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Como los peregrinos griegos de hace dos mil años, también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes, no solo que «hablen» de Jesús, sino que «hagan ver» a Jesús, que hagan resplandecer el rostro del Redentor en cada ángulo de la Tierra ante las generaciones del nuevo milenio”. Estas palabras del Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones de 2010 están en el origen del lema adoptado por Obras Misionales Pontificias para el Domund de este año: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21).
A muchos podrá parecer que estas palabras del Santo Padre son excesivamente optimistas. ¿Es cierto –al menos en nuestro mundo– que muchos de nuestros contemporáneos quieren ver a Jesús? ¿Acaso lo que experimentamos cotidianamente no es más bien indiferencia a lo cristiano, cuando no burla o desprecio? Somos continuamente invitados a traspasar el muro de las apariencias para llegar al corazón de lo real, del hombre real y concreto que –muchas veces– está oculto tras una máscara inconsciente de prejuicios y que también, muchas veces, se ha vuelto incapaz de penetrar en lo más hondo de sus deseos. Sabemos por la fe que “todo ha sido creado por y para Cristo” (Col 1,16) y que en Él hemos sido elegidos antes de la fundación del mundo para ser santos por el amor (cf. Ef 1,4). Hay, pues, una previa destinación a Cristo que afecta a todo hombre, lo sepa o no. Es un dato que no está ni ligado a la conciencia personal ni sujeto al arbitrio de la voluntad. En la medida en que un hombre aspira a ser él mismo, a llegar a lo profundo de su propia verdad, en la medida en que busca su plenitud y felicidad, en esa misma medida, aun sin saberlo, quiere “ver a Jesús”. “Hacerlo ver” es la finalidad última de la evangelización. Con estas palabras lo decía durante el Jubileo del año 2000 el entonces cardenal Ratzinger: “La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto todavía por completar y por realizar. La pregunta fundamental de todos los hombres es: ¿cómo se realiza este «llegar a ser hombre»? ¿Cómo se aprende este arte de vivir? ¿Cuál es el camino de la felicidad? Evangelizar quiere decir: mostrar este camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: Él me ha ungido para llevar la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4,18); y esto quiere decir: Yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; os enseño el camino de la vida, el camino de la felicidad, mejor dicho: Yo soy ese camino” (conferencia pronunciada el 10-12-2000 en Roma, durante el Congreso de Catequistas y Profesores de Religión).
La referencia al episodio en que los griegos quieren ver a Jesús está directamente relacionada por el Santo Padre con la naturaleza esencialmente misionera de la Iglesia (cf. Ad gentes, 2) y con la invitación a hacernos “promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio. En una sociedad multiétnica que cada vez más experimenta formas de soledad y de indiferencia preocupantes, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a convertirse en hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia, y, sin falsas ilusiones o inútiles miedos, comprometerse a hacer del planeta la casa de todos los pueblos”.
Si podemos afirmar con certeza que todo hombre “quiere ver a Jesús” (aunque este deseo no sea en absoluto explícito ni conocido por él mismo) no es solo por la naturaleza del hombre, creada para Cristo, sino también por las condiciones actuales de su existencia. El Papa nos invita a renovar nuestra mirada sobre el mundo para poder percibir, más allá de las apariencias, la verdadera necesidad de los hombres de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo que para muchos de nuestros contemporáneos resulta hostil. En el seno de las sociedades opulentas, muchos están excluidos no solo de los bienes materiales o corporales, sino también de otros igualmente necesarios: círculos de verdadera amistad y fraternidad que hagan de este mundo un “hogar”, único ámbito real en el que el hombre puede descansar de las fatigas y de los trabajos. Esta mirada no se dirige solo a los que llamamos tradicionalmente “países de misión”, sino también a los países desarrollados de nuestro entorno: los pobres, los enfermos, los emigrantes, no solo son excluidos del banquete de los bienes económicos, son muchas veces heridos en su dignidad, abandonados en la soledad, puestos en una situación de exclusión que entristece su corazón.
El Mensaje del Santo Padre de este año centra nuestra atención no solo en la missio ad gentes, ya que esta misión (que nace de la misión de Cristo, enviado por el Padre y que, a su vez, envía a la Iglesia) se dirige a todo hombre: a los que aún no conocen a Cristo y a los que, conociéndolo, lo ignoran o lo miran con prejuicio (situación que en los países ya cristianos comienza a ser preocupante).
A estos hombres y mujeres, pues, hay que “mostrarles” a Jesús, de modo que ellos lo puedan “ver” y puedan así encontrar una respuesta adecuada a su soledad. ¿Cómo es posible hoy “ver” a Jesús? ¿Cómo podemos “ver” a Dios? La respuesta no puede ser esencialmente distinta de la que Dios mismo nos dio en su Hijo Jesucristo: en la carne, más aún, en la debilidad de la carne. El Dios invisible se hizo visible en la carne asumida por su Hijo, entrando así en la historia y haciéndose “hermano” de los hombres: así, en la carne, realizaba la salvación, mostraba el camino de la verdad y de la vida, y se ofrecía a sí mismo como yugo llevadero y carga ligera (cf. Mt 11,30), como aquel en quien los hombres pueden encontrar verdadero descanso (cf. Mt 11,29).
¿Y dónde encontramos hoy la “carne” de Cristo, es decir, al mismo Jesús? Como Él mismo anunció, en los diversos necesitados (cf. Mt 25,40), pero también en sus discípulos (cf. Mt 10,40; Lc 10,16). Notemos que estas palabras se dirigen a “los” discípulos, en plural, en cuanto que han sido convocados y congregados por el Señor y permanecen unidos. Por eso es también verdad que “donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18,20). En el Mensaje de este año, Benedicto XVI insiste en un elemento primordial: la fraternidad universal, la unidad de todo el género humano; se trata de “promover la comunión eclesial, de manera que también el fenómeno de la «interculturalidad» pueda integrarse en un modelo de unidad, en el que el Evangelio sea fermento de libertad y de progreso, fuente de fraternidad, de humildad y de paz (cf. Ad gentes, 8). En efecto, la Iglesia «es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»” (Lumen gentium, 1).
No debemos perder de vista la relación que hay entre “ver” a Jesús y poder experimentar y “ver” a la Iglesia. Dado que la Iglesia no se identifica con Cristo, la relación que hay entre ellos es al modo sacramental; por eso el Concilio dijo que la Iglesia es “como” un sacramento: es un signo que hace visible lo invisible de Dios. El Papa quiere subrayar el aspecto comunional: en la comunión visible de la Iglesia, los hombres pueden encontrarse con la comunión invisible de la Trinidad, fuente del amor y de la unidad a que todo hombre aspira. De ahí la importancia de la comunión vivida en sus distintos niveles: la unidad que nace de la confesión de una misma fe, que se expresa y realiza al mismo tiempo en la liturgia y los sacramentos y en el amor mutuo que se comunica a todos los hombres. Lo que en la Iglesia es “vivido”, puede ser “visto” por todos, incluso por los que no tienen fe.
De ahí nacen, a mi modo de ver, algunas líneas del Magisterio de Benedicto XVI, convencido de que hay tres “ámbitos” de la vida de la Iglesia que pueden ser verdaderamente significativos para los hombres de hoy:
- La Verdad de la Revelación, en primer lugar. Se trata de reivindicar el papel de la Razón; no se trata solo de la cuestión fundamental de la racionalidad de la fe, sino del modo en que la Iglesia se presenta ante el mundo, con la razón iluminada por la fe: los cristianos estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe, pero apelamos a la razón en nuestro modo de estar en el mundo.
- La certeza de la fe, imprescindible para la evangelización, va acompañada del diálogo razonado y razonable con aquellos que no comparten nuestra misma fe o no tienen ninguna.
- La Belleza de la Liturgia, testimonio de la verdad del culto cristiano, y fuente de la fecundidad de todas sus acciones.
- El testimonio de unidad y amor fraterno y universal de los cristianos.
La conjunción de los tres elementos es esencial en la credibilidad del testimonio cristiano. La evangelización es creíble cuando es presentada y percibida como razonable, pero, sobre todo, cuando encuentra correspondencia con el deseo de felicidad y plenitud del hombre. ¿Qué hacer cuando este deseo de felicidad parece ya plenamente satisfecho? ¿Qué hacer cuando el destinatario del anuncio cristiano vive instalado en su inmanencia y no se plantea las preguntas radicales? ¿Cómo conectar con alguien que sólo muestra indiferencia? Sin reducir el alcance de estos interrogantes y su difícil respuesta, hay algunas claves esenciales que Benedicto XVI no se cansa de recordar y que reaparecen también en el Mensaje para el Domund de este año. Más allá de la capacidad de reconocer lo bueno y lo verdadero, que permanece siempre en el hombre, está el deseo de la unidad, del hogar, de la comunión. El pecado rompió y destruyó la unidad originaria; y el anhelo de unidad con los demás hombres y, finalmente, con Dios está detrás y más allá de todo anhelo del corazón del hombre. Por eso la comunión eclesial, el amor mutuo de los cristianos que se hace visible en el amor a todos, incluidos los enemigos, es esencial para la credibilidad del testimonio cristiano, para que Jesús pueda ser “visto” por los hombres en la Iglesia.
“La comunión eclesial nace del encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo, que, en el anuncio de la Iglesia, alcanza a los hombres y crea comunión con Él mismo y, consiguientemente, con el Padre y el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 1,3)”. Con estas palabras se nos recuerda que el amor que hace posible la comunión eclesial no nace de nuestro corazón, sino del encuentro con Jesucristo. Por eso insiste también el Santo Padre en la Eucaristía, como expresión y condición de posibilidad de la renovación de la Iglesia, de las comunidades cristianas y de cada fiel en el amor de Cristo. La Eucaristía alimenta ese amor de comunión, lo hace nacer en el corazón de los cristianos, lo hace visible en el mundo.
Por eso es tarea siempre urgente la continua conversión a la que el Papa nos llama en las primeras líneas del Mensaje: “Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con Él y entre nosotros, y ofrecer a los hermanos un testimonio creíble, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1P 3,15). Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, por la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de la fe, es condición para poder promover un humanismo nuevo, fundado en el Evangelio de Jesús”.
Sólo así podremos, podrá la Iglesia, mostrar el camino de la felicidad y el arte de vivir, es decir, podrá “hacer ver” a Jesús, y mostrar en su propia vida la forma de unidad y comunión que un mundo tan dividido y fragmentado necesita y busca sin cesar. Volver a sumario
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