Es muy generosa la tierra; de verdad y cada año se cuida mucho para que la disfrutemos en verano.
Bien pensado, la tierra se pasa por lo menos nueve meses preparando cada uno de los veranos que tú y yo gozamos luego. Me he parado a pensarlo y me han entrado deseos de subir al pico de un monte y decirle a la naturaleza, a gritos: ¡Graaaaciaaaas!
Si miro a los árboles, se han preocupado durante el invierno de ir acumulando agua en sus raíces, para que el calor del verano no los seque. Además, algunos de ellos se despojaron de sus hojas en otoño para presentarse elegantes con su traje de hojas nuevas en el verano. ¡Qué bueno es encontrar una sombra en un día de calor! Los árboles grandes guardan además una reserva de fresquito alrededor de su tronco para que lo disfrutemos a la vez que su sombra.
Si pienso en el agua me doy cuenta de que, desde el comienzo del mundo hubo almacenes de agua para el verano. El primer almacén está en la nieve de las montañas. Cuando comienzan los calores el sol la va derritiendo con cuidado, y nos la envía por los ríos hasta los embalses, y hasta las casas. Pero también la tierra va guardando en el subsuelo toda el agua que puede, para que no nos falte ni una fuente en mil lugares, ni un manantial en la sierra.
Si pienso en los mares veo que se hacen más pacíficos en los meses de calor y podemos disfrutarlos en las playas. Además deja que lo atravesemos nadando o en barca en todas las direcciones. Todo el mar es camino; sin cuestas, sin semáforos ni pasos de peatones. Hasta es capaz de aliarse con el viento para que sople en los veleros y puedan navegar sin contaminar.
Y los peces, los corales, las luciérnagas, los amaneceres, la jirafas y los monos, las nubes, el sol que nos da luz gratis, la luna que cambia cada día de luz y de forma, y el viento fresco de la noche y el silencio de algunos lugares.
¿Cómo no voy a ser ecologista y cuidar el regalo que Dios me hace en la naturaleza? En adelante voy a querer mucho a la tierra.
Por Xavier Ilundain
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