Quinientos años del histórico sermón del dominico en La Española


Montesinos, un “grito” todavía necesario

 

   

Veintiuno de diciembre de 1511. IV Domingo de Adviento. Isla de La Española, hoy compartida por República Dominicana y Haití. Un reducido grupo de misioneros dominicos, encabezados por fray Pedro de Córdoba, está a punto de cambiar la historia… ¡con una homilía! Ese domingo, durante la celebración de la eucaristía, uno de ellos, fray Antonio de Montesinos, proclama, en nombre de toda la comunidad y ante las autoridades españolas del Nuevo Mundo, que los indígenas son seres humanos, que tienen "almas racionales", y que, por tanto, los españoles están obligados a amarlos como a semejantes. Acaban de cumplirse ahora quinientos años de ese histórico "grito", considerado por muchos el embrión de los actuales derechos humanos.

 

Por José Ignacio Rivarés

 

 

“La que se va a liar”, debieron de pensar Pedro de Córdoba, Antonio de Montesinos, Bernardo de Santo Domingo y el hermano cooperador Domingo de Villamayor poco antes de denunciar y condenar públicamente lo que estaba ocurriendo en La Española. Los cuatro habían llegado al Nuevo Mundo en septiembre de 1510. Y los cuatro habían quedado consternados por la brutalidad con que sus compatriotas encomenderos –muy cristianos todos ellos sobre el papel– trataban a los indígenas. Los trabajos a los que los sometían eran tales que aquellos se les morían a manos llenas, ya fuera por castigos, hambre o enfermedades. No era esto lo que esperaban hallar, después de haber marchado a pie –pidiendo limosna y hospedaje en los pueblos– desde Salamanca hasta Sanlúcar de Barrameda, en cuyo puerto habían embarcado meses atrás. El papa Alejandro VI, mediante la bula Inter caetera, había hecho donación de toda la América descubierta y por descubrir a los Reyes españoles, sí, pero para que estos procedieran a la evangelización de sus gentes, y no para que las esclavizaran y mataran. Por ello, poco después del descubrimiento, doña Isabel y don Fernando habían instado al almirante Cristóbal Colón a tratar “muy bien y amorosamente” a los indios, pidiendo incluso se castigase a quienes no hicieran tal. Pero, ¡ay!, una cosa eran los mandatos y ruegos regios, y otra muy distinta la realidad…

Así que, ni cortos ni perezosos, y al poco de llegar, ese puñado de dominicos consideró que debían dirigirse a las autoridades (tanto de la isla como de España) para pedir que se pusiera fin a esas prácticas intolerables de encomenderos y conquistadores. Y así lo hicieron... sin resultado alguno. Quince meses después de hacer las gestiones, su solicitud seguía sin respuesta. ¿Qué hacer? ¿Cómo actuar? ¿Callar y dejar las cosas tal cual? ¿Mirar para otro lado? No. Ellos –al igual que once frailes más de la misma congregación que acababan de arribar al continente– no habían cruzado el Atlántico para conseguir oro y riquezas (de hecho, vivían en una choza de paja prestada, junto a un corral, en situación más que precaria), sino para llevar la Palabra de Dios a esas atribuladas gentes. No, no estaban dispuestos a ser cómplices de la situación. E iban a tratar de cambiarla. ¿Cómo? Denunciarían desde el púlpito el maltrato a los indígenas y dirían claramente a sus maltratadores que, de seguir por ese camino, no serían absueltos de sus pecados y no se podrían salvar.

Ha llegado la hora de actuar. Tras un tiempo de ayuno, vigilias y oraciones, la reducida comunidad dominicana en el Nuevo Mundo se reúne en capítulo y redacta y firma una homilía. Las autoridades de la isla, los conquistadores y encomenderos, todos son llamados, casa por casa, para que asistan a la eucaristía, pues en ella se les va a dar un mensaje –les dicen– muy provechoso. El vicario provincial, fray Pedro de Córdoba, ha encargado –ordenado, más bien– la predicación a fray Antonio de Montesinos. Las palabras de este, con su recia y amenazante voz, van a dejar atónitos a todos los presentes, sobre todo a las autoridades. “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?”, truena Montesinos ese 21 de diciembre, según relato de fray Bartolomé de las Casas, testigo presencial de los hechos. “¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? [...] ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?”.

¡La liaron buena los frailes, en efecto! En seguida comienzan los murmullos y apenas se puede acabar la misa. Esa misma tarde, los principales de la ciudad, junto a los oficiales del Rey, tras pasar por la casa del gobernador, don Diego de Colón, el hijo del Almirante, se dirigen a la de los religiosos para reprender al osado predicador y solicitar sea castigado por “hombre escandaloso y sembrador de una doctrina nueva nunca oída”. La sorpresa que se van a llevar es grande. Tras apaciguarlos como buenamente pudo, fray Pedro de Córdoba, hombre prudente y de gran virtud, les hace saber dos cosas: la primera, que la homilía no es solo cosa del P. Montesinos, sino palabras compartidas por toda la comunidad; y la segunda, que la denuncia que en ella se hace está más que justificada, pues, en efecto, los encomenderos en general tratan a los naturales “como si fueran bestias del campo”. Lejos de humillarse y hacer examen de conciencia, los exaltados señores pasan directamente a las amenazas: o el fraile se desdice al domingo siguiente de todo lo dicho, o la comunidad entera ya puede ir haciendo las maletas, de vuelta a casa. Ustedes verán.

Siete días más tarde, el domingo 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes, fray Antonio vuelve al púlpito. Pero en lugar de retractarse, como esperan las autoridades, no hace más que corroborar lo ya dicho, añadiendo que los dominicos no confesarán a quienes sigan tratando injusta y tiránicamente a los indios, y que ya pueden escribir a quienes quieran en Castilla. “Acabado el sermón –constata fray Bartolomé–, [Montesinos] se fue a su casa, y todo el pueblo en la iglesia quedó alborotado e indignado contra los frailes”. 

Los indios son hombres libres

¿Por qué despertó tanto revuelto esa homilía?, se preguntará el lector. Muy sencillo: porque en ella se cuestionaba –o, al menos, así lo entendieron las autoridades– la legitimidad de la conquista. El “grito” de Montesinos y sus compañeros dominicos subrayaba la humanidad de los nativos, cuestionada desde su llegada por los españoles, al ver algunas de las prácticas indígenas. Tan cuestionada que, de hecho, cuarenta años después, en 1550, en la célebre “disputa de Valladolid” entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, este último aún sostiene la inferioridad de los indios y su necesidad de tutela debido a sus pecados e idolatría, avalando así la “guerra justa” contra ellos. ¡Y eso que, desde 1537, el papa Paulo III, en su bula Sublimis Deus, ya ha declarado a los indígenas del Nuevo Mundo hombres con todos los efectos y capacidades de cristianos!

Con su denuncia, los dominicos de La Española lo que realmente estaban diciendo es que, si los indígenas son seres humanos con alma, y no salvajes a los que hay que domesticar como a animales, estos tienen unos derechos naturales recibidos del Creador: derecho a ser libres, a tener propiedades, a abrazar el cristianismo, etc. Unos derechos naturales que están, además, por encima de cualquier otro derecho positivo, por mucho que este se asiente sobre las bulas del Romano Pontífice. Cuestionar el trato que se daba a los nativos suponía, por tanto, ir contra el derecho y la legalidad vigentes, que consideraban, desde una base teológica, que los atentados a la ley cristiana (la poligamia, la idolatría o los pecados contra natura) llevaban aparejados la pérdida de la libertad, de la propiedad y aun de la autoridad legítima para gobernarse. De ahí que Montesinos y sus compañeros fuesen tildados de “revoltosos”, “tumultuosos”, “peligrosos”, “ignorantes” y sembradores de “una doctrina nueva nunca oída”. En los albores del siglo XVI, se sigue pensando, con Aristóteles, que la esclavitud es la condición natural de algunos seres humanos. De hecho, como es sabido, la falta de mano de obra, a causa del reconocimiento de los derechos de los nativos, propiciará el vergonzoso comercio de esclavos africanos a América, que conducirá a la muerte a millones de seres humanos. Pero las personas de raza negra, que estaban consideradas seres inferiores y asimiladas frecuentemente a animales, seguirán careciendo durante siglos del más mínimo derecho, al ser opinión común y aceptada la de que no tenían alma.   

¡Que cese tan gran escándalo!

Pero volvamos a los dominicos de La Española. ¿Cómo concluyó su historia? ¿Cómo reaccionaron en la Corte? Desde luego, el “grito” de Montesinos no fue acogido con satisfacción, y sí con gran escándalo. El Gobierno de la isla informó ipso facto al rey Fernando, y a este le faltó tiempo para exigir al padre provincial de la Orden, fray Alonso de Loaysa, que mandase callar a aquellos frailes. Hasta tres cartas les escribe el citado provincial de Castilla en el mes de marzo de 1512. Y en las tres les insta a “dejar de predicar tal materia” escandalosa. En la tercera de ellas, la más extensa, incluso les habla de “la pena que nos habéis dado a todos [...] por no mirar bien la santa doctrina”, y ordena que “ninguno sea osado predicar más” tales asuntos, bajo pena de excomunión. Asustado por los rumores, que apuntan a que el Rey puede ordenar la vuelta de los diecisiete dominicos que hay en estos momentos en La Española, Loaysa les ruega que “tan gran escándalo cese”, y que enmienden “lo pasado con toda prudencia y discreción”. “Si alguno tiene escrúpulo de no poder hacer otra cosa –insiste– véngase, que en su lugar yo proveeré a otro, porque [no] nos traigan a todos”.

Sí volvieron. Montesinos y fray Pedro de Córdoba regresaron a España, en efecto, pero no para claudicar en su defensa de los nativos, sino para hacer ver al rey la verdadera situación de estos. Y no lo debieron de hacer mal del todo, puesto que el 27 de diciembre de 1512, fruto de la controversia generada, veía la luz en Burgos la primera legislación en materia indígena: 35 leyes u ordenanzas que, si bien no anulaban el sistema de repartimientos o encomiendas, como hubiesen deseado los aguerridos frailes de La Española, sí reconocían el principio de la libertad del indio, su derecho a tener casa y hacienda propias, la obligación de evangelizarlo, de remunerar su trabajo, de dejarle descansar (cuarenta días después de cinco meses de trabajo), etc.

Cuando fray Pedro llegó a la Península se encontró con las citadas leyes ya aprobadas, y no quedó satisfecho. Su intervención ante el Rey y su Consejo aún logró que, en julio de 1513, fueran promulgadas en Valladolid otras cuatro leyes adicionales que prohíben, entre otras cosas, el trabajo en las minas a las mujeres y a los varones menores de catorce años. Aun así, ni él ni Montesinos quedaron contentos con una legislación que dejaba a los indios, según Las Casas, “so el poder de los españoles, repartidos como ganado”.

Fray Pedro de Córdoba murió de tuberculosis en Santo Domingo el 4 de mayo de 1521, con apenas 39 años. El sevillano Montesinos tampoco llegó a una plácida vejez: falleció en 1540, con unos 55 años, por causas desconocidas, y tras evangelizar en Puerto Rico y en Venezuela, donde había sido nombrado vicario de la nueva comunidad. Sus luchas, sin embargo, no fueron en balde. Ese encomendero llamado Bartolomé de las Casas, que a la llegada de estos frailes llevaba ya ocho años en La Española y que asistió al sermón de Montesinos, será, primero, discípulo de fray Pedro, después obispo de Chiapas, y por último, el más firme defensor de los indígenas, hasta su muerte en el convento madrileño de Atocha a la edad de 97 años. Y otro tanto ocurrió con Juan Garcés (en quien parece inspirado el papel que interpreta Robert de Niro en la película La misión), otro encomendero que tomará los hábitos de la Orden de Santo Domingo antes de convertirse en uno de los primeros mártires de la misión dominicana de Venezuela. Gracias a fray Pedro, fray Antonio y fray Bernardo –el hermano lego Domingo de Villamayor regresaría a España al poco de arribar al Nuevo Mundo–, verá la luz, en efecto, una nueva manera de evangelizar, más cercana al indígena, pero también una evangelización que no se resigna ni calla a la hora de denunciar los abusos y las estructuras injustas.

¿Qué queda hoy del “grito” de Montesinos? O, por mejor decir: ¿quiénes son, y dónde están en la Iglesia, los montesinos y córdobas de nuestros tiempos? El Reino de Dios siempre estará necesitado de profetas que, cuando sea necesario, planten cara a la legalidad vigente y que denuncien las estructuras injustas que someten a los pobres. Y quinientos años después, y salvadas las distancias, los indígenas del Nuevo Mundo siguen sufriendo hoy pobreza, abandono, racismo y discriminación.

 

Volver a sumario