Beato Paolo Manna: Fundador de la Pontificia Unión Misional


       

 

Textos pontificios

Homilia en la misa de beatificación del padre
Paolo Manna

S.S. Juan Pablo II (2001)

 

Carta apóstolica
'Graves et increscentes',
de Pablo VI, a la Pontificia Unión Misional

 

 

Estudios sobre
Paolo Manna

Paolo Manna: Profeta del Tercer Milenio

Cardenal Crescencio Sepe
Prefecto de la CEP

 

El pensamiento misionero del Padre Manna

P. Gianni Colzani
Profesor Misionología,
Pontificia Universidad Urbaniana

 

¿Cuál es la enseñaza de Paolo Manna a la Iglesia de hoy?

P. Fernando Galbiati
Secretario General PUM

 

Paolo Manna y la PUM:
El camino de una idea

P. Fernando Galbiati
Secretario General PUM

 

Paolo Manna 'El Cristobal Colón de la cooperación misionera

P. Piero Gheddo
Historiador misionero del PIME

 

 

 

Pontificia Unión Misional

Mas información sobre la identidad, las actividades y los materiales de formación de la PUM en España

 

 

Semblanza del Beato Paolo Manna


 

 

Paolo Manna, un hombre y un sueño misionero

 

 

P. Nacho Javierre

 

Juan XXIII le definió como "el Cristóbal Colón de la cooperación misionera" y Pablo VI dijo de él –en la carta apostólica Graves et Increscentes, de 1966– que su nombre "merece ser escrito con letras de oro en los anales de las misiones".
El 4 de noviembre de 2001, otro Papa, Juan Pablo II, le eleva a los altares. Se trata de Paolo Manna, sacerdote, misionero, animador misional y fundador, allá por el lejano 1916, de la Unión Misional del Clero, la más joven de las Obras Misionales Pontificias.

 

 

Bien puede decirse que el nuevo beato Paolo Manna dedicó su vida a un sueño: el de conseguir que toda la Iglesia fuera misionera. Demuestra su empeño el lema que acuñó: “Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo”. Trabajó siempre con un objetivo: el poner a la Iglesia entera, y de modo especial a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, “en estado de misión”. Y a esta meta de formar e implicar al clero en la evangelización dedicó toda su vida. Lamentablemente, y pese a los avances realizados, hoy día ese objetivo sigue siendo eso: un sueño.

Paolo Manna nació en 1872 en la localidad italiana de Avellino. En 1887, con quince años, entra en los Salvatorianos, pero cuatro años después deja esta Congregación para ir a estudiar al Seminario de Misiones Extranjeras de Milán y cumplir su sueño de ser misionero. Tras ordenarse sacerdote, en 1895 marcha como misionero a la lejana Birmania, país en el que trabajaría con los indígenas de la tribu Ghekku. Sus problemas de salud acabarían por frustrar esa vocación misionera (de hecho, en 1912 deberá regresar definitivamente a Italia), pero en el camino ya habían quedado esbozados sus novedosos criterios misioneros, sobre todo en el terreno de la inculturación. Sus palabras constituían toda una declaración de intenciones. “Me dirigiré a mis ovejas en su propia lengua, rescataré sus tradiciones, integraré sus locuciones y sus maneras de pensar en mi trabajo de evangelización...”, afirmaba.

A su regreso a Italia, el padre Manna se convertirá en el gran animador misionero que fue. En 1916 –ya está dicho– crea la que será su obra cumbre: la Unión Misional del Clero, que en 1937 recibiría el titulo oficial de Obra Pontificia. En el origen de la Unión Misional hay que ver una dura realidad, denunciada por el propio Manna: la indiferencia de muchos obispos y del clero ante el problema de lo que en la época era conocido como “conversión de los infieles”. “Muchos sacerdotes se ocupan demasiado de sus propios problemas pastorales y no lo suficientemente de las misiones”, decía.

Con la creación de la Unión Misional –tarea en la que contó con la ayuda del obispo de Parma y fundador del Instituto Misionero Javeriano, Guido María Conforti,– el padre Manna perseguía un único objetivo. Y éste no era otro que el de “ayudar a despertar y profundizar la conciencia misionera de la vida sacerdotal y de la vida consagrada”. Dicho con otras palabras. La Unión Misional se encargaría de “encender en las almas de los sacerdotes el deseo de la conversión de los gentiles”, tal y como se especifica en los estatutos generales de 1937. Esos estatutos precisan también que no se trata de “una nueva Obra Misional instituida para recaudar limosnas de los fieles”.

No estaba de más esa precisión. En 1916, hacía tiempo ya que funcionaban las otras tres Obras Misionales. La primera de ellas, la de la Propagación de la Fe había visto la luz casi un siglo antes, en 1822, de la mano de una joven llamada Paulina Jaricot. Dos décadas después, en 1843, el obispo Forbin-Janson, había creado la Obra Misional de la Santa Infancia. Y hacia el final de siglo, en 1889, nacía, de la mano de Estefanía y Juana Bigard, madre e hija respectivamente, la Obra de San Pedro Apóstol. Con la creación de estas instituciones, sus fundadores (tres cristianas laicas y un obispo, todos ellos franceses) habían querido subrayar que todo bautizado era responsable de la transmisión de la Buena Noticia de Jesús; pretendieron también animar a la cooperación misionera ya desde la infancia; y ayudar a la formación del clero indígena. Al poner en marcha la Unión Misional del Clero, el padre Manna buscó una mayor implicación de las personas consagradas en la misión y, especialmente, de los sacerdotes. El nuevo beato lo tenía muy claro: a nadie concierne más la difusión del Evangelio que al sacerdote. “Ninguno más que él debe ser celoso del progreso de las misiones (...) La clave del problema misionero está en las manos del sacerdote”, afirmaba.

 

Pionero

En muchos aspectos, el padre Manna fue un pionero. Se ha dicho de él, y con razón, que en el terreno misional sembró ideas que con el tiempo maduraron en el Vaticano II. Y sorprende comprobar cómo muchas de sus propuestas misioneras de principios de siglo han acabado siendo incorporadas al Magisterio Pontificio, especialmente a través de la encíclica Redemptoris Missio y en la carta apostólica Pastores Dabo Vobis. Si algo destacaba en la personalidad del nuevo beato era su celo misionero.

Escribió una veintena de libros y estudios de animación, con los que trató de sensibilizar y concienciar a los católicos italianos sobre la necesidad de un mayor compromiso misional. En algunos de ellos se repite una misma idea-base. “Hoy, después de dos mil años de cristianismo”, –afirmaba– “centenares de millones de hombres nacen, viven y mueren sin haber conocido al verdadero Dios”. Y extraía la siguiente conclusión: “Debemos reconocer que, si una gran parte del mundo es todavía increyente, ello es debido a la falta de esfuerzo por parte de los cristianos”. La teoría, por tanto, tenía que ir acompañada de una mayor práctica, de un mayor compromiso. De ahí que se preguntara al respecto: “¿De qué sirve hablar a los jóvenes sobre las misiones o dar cursos de misionología si, a continuación, cada uno permanece donde está y no se compromete a multiplicar el número de los misioneros? ¿De qué sirve tener 145.000 sacerdotes inscritos en la Pontificia Unión Misional (PUM), si ni siquiera un uno por ciento, ni un uno por mil, toma la decisión de dejar su patria para ir a trabajar por la salvación de los infieles?”.

Hoy día, afortunadamente, ya no resulta extraño oír hablar del compromiso que todos los cristianos tienen para con la evangelización. Lo que sí llama poderosamente la atención, en cambio, es el lenguaje misionero de antes del Concilio, con expresiones como “infieles”,  “hermanos disidentes en la fe”, etc.

Los tiempos, evidentemente, han cambiado. Y también muchas ideas en el terreno misional. En este sentido, algunos postulados del nuevo beato han quedado obsoletos. “Ahora más que nunca –escribía recientemente el actual secretario general de la PUM, padre Fernando Galbiati– existe la necesidad de revisar las ideas del P. Manna sobre el modo de hacer misión y sobre algunos cambios radicales en los métodos para la preparación de todo el clero para cumplir con su tarea de evangelización”. Hoy día, por ejemplo, junto a la necesidad de anunciar a Jesucristo, se subraya –y mucho– la importancia del diálogo y de la inculturación. Se insiste en que no se trata de “imponer” la Buena Noticia de Jesús, sino de darla a conocer mediante una teología adaptada a cada cultura y abierta al diálogo con los pueblos. Muchas veces, por avatares políticos o intransigencias religiosas, la actividad misional ha de consistir simplemente en una presencia, en un testimonio de servicio cristiano.

El legado misionero del nuevo beato, sin embargo, sigue siendo inmenso. “La Iglesia debe mucho a este sacerdote eminente”, reconoció en 1990 Juan Pablo II, después de orar ante su tumba en Trentola Ducenta. El padre Manna –añadió el Papa– “puso en evidencia, de una manera única, la esencial dimensión misionera de la Iglesia universal”. Ahí es nada.

 

(Misioneros Tercer Milenio, nº 15, noviembre 2001)