Soy un niño de Angola

   

Soy un niño de Angola y me llamo Joao. Mi país, que está en el sureste de África, es grandísimo, tiene según mi libro de geografía 1.246.700 km², y  muchos kilómetros de costa, ¡más de 1300 km.!, con el océano Atlántico.

 

Angola fue una antigua colonia portuguesa, por eso la lengua oficial es el portugués, aunque la mayoría hablamos el ombundu. Hoy el sistema de gobierno es la democracia; por eso el presidente lo eligen los mayores cuando hay elecciones.

 

 

La capital de mi país se llama Luanda. Allí hay casas muy bonitas, dicen que son las mansiones coloniales de los portugueses. Pero hay mucha pobreza, y no porque no haya recursos naturales, sino porque todo está muy mal repartido.

 

 

 

Y es que mi país podría ser muy rico porque tiene muchos recursos naturales, como el petróleo y los diamantes. El paisaje es precioso: en el interior hay una gran meseta, en el suroeste una gran llanura que forma el desierto de Moçamedes y en el noreste del país hay mucha humedad y un paisaje precioso de sabana. Además, en el norte hay bosques tropicales.

 

 

 

Yo vivo en Kuito, con mis padres y mis dos hermanos. Mi ciudad ha sufrido mucho por la terrible guerra civil que hemos tenido durante 27 años. Por culpa de esa guerra murieron más de un millón de personas, la cuarta parte de la población tuvo que huir de sus casas, y muchos angoleños viven refugiados fuera del país.

 

 

Poco a poco van reconstruyendo mi ciudad, pero todavía no hay luz ni agua corriente. Mi madre sale a vender fruta durante el día, y los niños ayudamos yendo a buscar el agua, a veces tenemos que andar bastante. Hay que tener mucho cuidado porque en los caminos hay unas piedras rojas que nos recuerdan que todavía hay minas enterradas bajo tierra. Angola es el país del mundo que más minas hay enterradas y si pisamos una podemos morir o quedar heridos, como le sucedió a mi amigo Jose.

 

En Kuito acaban de empezar a reconstruir la escuela que cayó en un bombardeo, por eso mientras tanto estudiamos debajo de los árboles. Podéis imaginaros lo contentos que estamos porque el próximo año ya tendremos escuela. Cuando llueve o hace mucho calor nos mandan a casa y, aunque no lo creáis, a mi no me gusta nada porque lo paso muy bien en mi cole al aire libre.  

Mi profesor dice que el próximo curso a lo mejor podremos tener cuadernos y lápices y algún libro. Hasta ahora aprendíamos a leer y a escribir en una pizarra, eso los días que había clase porque muchos profesores e, incluso algunos amigos míos, tuvieron que ir a la fuerza a la guerra. Otros niños tenían que ayudar a su familia  en el campo.

 

Mi abuelo era agricultor y mi padre trabaja en el campo desde que terminó la guerra, antes era soldado, como muchos padres. En mi país se produce mucho café (el 19% del que se consume en todo el mundo), algodón y azúcar, principalmente. Cuando terminó la guerra mi padre no sabía qué hacer, pero una ONG dio un curso de formación a todos los hombres de la aldea para que aprendieran a cultivar.

 

Más de la mitad de la población es cristiana, y de ellos, el 72% somos católicos romanos, y el 28% son de distintas religiones protestantes. Ésta es la iglesia de mi ciudad, una de las que no quedó destruida en la guerra. Allí nos reunimos todos los domingos. Por las tardes, a veces nos quedamos un rato jugando, el padre Carlos nos deja un balón que se trajo de España.

 

Ahora el ambiente en la calle es muy alegre. En la última Semana Santa representamos la Pasión de Jesús en mi ciudad. Fue precioso. Se nota que no hay guerra porque podemos ir por las calles sin tanto miedo. Mucha gente todavía tiene armas en casa, aunque dicen que ya no habrá más guerras. ¡¡Ojalá sea así!!

 

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