Juana Bigard: Fundadora de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol


       

 

Textos pontificios

Carta del Centenario de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol

S.S. Juan Pablo II (1989)

 

 

 

Estudios sobre
Forbin Janson

Juana Bigard, mujer de gran corazón

P. Cesar Gil
Colaborador de OMP
Revista Illuminare, 2004

 

Juana Bigard, fundadora de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol pro clero indígena

María Puncel
Revista Supergesto, 2000

 

Una mujer revolucionaria

P. Manuel de Unciti
Revista Illuminare, 1989

 

 

 

 

 

 

SPA-Vocaciones Nativas

Mas información sobre la identidad, las actividades y los materiales de la Obra de San Pedro Apóstol en España

 

 

Semblanza de Juana Bigard


 

Juana Bigard, una mujer con carisma

 

 

Alfonso Blas
Director de la Revista Misioneros Tercer Milenio

 

 

"Dios me hace pagar caro el honor de ser la mades de sus sacerdotes. Estos queridos seminaristas no sabrán nunca cuánto me cuestan". Con estas palabras se desahoga Juana Bigard en una carta que escribe a un obispo misionero.

 

 

“Quiero más la ordenación de un sacerdote indígena que la conversión de 50.000 cristianos”, clamaba Inocencio XI en el siglo XVII.  Un siglo después el papa Pío VI advertía a los obispos misioneros del Extremo Oriente: “Considerad el establecimiento de seminarios como vuestro primer deber, el más noble, el más digno objeto de vuestros afanes”. Y continuaban los requerimientos papales sobre el mismo asunto, esta vez a cargo de León XIII: “Que los católicos comprendan y se convenzan, sobre todo, de que el mejor uso que pueden hacer de su dinero es donarlo para el clero nativo de las misiones”.

Voces y voces de necesidad, llamadas de urgencia, apelaciones a conciencias dormidas proferidas por destacados Papas que caían en los oídos sordos no solo de la comunidad de fieles de la Iglesia católica, sino, sobre todo y lo que es más grave, de sus propios pastores. Corría la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX en una Francia sacudida por el vendaval revolucionario y el sectarismo napoleónico donde estos requerimientos para sostener la formación de los jóvenes llamados al sacerdocio o a la vida consagrada de los territorios de misión caían en saco roto, cuando no en el despreció o desdén. Se consideraba que estos muchachos de lejanas tierras eran indignos del sacramento de la ordenación sacerdotal; se imponía el criterio egoísta de atender primero las propias necesidades pastorales o las más cercanas que a las de lugares que les resultaban muy ajenos y alejados; y los poderes políticos y económicos, que habían extendido en estos territorios sus tentáculos coloniales, no veían con buenos ojos ningún tipo de formación para los nativos que pudiese dar lugar a unos liderazgos que, a la larga, cuestionasen todo su sistema basado en la dominación y el expolio.

 

Oídos despiertos

 

Solo un puñado de misioneros, algunos obispos de las misiones y, lo que es más sorprendente, una joven, mujer y seglar, de nombre Juana Bigard, con el apoyó insustituible de su madre Estefanía Cottin de Bigard, tuvieron oídos despiertos para escuchar un clamor papal que se había percatado de la importancia que tenía para el enriquecimiento de la Iglesia universal el lograr la indigenización de las nuevas Iglesias nacidas en los territorios de misión y, por consiguiente, de volcar esfuerzos y recursos en la formación de las abundantes vocaciones nativas que estaban surgiendo.

Y si Juana Bigard fue capaz de oír, también tuvo corazón para sentir. Hasta el punto de proclamarse y, lo que le supuso mayor entrega y desprendimiento, convertirse en “madre” de los jóvenes llamados al sacerdocio o a la vida consagrada de los territorios de misión. Y así se lo hizo saber al obispo de Nagasaky, monseñor Cousin, cuando le pidió ayuda para sus seminaristas: “Dios me hace pagar caro el honor de ser madre de sus sacerdotes. Esos queridos seminaristas no sabrán nunca cuánto me cuestan”.

¡Y tanto que le costaron! Porque a los oídos y el corazón Juana sumo unas manos abiertas y entregadas que la llevaron a desprenderse de dotes, herencia, casa, joyas, vestidos... hasta llegar a una austera dieta alimenticia para poner todos sus bienes y posesiones al servicio de los seminaristas de las Jóvenes Iglesias. Y no se conformó con entregar todo lo suyo sino que no le importó convertirse en mendiga por Cristo y andar llamando de puerta en puerta con la intención de concienciar a los católicos sobre la necesidad de abrir seminarios y atender a la formación de las vocaciones nativas en los territorios de misión. Su ejemplo de vida era el mejor aval para convencer al otro.

 

Mujer heroica

 

Fue su total y gratuita generosidad la que le permitió andar ligera de equipaje y la que le proporcionó la libertad necesaria para afrontar todo tipo de problemas y dificultades que le llevaron a adoptar una actitud que, sin duda, se puede calificar de heroica en su compromiso en favor de la causa del Reino de Dios. A Juana, joven, mujer y seglar, no le tembló la voz cuando denunció -ante obispos, teólogos y sacerdotes- que aquellos que consideraban a los seminaristas de los territorios de misión como indignos del sacramento sacerdotal tenían unos principios que “rayan con la herejía”. No le importó enfrentarse a quienes no entendían que se destinasen tantos recursos a las Iglesias tan lejanas cuando eran tantas las necesidades propias. No se amedrentó cuando los políticos y los industriales de la época trataron de confiscar los bienes que Juana Bigard había recolectado para las vocaciones nativas de los territorios de misión, con la intención de acabar con una iniciativa como la suya que pudiera dar lugar a la formación de unos líderes locales que se alzaran contra sus intereses de metrópoli. No tuvo reparos en enfrentarse a sus propios familiares, que le llevaron en varias ocasiones ante los tribunales de Justicia porque veían como su generosidad les iba a dejar sin una herencia que consideraban segura.

Tanta oposición, tan heroico calvario iba a tener, sin embargo, consecuencias sobre la vida de Juana, que tuvo que expatriarse de su tierra natal para marcharse a vivir a Suiza; y, lo que es más grave, también sobre su salud. Los veintiocho últimos años de su vida hubo de pasarlos en una clínica psiquiátrica. Antes había escrito que tenía la convicción de que su misión, si alguna había tenido, la había terminado ya. “Quisiera sepultarme en el silencio y ser olvidada por todos”.

Afortunadamente, este último propósito no lo alcanzó. Hoy se la recuerda como la fundadora de una gran Obra, que tiene el carácter de Pontificia y que se la conoce con el nombre de San Pedro Apóstol. Y, si llegó a hacer realidad este inigualable propósito, fue porque Juana Bigard tuvo oídos para escuchar un clamor. Tuvo corazón para hacerse “madre” de seminaristas. Manos abiertas a la acogida y el desprendimiento. Generosidad desmedida. Voz ante la injusticia y el sinsentido. Hoy su Obra nos sigue recordando que no podemos permitirnos el lujo de que ninguna vocación al sacerdocio o a la vida consagrada de los territorios de misión se pierda.

 

 

(Revista Illuminare, nº 382, abril 2011)