Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

EL ROSTRO DEL DESARRAIGO

 

   

El 15 de enero la Iglesia católica celebra la 98 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. El Mensaje del papa Benedicto XVI para esta ocasión se centra en el tema "Migraciones y nueva evangelización".

 

PorJosé Carlos Rodríguez

 

 

A mediados de los años 90, cientos de familias procedentes del este de la República Democrática del Congo cruzaron la frontera con la vecina Uganda, huyendo del conflicto que asolaba su región, y empezaron a asentarse en la barriada de Kinawamata, en Kampala, donde hoy son varios miles, aunque nadie sabe su número exacto. El suburbio forma parte del territorio de la parroquia de Nuestra Señora de África, y el padre Joseph Kibirige conoce bien sus problemas: “Como ocurre con todos los que han llegado a la capital en busca de una vida mejor, no encuentran una vivienda digna ni trabajo”. El sacerdote, que hace pocos años trabajó en Colombia y tiene sobrada experiencia de labor pastoral con refugiados, apunta una dificultad añadida: “Los congoleños de nuestra parroquia no tienen unos parientes en un pueblo cercano a donde acudir si las cosas les van mal”. La gran mayoría de ellos son católicos practicantes y frecuentan la iglesia, pero, como reconoce el padre Joseph, “hay que realizar un esfuerzo mucho mayor por integrarles, porque se aíslan mucho, en parte debido a la barrera de la lengua”.

A muchos miles de kilómetros de la capital de Uganda, en la ciudad tailandesa de Rangong, miles de birmanos, que han  llegado de la vecina Myanmar cruzando el estuario que hace de frontera entre los dos países, llevan una vida aún más dura. Prácticamente todos ellos viven en Tailandia de forma ilegal y no tienen derecho a la sanidad pública ni a enviar a sus hijos a la escuela. En teoría podrían ser deportados en cualquier momento, pero a la economía del país asiático le viene muy bien la mano de obra barata que aportan los tres millones de birmanos que se calcula que viven en su territorio, y, aunque la policía les acosa con frecuencia pidiéndoles sus papeles, rara vez las detenciones acaban en expulsión. En Rangong realizan los trabajos más penosos de la próspera industria del marisco, limpian los hoteles de la costa o alimentan el negocio del turismo sexual. Todos ellos habitan viviendas insalubres construidas sobre las aguas. Los únicos oasis donde encuentran acogida y servicios básicos son un dispensario, una escuela y un centro social a donde acuden sin miedo. Las tres instituciones las lleva adelante Cáritas diocesana junto con los Hermanos Maristas. Los birmanos que acuden a ellas son, en su mayoría, budistas. “Ellos saben que en la Iglesia estamos al servicio de todos, sin mirar su religión”, explica un joven marista, que pide que no se le cite por su nombre, ya que en teoría la actividad que realizan con estos inmigrantes es ilegal, aunque el Gobierno tailandés hace la vista gorda, porque sabe que estos servicios les evitan problemas de conflictividad social.

 

Una Iglesia acogedora

Como en Uganda o Tailandia, millones de hombres y mujeres que han abandonado sus países de origen encuentran a menudo acogida en parroquias e instituciones de la Iglesia, un tema que Benedicto XVI recoge en su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de este año: “El actual fenómeno migratorio es una oportunidad providencial para el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo” y “es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos”, dice el Papa en uno de los párrafos de este documento, que recuerda también que Naciones Unidas acaba de celebrar el 60 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados. En bastantes casos, a las dificultades de encontrar trabajo y vivienda se añade el desafío de mantener la fe que muchos de ellos profesan. Los inmigrantes “crecidos en el seno de pueblos marcados por la fe cristiana, a menudo emigran a países donde los cristianos son una minoría o donde la antigua tradición de fe ya no es una convicción personal ni una confesión comunitaria [...]. Aquí la Iglesia afronta el desafío de ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe”, señala el Pontífice.

Casos como estos se pueden encontrar en países de mayoría musulmana, donde hasta hace pocos años los únicos católicos eran trabajadores de empresas europeas o norteamericanas. El panorama ha cambiado mucho. Los que hoy llenan las escasas iglesias de países como Argelia o los Emiratos Árabes son trabajadores no cualificados filipinos o indios, o bien estudiantes procedentes de países de África subsahariana, que se han convertido hoy en el rostro mas visible de la presencia minoritaria de la Iglesia en naciones islámicas.

Pero también en países europeos de vieja cristiandad, mantener la fe cristiana puede ser toda una prueba para quienes crecieron en naciones donde el ambiente social valora lo religioso y ahora se encuentran con una secularización creciente que relega a Dios a la esfera de lo privado. Muchos inmigrantes que sufren el desencanto religioso terminan por ser presas fáciles de las sectas. El Papa expresa su preocupación por estos hechos, al mismo tiempo que recuerda el deber de acogida a quienes han cruzado otras fronteras, particularmente los refugiados: ellos “tienen necesidad de nuestra comprensión y acogida, del respeto de su dignidad humana y de sus derechos, así como del conocimiento de sus deberes. Su sufrimiento reclama de los Estados y de la comunidad internacional que haya actitudes de acogida mutua, superando temores y evitando formas de discriminación”.

En la Iglesia hay múltiples ejemplos de cómo la acogida pastoral y la acción social en favor de los inmigrantes pueden discurrir por el mismo camino. Uno de ellos lo encontramos en el barrio de las Doscientas Viviendas, en Roquetas de Mar (Almería). Más de la mitad de sus habitantes son africanos, muchos de los cuales trabajan en los invernaderos que se han convertido en parte del paisaje almeriense. En una de sus calles, una modesta casa alberga una comunidad de los Misioneros de África (Padres Blancos). Sus tres miembros, todos ellos con largos años de experiencia en países africanos, llevan adelante un centro social que por las tardes se llena de decenas de subsaharianos, que acuden allí para recibir clases de español o de informática, o simplemente para encontrarse y hablar en un lugar acogedor.

En el centro colaboran más de 30 vecinos españoles de la localidad, que ayudan a los inmigrantes a superar la tentación del aislamiento. Los tres sacerdotes realizan también tareas pastorales en la parroquia del barrio, donde tienen incluso catequesis en una de las lenguas locales de Guinea Bissau, ya que muchas de las mujeres de este país que viven en Roquetas tienen dificultades para comunicarse en otro idioma. Iniciativas como esta responden fielmente a lo que el Papa pide que las comunidades cristianas realicen: “Prestar una atención particular a los trabajadores inmigrantes y a sus familias, a través del acompañamiento de la oración, de la solidaridad y de la caridad cristiana”. 

 

Estudiantes internacionales

Desde hace unos años, el Mensaje del Papa para esta Jornada Mundial se dirige no solo a trabajadores migrantes y refugiados, sino también a los estudiantes internacionales. Benedicto XVI recuerda que, entre sus numerosas dificultades, “afrontan problemas de inserción, dificultades burocráticas, inconvenientes en la búsqueda de vivienda”. Recuerda el Pontífice que estos jóvenes, “además del crecimiento cultural, necesitan puntos de referencia y cultivan en su corazón una profunda sed de verdad y el deseo de encontrar a Dios”. En este sentido, señala a las universidades cristianas como “lugares de testimonio y de irradiación de la nueva evangelización, seriamente comprometidas en contribuir en el ambiente académico al progreso social, cultural y humano, además de promover el diálogo entre las culturas, valorando la aportación que pueden dar los estudiantes internacionales”.

Trabajadores inmigrantes, refugiados o estudiantes internacionales son tres rostros humanos de la misma realidad: la de todos aquellos que se han visto forzados a dejar atrás sus países de origen para ir en busca de una vida mejor. La mayor parte de ellos se quedará para siempre en sus nuevas tierras de acogida, a pesar de lo duras que puedan ser sus nuevas condiciones de vida. La Iglesia, según recuerda el Papa, tiene el deber de acompañarles, ayudándoles en sus necesidades materiales y también anunciándoles el Evangelio. Como afirmó monseñor Antonio María Vegliò, presidente del Pontificio Consejo para los Emigrantes e Itinerantes, durante la presentación del Mensaje del Papa: “El mundo entero se ha convertido en tierra de anuncio evangélico, y los movimientos migratorios son una valiosa oportunidad para el anuncio de la Palabra”.  

 

 

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