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Juana Bigard: Fundadora de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol |
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Textos pontificios Carta del Centenario de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol S.S. Juan Pablo II (1989)
Estudios sobre Juana Bigard, mujer de gran corazón P. Cesar Gil
Juana Bigard, fundadora de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol pro clero indígena María Puncel
P. Manuel de Unciti
SPA-Vocaciones Nativas
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Semblanza de Juana Bigard Juana Bigard, una mujer con carisma
Alfonso Blas
"Dios me hace pagar caro el honor de ser la mades de sus sacerdotes. Estos queridos seminaristas no sabrán nunca cuánto me cuestan". Con estas palabras se desahoga Juana Bigard en una carta que escribe a un obispo misionero.
“Quiero más la ordenación de un sacerdote indígena que la conversión de 50.000 cristianos”, clamaba Inocencio XI en el siglo XVII. Un siglo después el papa Pío VI advertía a los obispos misioneros del Extremo Oriente: “Considerad el establecimiento de seminarios como vuestro primer deber, el más noble, el más digno objeto de vuestros afanes”. Y continuaban los requerimientos papales sobre el mismo asunto, esta vez a cargo de León XIII: “Que los católicos comprendan y se convenzan, sobre todo, de que el mejor uso que pueden hacer de su dinero es donarlo para el clero nativo de las misiones”.
Oídos despiertos
Solo un puñado de misioneros, algunos obispos de las misiones y, lo que es más sorprendente, una joven, mujer y seglar, de nombre Juana Bigard, con el apoyó insustituible de su madre Estefanía Cottin de Bigard, tuvieron oídos despiertos para escuchar un clamor papal que se había percatado de la importancia que tenía para el enriquecimiento de la Iglesia universal el lograr la indigenización de las nuevas Iglesias nacidas en los territorios de misión y, por consiguiente, de volcar esfuerzos y recursos en la formación de las abundantes vocaciones nativas que estaban surgiendo.
¡Y tanto que le costaron! Porque a los oídos y el corazón Juana sumo unas manos abiertas y entregadas que la llevaron a desprenderse de dotes, herencia, casa, joyas, vestidos... hasta llegar a una austera dieta alimenticia para poner todos sus bienes y posesiones al servicio de los seminaristas de las Jóvenes Iglesias. Y no se conformó con entregar todo lo suyo sino que no le importó convertirse en mendiga por Cristo y andar llamando de puerta en puerta con la intención de concienciar a los católicos sobre la necesidad de abrir seminarios y atender a la formación de las vocaciones nativas en los territorios de misión. Su ejemplo de vida era el mejor aval para convencer al otro.
Mujer heroica
Fue su total y gratuita generosidad la que le permitió andar ligera de equipaje y la que le proporcionó la libertad necesaria para afrontar todo tipo de problemas y dificultades que le llevaron a adoptar una actitud que, sin duda, se puede calificar de heroica en su compromiso en favor de la causa del Reino de Dios. A Juana, joven, mujer y seglar, no le tembló la voz cuando denunció -ante obispos, teólogos y sacerdotes- que aquellos que consideraban a los seminaristas de los territorios de misión como indignos del sacramento sacerdotal tenían unos principios que “rayan con la herejía”. No le importó enfrentarse a quienes no entendían que se Tanta oposición, tan heroico calvario iba a tener, sin embargo, consecuencias sobre la vida de Juana, que tuvo que expatriarse de su tierra natal para marcharse a vivir a Suiza; y, lo que es más grave, también sobre su salud. Los veintiocho últimos años de su vida hubo de pasarlos en una clínica psiquiátrica. Antes había escrito que tenía la convicción de que su misión, si alguna había tenido, la había terminado ya. “Quisiera sepultarme en el silencio y ser olvidada por todos”. Afortunadamente, este último propósito no lo alcanzó. Hoy se la recuerda como la fundadora de una gran Obra, que tiene el carácter de Pontificia y que se la conoce con el nombre de San Pedro Apóstol. Y, si llegó a hacer realidad este inigualable propósito, fue porque Juana Bigard tuvo oídos para escuchar un clamor. Tuvo corazón para hacerse “madre” de seminaristas. Manos abiertas a la acogida y el desprendimiento. Generosidad desmedida. Voz ante la injusticia y el sinsentido. Hoy su Obra nos sigue recordando que no podemos permitirnos el lujo de que ninguna vocación al sacerdocio o a la vida consagrada de los territorios de misión se pierda.
(Revista Illuminare, nº 382, abril 2011)
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