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Las misiones católicas en China habían recibido un fuerte impulso en el pontificado de Gregorio XVI. Los misioneros que allí habían acudido explicaban en su correspondencia la situación de niños enfermos, hambrientos y abandonados y sus esfuerzos por atenderlos, de modo que sus relatos resultaban impactantes.
Esta fue la circunstancia concreta que sirvió para mostrar la necesidad de desarrollar una labor en beneficio de los niños en países de misión. Mons. Carlos Augusto de Forbin-Janson comenzó a solicitar ayuda, y en 1842 tuvo un encuentro con Paulina Jaricot, que en 1822 había fundado la Obra de la Propagación de la Fe.
La idea era fundar una obra semejante a la de la Propagación de la Fe, pero para los niños, que ayudarían a esos otros niños de los países de misión con sus oraciones y algo de dinero al mes. Paulina Jaricot captó la originalidad y el valor del proyecto de Mons. Forbin-Janson de hacer que los propios niños ayudaran a los niños; le alentó en su empeño y quiso ser una de las primeras asociadas.
Para la nueva Obra, que hoy llamamos Infancia Misionera, se eligió entonces el nombre de “Santa Infancia”, poniéndola bajo la protección del Niño Jesús. Sus planteamientos iniciales fueron que los niños cristianos dieran a otros niños de tierras lejanas la posibilidad de sobrevivir, salir de la miseria, y ser bautizados y educados cristianamente.
La nueva iniciativa despertó pronto simpatías y se extendió rápidamente por numerosos países. En pocos años, la Obra se propagó por Francia, por Europa y por América; la expansión siguió en el siglo XX, y hoy esta “red de solidaridad humana y espiritual” —como la calificó Juan Pablo II— está organizada en todo el mundo.
Con esta larga historia desde 1843, Infancia Misionera debe ser considerada como la primera institución mundial creada en favor de la infancia necesitada. La Obra ha sabido ser fiel a sus orígenes y a la vez adaptarse a la evolución de las mentalidades y a las distintas condiciones de implantación.
La Obra de la Infancia Misionera en España
En 1852, poco antes de cumplirse los diez años de su fundación en París, la entonces llamada Obra de la Santa Infancia llega a España, a instancias de Mons. Bonel y Orbe, cardenal arzobispo de Toledo, y bajo el patrocinio de la reina Isabel II. Ella quiso que su hija primogénita, la Princesa de Asturias, ostentase los títulos de “primera asociada, fundadora y protectora de la Obra”.
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