente del fin primario y principal de promover el espíritu de misión universal en el seno del Pueblo de Dios, de tal modo que su testimonio misionero se exprese mediante una cooperación espiritual y material a la obra de la evangelización.
Art. 5. Las OMP, nacidas de particulares iniciativas carismáticas puestas en marcha por laicos, sacerdotes y obispos, se desarrollaron con el apoyo de la Santa Sede que, posteriormente, las transformó en organizaciones Pontificias, con el fin de asegurarles mayor eficacia y un carácter universal (cfr. Cooperatio Missionalis, 4).
Tomado de: Congregación para la Evangelización de los Pueblos,
Estatuto de las Obras Misionales Pontificias (6-5-2005)
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