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El pasado 12 de enero la tierra tembló en el país más pobre del continente americano. Y como suele ser habitual cuando un terremoto, unas inundaciones, un tsunami, un huracán... sacuden una nación pobre, los efectos fueron terroríficos. Tras el rescate de las víctimas y el desescombro de ruinas, el balance no puede ser más demoledor: más de 180.000 personas han muerto y hay más de 3,5 millones de desplazados. Lo que en un país rico como Japón se hubiese quedado en un susto, en Haití, que ocupa la posición 150 –de 177 países– en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, ha dejado, como señalaba en unas dramáticas declaraciones el Nuncio Apostólico, Mons. Bernardito Auza, una nación “completamente devastada”.
Con toda razón, el sacerdote Antonio Díaz-Tortajada se lamentaba en un poema de que en catástrofes como esta “muy mayoritariamente mueren los pobres, quedan soterrados los pobres, se angustian por el futuro los pobres, encuentran inmensos escollos para rehacer sus vidas los pobres”. El terremoto, pues, además de provocar una tragedia, ha venido a descubrir las vergüenzas, injusticias, egoísmos de una humanidad y de unos dirigentes, tanto nacionales como internacionales, que poco hacen para prevenir estos males. Porque, como iba a denunciar la doctora brasileña Zilda Arns –responsable de la Pastoral de la Infancia brasileña y hermana del arzobispo emérito de São Paulo, el franciscano Paulo Evaristo Arns, desgraciadamente fallecida durante el terremoto–, “la solución a la mayoría de los problemas sociales –y a los efectos devastadores de las catástrofes naturales, añadimos nosotros– está relacionada con la reducción urgente de las desigualdades sociales, con la eliminación de la corrupción, con la promoción de la justicia social, con el acceso a la salud y a la educación de calidad, con la ayuda financiera y técnica entre las naciones, para la preservación y recuperación del medio ambiente”.
En Haití, a pesar de estar en una zona de alto riesgo sísmico y de ser azotada por frecuentes huracanes y ciclones, se construye sin ningún tipo de seguridad ni de medios para controlar la naturaleza. ¿Cómo hacerlo, si estamos en un país donde más del 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y anda más preocupada en alimentarse y sobrevivir en el día a día que en lo que pueda ocurrir mañana? ¿Quién construye casas y come con menos de dos dólares diarios? ¿Para qué hacer sólidos edificios, si la esperanza de vida no llega a los 50 años?...
El hombre cuenta con los recursos técnicos y los medios necesarios para minimizar los efectos de estos fenómenos de la naturaleza. Como se ha podido comprobar en el caso de Haití, de poco sirven tales avances cuando se dejan en el olvido países enteros sumidos en la miseria, cuando se consiente que tres cuartas partes de la humanidad vivan en la pobreza, cuando no se evita que más de mil millones de personas mueran de hambre... Son de agradecer y de admirar los miles y miles de gestos de generosidad hacia el pueblo de Haití que ha despertado la catástrofe. Desgraciadamente, para casos como este, como el de muchos países africanos y asiáticos sumidos en guerras, sequías e inundaciones, se necesita mucho más que estas sacudidas de solidaridad.
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