23 de enero 2010 - Jornada de Infancia Misionera

OCEANÍA: el despertar de la FE

 

   

El continente azul se dibuja en forma de un mosaico tan diverso y complejo como las 25.000 islas que lo componen. Con los desafíos y riquezas que aporta a la Iglesia, Oceanía centra este año la atención de la Jornada de la Infancia Misionera, que se presenta con el lema "Con los niños de Oceanía... seguimos a Jesús". Archipiélagos por doquier, que precisan de puentes hacia la inculturación y el respeto por la identidad de los pueblos, para que la Buena Noticia cale entre los más jóvenes de Australia, Papúa Nueva Guinea, Vanuatu...

 

 

 

Por José Beltrán

 

 

Ponerse frente a un mapa de Oceanía –si se busca algo más que ubicar dónde se encuentran la isla de Pascua, las Salomón o Micronesia– pasa por dejarse asombrar por la diversidad que caracteriza al continente más pequeño del planeta: 32 millones de habitantes dispersos en unas 25.000 islas del Pacífico. Precisamente, la Jornada de Infancia Misionera, que se celebrará el 23 de enero bajo el lema “Con los niños de Oceanía… seguimos a Jesús”, busca que los chavales conozcan la realidad de las tierras y mares más alejados de España; y esto, dentro del ciclo de formación, celebración y solidaridad que esta escuela de iniciación a la aventura misionera, que es la Infancia Misionera, desarrolla continuamente con el fin de sensibilizar a los chicos y chicas sobre la vivencia de la fe en los cinco continentes y sobre la realidad, en muchas ocasiones de extrema necesidad, que viven niños y niñas como ellos.

Así, viajar –al menos durante unos párrafos– de la mano de los misioneros que trabajan en Oceanía se convierte en un pasaporte para conocer cómo son y cómo viven los católicos de aquellas latitudes, que, casi cinco siglos después de la llegada de Magallanes, representan el 27% de la población. En el continente conviven en total unos 7.760.000 católicos –junto a 12 millones de protestantes–, en 77 diócesis, que cuentan con 112 obispos (entre ellos, 74 locales, algunos descendientes de aborígenes), 5.000 sacerdotes, 2.152 religiosos no sacerdotes, 12.137 hermanos, 231 laicos misioneros y 6.800 catequistas.

Difícil equilibrio

“La labor del misionero pasa por aprender de la cultura en la que se está ejerciendo el apostolado, sabiendo igualmente que esa inculturación nunca podrá llegar a ser absoluta. Hay que saber mostrar el Evangelio sin hacerle perder sus valores y evangelizar la cultura sin desenraizarla. Este equilibrio es normalmente difícil de alcanzar en Oceanía. Por eso, cuando uno llega por primera vez, cree saberlo todo, pero, poco a poco, se va dando cuenta de que tiene que aprender mucho. Yo llevo ya diez años en Vanuatu y me parece que he recorrido todavía poco camino”. Quien así lo manifiesta es el extremeño Antonio López García-Nieto, hermano del Sagrado Corazón, quien pisó por primera vez las islas del Pacífico en 1977, cuando apenas tenía 18 años. Iba destinado a Nueva Caledonia y a las Islas Lealtad, donde permaneció por espacio de cuatro años.

“Era la primera vez que vivía en comunidad fuera de una casa de formación y la primera vez que entraba en un colegio como profesor, sin tener demasiada preparación pedagógica; además de tener que integrarme en una comunidad francófona donde no había ningún español”, señala. Por este motivo, reconoce que “la empresa fue un poco arriesgada, por lo que sin duda veo detrás de todo ello una presencia constante del Espíritu, que me sostuvo en todo momento”.

Tras un tiempo de estancia en España –primero para formarse y, posteriormente, para ejercer de maestro de postulantes, novicios y escolásticos corazonistas–, regresó en el año 2001 a Vanuatu, archipiélago situado al sur del Pacífico, que logró la independencia en 1980 y en el que viven alrededor de 200.000 personas. Trabajó dos años en la misión de Montmartre, ubicada en la isla de Efate, junto a la capital del país, Port-Vila. Desde 2003 vive en la isla de Tanna.

Antonio, como nos anima en esta edición la Obra Pontificia de Infancia Misionera, es claramente un seguidor de Jesús entre los niños de Oceanía. Es profesor del colegio de los corazonistas en la localidad de Lowanatom; un centro en proceso de ampliación, como respuesta al aumento de la población. En el colegio se ha venido impartiendo hasta lo que sería la secundaria obligatoria, además de contar con ciclos formativos de carpintería, cocina y costura. Sin embargo, el empeño de esta comunidad de religiosos, formada por dos vanuatuenses, dos canadienses y el español –“somos una comunidad multicultural en la que se demuestra que Jesús rompe todas las barreras y hace un mundo de hermanos”–, pasa por completar las enseñanzas hasta cubrir todo el bachillerato, algo que están logrando gracias a la ayuda que desde España les proporciona la Fundación Corazonistas.

“Nuestros alumnos, al terminar el primer ciclo de secundaria, tenían que abandonar la isla y marchar a Port-Vila para completar los estudios. Esto entrañaba muchos problemas: desarraigo de unos jóvenes en plena adolescencia; peligros de delincuencia y droga en una capital masificada; falta de recursos económicos en las familias para hacer frente a unos gastos muy elevados, por lo que muchos jóvenes debían abandonar los estudios…”, detalla este misionero, al que no le llegan las manos entre las clases de Literatura, Francés, Historia, Religión, la enfermería, la coordinación de la biblioteca y el equipo de pastoral. “Tengo pluriempleo, por lo que no puedo decir que me quede mucho tiempo para aburrirme”, bromea.

El suyo no es un caso aislado. En Australia, por ejemplo, hay solo 184 maestros para los 12.800 estudiantes matriculados en la asignatura de Religión. Pese a las limitaciones, Antonio es consciente de que “los niños y jóvenes con quienes trabajo necesitan educadores que sean capaces de adaptarse a su mentalidad melanesia y comprender que muchas veces la lógica de esta cultura es muy distinta de la occidental, que vivan en profundidad el Evangelio que predican y sean coherentes en sus vidas”.

De los chavales a los que acompaña en el día a día, este misionero subraya su respeto e interés por el aprendizaje. “Trabajan perfectamente sin hacer ruido, sin distraerse ni molestarse unos a otros cuando están sin profesor. No copian nunca en clase o en un examen. Sin embargo, participan poco en las clases y hacen pocas preguntas, porque, según la cultura local, un niño no debe hablar nunca en público delante de un adulto”, revela. Si bien aprecia que “están muy abiertos y reciben con ganas la Palabra de Dios. Se muestran muy interesados en oír hablar de Jesús, de María, de los santos. Son muy respetuosos con la oración y pueden pasar largas horas en la iglesia sin manifestar cansancio. Les encantan los ensayos de cantos para preparar las celebraciones”.

Cristianismo: una novedad

Y es que, como el mismo Antonio indica, el cristianismo es una novedad en la ciudad. “Los primeros cristianos de Lowanatom son los abuelos de nuestros jóvenes. Ello hace que el Evangelio y la fe no sean todavía valores profundamente arraigados en los corazones. Hay en muchos casos bastante de pátina exterior, que sucumbe fácilmente ante otros contravalores de la cultura tradicional. Además, la abundancia de sectas y religiones en Vanuatu crea un sentimiento de relativización y provisionalidad, y muchas veces la gente cambia de religión como de camisa, según los beneficios materiales que pueda sacar de pertenecer a una u otra religión”.

Mientras el corazonista extremeño abre camino con los más jóvenes, la catalana Mari Carmen    Tresserras, de la congregación de las Hermanitas de los Pobres, se vuelca “en el ocaso de la vida, en acompañar a los ancianos hasta el último día de su vida terrena”. Lo hace en Nueva Caledonia, un archipiélago con un estatus político que está a caballo entre un país independiente y un departamento de ultramar de Francia. De hecho, tienen previsto celebrar un referéndum de independencia para el 2014. Mari Carmen vive en la capital, Noumea, desde el año 2008, si bien ya había trabajado aquí de 1986 a 1995. Se trata de una ciudad marcada por la mezcla de etnias y de inmigrantes de diferentes nacionalidades. “Aunque hay una mayoría protestante –sostiene–, hay un núcleo importante de vietnamitas católicos y chinos budistas. Fuera de aquí, la situación es diferente. La principal dificultad que encuentra la Iglesia para anunciar la Buena Noticia es la lengua y la cultura. La parte positiva la trae su apertura a lo trascendente. El 40% de la población pertenece a los indígenas canaques, una etnia que respeta mucho la pureza y las tradiciones”. Este mismo crisol cultural y étnico se da en la propia comunidad de Hermanitas de los Pobres, “donde convivimos tres misioneras de China, dos de Samoa, una de Indonesia, dos francesas, una inglesa y yo”.

Esta necesidad de compartir es la que se manifiesta en el resto del continente, como constata, desde su ministerio, el sacerdote polaco Valentine Gryek, director de las Obras Misionales Pontificias, desde hace 25 años, en Papúa Nueva Guinea. “Se trata de un país muy variado: viven 6 millones de personas, existen 800 idiomas, dialectos, culturas y etnias. La misión considera esta pluralidad y los jóvenes como un terreno privilegiado para la evangelización”, explica poco después de publicarse la primera traducción del Catecismo al pidgin, la lengua más difundida en todo el país.

Pero no es el único terreno en el que evangelizan los misioneros y misioneras. Crece también el compromiso de la Iglesia católica por las cuestiones sociales; entre ellas, la promoción de la mujer, la defensa de los inmigrantes... Así, la mitad de los hospitales y servicios sanitarios de Papúa son administrados por cristianos, un cuarto de los mismos por la Iglesia católica. Una atención a las múltiples necesidades locales que está favoreciendo que la presencia de los católicos en el continente sea cada vez mayor, con un aumento anual de bautizados en torno a los 100.000.

Muestra del intenso trabajo que la Iglesia católica realiza en este país es también el reciente Congreso de Mujeres Católicas celebrado en Aitape. El obispo local, respaldado por un centenar de representantes de diferentes movimientos, denunció que “en nuestra cultura tradicional, las mujeres están subestimadas”. El congreso se centró en problemas como la poligamia, el aumento de la prostitución por la falta de recursos económicos o el “comercio de esposas, en el que la mujer es comprada por unos 5.000 euros, y más que un sujeto, se convierte en un objeto; una práctica que debemos suprimir”.

La semilla da sus frutos. El continente se está convirtiendo en fermento para nuevas vocaciones evangelizadoras. De hecho, en Wallis y Futuna –un grupo de tres islas tropicales que, al igual que Nueva Caledonia, pertenecen a Francia– se registra, en relación a su número de habitantes, uno de los mayores porcentajes del mundo de sacerdotes, religiosos y religiosas enviados a misión. Solo en Futuna se han ordenado este año 9 sacerdotes; un dato relevante, teniendo en cuenta que únicamente viven allí 4.500 habitantes. Sin duda un signo de vitalidad de una Iglesia que está siendo testigo del despertar de la fe de su pueblo. El relevo para los al menos 14 misioneros españoles que realizan su labor por estos lares –cinco mercedarias misioneras de Bérriz, dos jesuitas, dos salesianos, una hermana de la Caridad de Santa Ana, un franciscano, una religiosa de la Fraternidad Misionera Verbum Dei, una hermanita de los Pobres y un corazonista– está garantizado.

 

 

 

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