7 de marzo, Día de Hispanoamérica

Los sacerdotes, voz de la misión en América

 

   

El próximo 7 de marzo la Iglesia española celebra el Día de Hispanoamérica, una jornada que invita a tener presente la labor de los misioneros en el continente hermano. El bicentenario de las independencias de muchos países de América Latina lleva a reflexionar sobre el compromiso de la Iglesia con estos pueblos durante estos dos siglos y a valorar la entrega de los sacerdotes, que, como recoge el lema de este año, son "discípulos y misioneros" de Jesucristo.

 

 

Por José Beltrán

 

 

El 19 de abril de 1810 un grupo perteneciente a la aristocracia criolla venezolana aprovechó el debilitamiento de España por las guerras napoleónicas para crear la Junta Suprema de Gobierno, un órgano ejecutivo que puso las bases de la independencia de este país de América Latina. En pocos meses le seguían Argentina, Colombia, México y Chile. A partir de ahí y durante seis años, la mayoría de los países del continente comenzaron a romper sus vínculos con el control colonial ejercido desde Europa.

Se escribían las primeras líneas de una historia nueva para una tierra nueva. Dos siglos que ahora se disponen a celebrar estos países y en los que el continente ha aprendido a caminar por sí mismo, no sin tropiezos y dificultades. Sin embargo, algo ha permanecido   inalterable ante el devenir político: la presencia y el compromiso de la Iglesia española con sus pueblos y sus gentes. Y muestra de este vínculo que trasciende los acontecimientos históricos es el Día de Hispanoamérica, la jornada misionera que la Iglesia convoca para el primer domingo de marzo y cuyas aportaciones durante el pasado año ascendieron en nuestro país a más de 80.000 euros.  La Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que depende la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA), busca así que el próximo día 7 de marzo ayude a estrechar aún más esos lazos que nos unen a un lado y otro del Atlántico, y a ahondar en los retos que se han de asumir dentro de esa “misión continental” que se lanzó tras la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida, mayo de 2007). “La tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina”, señalaba el Documento conclusivo, que además de reconocer que “la Iglesia ha experimentado luces y sombras”, ahora “está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias”.

El lema escogido para este año, “Sacerdotes, discípulos y misioneros”, invita a detenerse precisamente en la figura de estos agentes clave para la evangelización. Se atiende así a la llamada hecha por Benedicto XVI, que insta a los presbíteros –San Juan María Vianney como modelo– a ser “peregrinos llamados a servir a sus hermanos, ofreciéndoles la vida de Dios, como hombres de la Palabra divina y de lo sagrado”. Y es que, durante estos más de 60 años, unos 2.200 sacerdotes españoles han sido enviados a América Latina a través de la OCSHA. De hecho, en estos momentos, cerca de un millar de sacerdotes diocesanos trabajan al otro lado del Atlántico.

 

Tocar los problemas

Celestino Gutiérrez es uno de estos misioneros. Durante 17 años trabajó en la diócesis guatemalteca de Quetzaltenango y está a punto de cumplir las bodas de plata de su presencia en Florida. “Guatemala me ayudó a crecer y madurar en mi vocación, Estados Unidos me ha enseñado a vivir con alegría mi sacerdocio”, comenta este segoviano, que recuerda sus inicios en Centroamérica, “cuando lo más urgente era el cuidado de la salud, una atención primaria que nos abrió las puertas para poder tocar los problemas cotidianos de las personas y acompañarlas”. De un pequeño dispensario pasó a la construcción de un hospital y, años después, a la creación de dos cooperativas de trabajadores, las cuales aún siguen en pie. “Han pasado 30 años y ahora las dirigen los hijos de los catequistas con los que yo empecé”, relata desde otra realidad no menos doliente: la de la inmigración latina. “Es más difícil mi tarea actual. La crisis y los problemas que surgen en torno a los sin papeles son enormes. A esto hay que unir el reto de salvar la fe de estos inmigrantes hispanos, que se alejaron de la vida de los sacramentos simplemente porque no podían salvar la barrera del idioma”, apunta el ahora párroco de la iglesia de San Judas, en Sarasota.

Testimonios como el de Celestino son los que llevan al obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, a recalcar que la tarea del sacerdote misionero es “un servicio que ha de hacer con la misma sensibilidad del corazón de Jesucristo, que no excluye a nadie ni selecciona destinatarios, aunque el Buen Pastor en sus caminos misioneros abre rutas especiales hacia sus preferidos, los más débiles, pobres y sencillos”.  No obstante, el prelado recuerda que “el gran dinamizador de esos caminos misioneros es el Espíritu Santo, que siempre adelanta y acompaña en la misión, para abrir los corazones y transformarlos con la gracia del Señor”.

Los problemas a los que se enfrentan en lo cotidiano estos centinelas del Evangelio centraron la XIV reunión del Consejo Especial para América de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, celebrada los pasados 17 y 18 de noviembre. El comunicado oficial ahonda de forma explícita y clarificadora en cuáles son los principales desafíos a los que se enfrenta el continente: el comercio de droga, el dinero de procedencia ilícita, la corrupción, la violencia, las maras, la carrera de armamentos, la discriminación racial, la deuda externa, la inmigración, la desigualdad entre los grupos sociales y la irracional destrucción de la naturaleza. Con esta realidad latente, los cardenales y obispos que forman parte del Consejo hacen una llamada a los agentes de pastoral para que “sean capaces de  leer la realidad actual y de buscar vías para la acción”, encontrando en la formación de los laicos uno de los instrumentos más eficaces. La Pontificia Comisión para América Latina, a través del cardenal Giovanni Battista Re, subraya que en la reunión plenaria de la Comisión, en febrero de 2009, sus miembros y consejeros expresaron la necesidad urgente de “comprometer a todo el presbiterio, a los seminaristas mismos y a la comunidad eclesial en general en este campo de la pastoral vocacional”.

 

La liberación como meta

“Como párroco, yo tengo el ‘teléfono rojo’ de emergencia, pero mi comunidad está adquiriendo un gran sentido de corresponsabilidad. Eso no quita para que, como sacerdote, me vea solo ante tanta necesidad”, explica el sevillano Juan   Salvador, que desde hace dos años y medio acompaña y cuida a las 30.000 personas que conforman la parroquia de la Sagrada Familia (www.iglesiadehualmay.com) en la localidad peruana de Huacho. De la mano de la OCSHA, Juan está convencido de que ha encontrado su lugar entregándose en el barrio marginal de Hualmay, con sus casas de adobe y sus calles sin asfaltar. “Saber que a través de mi labor pueden encontrar la esperanza me da la vida. Dedicado a tiempo completo a trabajar por los más pobres, me siento en la verdad del Evangelio”, comenta este sacerdote, que gestiona tres colegios para preescolares, un centro de niños discapacitados, dos comedores sociales, un centro de medicina alternativa, un consultorio… Ahora, y gracias a la Comunidad Valenciana, está manos a la obra para abrir en 2011 un colegio de primaria y secundaria. Y todo, además de su labor pastoral con los grupos parroquiales. “Es ahí donde descubres que hay gente que está tirando del país y de la Iglesia en América; son jóvenes y eso hace que se comprometan, que busquen a Cristo, la liberación que necesitan estos pueblos”.

Hoy como ayer, la Iglesia también es voz de denuncia ante los abusos de poder y mediadora para poner fin a los conflictos que durante estos dos siglos han azotado toda la región. Basta mirar a dos países que viven una coyuntura política convulsa para constatarlo: Venezuela y Honduras. Precisamente en el marco del bicentenario de la independencia venezolana, los obispos se han visto obligados hace unas semanas a poner freno a los continuos ataques lanzados por el presidente Hugo Chávez. El episcopado venezolano subraya que “no teme declarar que cuando anuncia a Jesús y su Evangelio no lo hace con un saber que compite con otros y menos aún desde una ‘ideología’ que oprime o excluye. Cuando denuncia injusticias o indignidades, no condena a la persona o se opone a la legítima autoridad, sino que cuestiona excesos o distorsiones arbitrarias”.

El cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga ha sido uno de los agentes determinantes para evitar que se abriera una brecha aún mayor en el país  después de que el presidente Manuel Zelaya fuera derrocado el pasado mes de junio. Sin temblarle el pulso, ha tenido que hacer frente a las acusaciones de “golpista” por denunciar que al ex presidente “le endulzaron los oídos con mantenerse en el poder 20 años más”. El prelado salesiano de Tegucigalpa tampoco ha dudado en exigir a las nuevas autoridades políticas  que “abran el corazón y se dejen iluminar por la gloria de Dios, que busquen servir y no ser servidos, y que, con toda autoridad, busquen el bien común”.

Estas son solo unas muestras del mapa de la diversidad que conforman los países y regiones de América Latina, unidos por algo más que una lengua y una cultura: un mismo espíritu misionero, en el continente que concentra la mayor comunidad de católicos del mundo, que supera ya los 568 millones de creyentes.

 

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