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Goma, domingo 6 de noviembre. El cantante Fabrice Mumpfiritsa lleva dos días desaparecido. La última vez que se le vio estaba en su estudio de grabación, cuando se presentaron unos hombres con uniforme que le introdujeron a la fuerza en un coche que se dio a la fuga. Fabrice es muy popular en el este del Congo, no solo por su música, sino también porque es uno de los pocos artistas que se han negado a apoyar la campaña del presidente Joseph Kabila. Varios cientos de jóvenes de su etnia hunde han cortado las calles de la principal ciudad del Kivu Norte y han empezado a quemar neumáticos y bloquear las principales rutas con barricadas, en las que se muestran muy agresivos con los vehículos que intentan pasarlas. Finalmente, por la tarde, intervienen la policía y el ejército, dispersando a tiros a los que protestan. Esa misma noche aparece Fabrice malherido y lleno de magulladuras en una cuneta a las afueras de la ciudad, como aviso a los navegantes.
Este incidente, del que el autor de este artículo fue testigo directo, no fue uno de los más graves acaecidos durante la campaña electoral, que empezó el 28 de octubre. Ya antes de esa fecha, grupos como Human Rights Watch y varias ONG congoleñas alertaron de que los discursos basados en el odio de algunos candidatos estaban calentando el ambiente para una temporada de violencia. En Katanga, por ejemplo, el dirigente del partido UNAFEC, Gabriel Kyungu, llevaba varios meses fustigando a los congoleños procedentes de la región de Kasai –donde el líder opositor Etienne Tshisekedi tenía más seguidores– con discursos como este: “En esta habitación hay demasiados mosquitos y hay que echarlos con abundante insecticida”. Al día siguiente de comenzar las elecciones, hubo un muerto en Mbuyi Mayi, cuando la policía abrió fuego contra una multitud que se manifestaba a favor de Tshisekedi, un líder que tampoco contribuyó mucho a calmar las aguas cuando el 7 de noviembre hizo un llamamiento a sus partidarios para que asaltaran las cárceles del país para liberar a los presos políticos. Por lo demás, durante las cinco semanas que duró la carrera electoral, el candidato Kabila utilizó todos los medios del Estado para financiar su propia campaña, intimidar a sus opositores e, incluso, bloquear los movimientos de otros candidatos en sus desplazamientos por el país en avión. A esto se unieron las dificultades logísticas de asegurar la llegada a tiempo de las 120.000 urnas fabricadas en China y las papeletas para los más de 21.000 colegios electorales de un país casi tan grande en extensión como toda Europa Occidental, y con pocas comunicaciones.
Según se temía, el día de las elecciones fue abundante en incidentes e irregularidades. Al menos 18 personas murieron en varios sucesos violentos durante el fin de semana que precedió al día de las votaciones. En numerosos colegios electorales las papeletas no llegaron a tiempo (un cargamento de 20 toneladas de material electoral aterrizó en Kinshasa, procedente de Sudáfrica, dos días después de la fecha de los comicios). En otras estaciones, numerosas personas no encontraron sus nombres en las listas de votantes, y la ira que esto provocó hizo que varios cientos de estos lugares fueran incendiados por partidarios de la oposición, en particular en las dos provincias de la región del Kasai. En varias localidades del Kivu Norte, en el territorio de Masisi, grupos de soldados obligaron a los votantes a escoger papeletas del presidente Kabila o llenaron las urnas ellos mismos, votando varias veces. En la provincia del Equateur, el presidente de un colegio electoral tuvo que escapar y esconderse, después de que el gobernador le presionara para cambiar los resultados, que mostraban al principal candidato de la oposición, Etienne Tshisekedi, por delante de Kabila.
Pero lo más llamativo tuvo que ver con la pérdida de votos emitidos. Se calcula que en todo el país se perdieron las papeletas de entre 3.000 y 4.000 colegios electorales, entre los que se contaban 2.000 de Kinshasa y todos los resultados del territorio de Kiri, en la provincia de Bandundu; nada extraño, si se tiene en cuenta que, en numerosos puntos de votación, las autoridades locales se llevaron las papeletas depositadas en las urnas a sus casas en sus propios coches. Hubo también estadísticas sospechosas. En algunas comarcas del norte de Katanga se publicaron porcentajes de participación superiores al 99%, con todos los votos para Kabila.
El anuncio de los resultados estaba previsto para el 6 de diciembre. Pero, a última hora, la Comisión Electoral decidió retrasarlo 48 horas. En previsión de incidentes violentos, el Gobierno obligó a las tres compañías de telefonía móvil que operan en el país (CCT, Vodacom y Airtel) a bloquear el servicio de mensajes de texto, para evitar que quienes planeaban organizar protestas se coordinaran entre ellos. Pegados a la radio, los congoleños aguardaron en una tensa espera la información sobre el número de votos que cada candidato supuestamente había recibido. Primero se anunció que el resultado se haría público a las seis de la tarde, después a las ocho, más tarde a las diez..., para acabar retrasando todo para el día siguiente. Finalmente, el viernes 9 se proclamó a Joseph Kabila vencedor de las elecciones presidenciales. Había obtenido el 49% de los votos, mientras que Etienne Tshisekedi quedaba en una distante segunda posición, con el 32%. La participación en todo el país, según la Comisión Electoral, fue del 58%.
Como era de esperar, el anuncio de los resultados fue rechazado por los partidarios de la oposición, especialmente en Kinshasa, donde hubo al menos ocho muertos en protestas callejeras. Y también grupos de observadores internacionales expresaron sus serias dudas, particularmente el Centro Carter, que, al día siguiente del anuncio de los resultados, publicó un informe en el que decía que estos “no tenían credibilidad”. Por su parte, la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), que envió la misión de observación más nutrida, dio su visto bueno a los resultados oficiales. La oposición dejó muy claro que no iba a perder el tiempo apelando a una Comisión Electoral a la que nunca vio como independiente (su cabeza, el pastor Daniel Ngoy, es amigo personal de Kabila) o al Tribunal Supremo, muchos de cuyos jueces fueron nombrados pocos días antes de las elecciones y son vistos como favorables al presidente. La diplomacia silenciosa de Naciones Unidas consiguió, por el momento, evitar que los principales candidatos de la oposición convocaran protestas potencialmente violentas. Nada ni nadie, sin embargo, ha logrado extinguir la frustración de la mayor parte de la población, que se resigna a continuar cinco años más bajo el régimen de un enigmático líder, del que se desconfía, con una ira contenida que de momento se oculta bajo tierra, pero que puede estallar en cualquier momento.
Una historia reciente de guerras
Un descontento así tiene poco de extraño en un país, como la R. D. del Congo, que hace solo nueve años estaba sumido en una guerra que causó, de forma directa o indirecta, cinco millones de muertos, y en la que llegaron a participar 20 grupos rebeldes de diverso pelaje y hasta ocho naciones africanas, que se disputaron sus enormes riquezas naturales, especialmente las mineras. En 2006, con un enorme apoyo del exterior –especialmente de Naciones Unidas y de la Unión Europea–, el país celebró sus primeras elecciones democráticas desde antes de la dictadura de Mobutu Sese Seko, que dirigió el país con un sistema de cleptocracia de 1965 a 1997. Ganó, en segunda vuelta, Joseph Kabila, frente al señor de la guerra Jean Pierre Bemba, quien desde hace dos años se encuentra detenido en La Haya bajo acusaciones de crímenes de guerra por parte de la Corte Penal Internacional.
Kabila, en la Presidencia desde el asesinato de su padre en 2001, todavía tuvo que vérselas con otra rebelión armada: la del general Laurent Nkunda, a finales de 2008, apoyada por Ruanda, que desde 1996 ha agitado las aguas de todos los conflictos en el este del país y ha sacado tajada de los abundantes recursos minerales de esta zona. Nkunda lideró el Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP), una milicia compuesta principalmente por tutsis, hasta su detención por parte de tropas ruandesas en 2009. Hoy el CNDP se encuentra, teóricamente, integrado en el Ejército congoleño, aunque en la práctica actúa de forma independiente y sigue estando bajo control del régimen ruandés. Su líder actual, Bosco Ntaganda, reclamado por la Corte Penal Internacional, vive en Goma, al lado de la frontera con Ruanda, y actúa como un señor de la guerra, a quien el mismo Gobierno de Kabila teme.
Muchos congoleños se sintieron defraudados cuando Kabila y el presidente ruandés Paul Kagame llegaron a un acuerdo en 2009, por el que se permitió la entrada de soldados ruandeses para combatir a los rebeldes hutus del FDLR, quienes desde 1996 han sembrado la inseguridad en amplias regiones del este del país. Algunas de sus cláusulas permanecieron ocultas, pero es un secreto a voces que han permitido a Ruanda seguir ejerciendo su hegemonía en el este del Congo, al que siempre han considerado como su patio trasero, en el que intervienen cada vez que quieren. Uno de los principales líderes opositores, Vital Kamerhe, dimitió de su puesto de presidente de la Asamblea Nacional en 2009 como protesta ante dicho acuerdo. Pocos dudan de que el resultado de las últimas elecciones goza del beneplácito de Ruanda, a quien interesa un aliado como Kabila, que le permita hacer y deshacer a su antojo en su inmenso país.
El peor lugar del mundo para vivir
Coincidiendo con estas elecciones, Naciones Unidas publicó su lista anual de países según su Índice de Desarrollo Humano (IDH), en la que la República Democrática del Congo figura como el país que está en el furgón de cola, en el puesto número 189 (el número uno es, un año más, Noruega). El IDH es un baremo relativamente reciente; mucho más completo que la anticuada clasificación que distinguía entre países ricos y países pobres a base de calcular la renta per cápita, la cual, a su vez, se obtenía dividiendo el Producto Interior Bruto por el número de habitantes. Este nuevo ranking tiene la ventaja de tener en cuenta otros factores, como los porcentajes de escolarización, el acceso de la población a la sanidad, la esperanza de vida, la igualdad de la mujer, el disfrute de la paz y de los derechos humanos, etc. Según esta clasificación de Naciones Unidas, la República Democrática del Congo sería el país del mundo más infeliz; nada sorprendente, si se tienen en cuenta datos como estos: al menos la mitad de los niños no están escolarizados, miles de ellos están condenados a una existencia inhumana viviendo en las calles de sus ciudades, la mayor parte de la gente no puede pagarse un tratamiento médico cuando está enferma, la esperanza de vida apenas pasa de los 45 años, viajar de una ciudad a otra es una aventura imposible por las desastrosas comunicaciones, muchas zonas del país viven aún la resaca de dos guerras que costaron cinco millones de muertos, y los derechos humanos tienen un precio de risa, como muestra el número de activistas y periodistas comprometidos con la verdad que cada año encuentran la muerte o la cárcel.
Lo que sí es muy extraño es que todo esto suceda en uno de los países más ricos del mundo en recursos. El Congo posee una tierra fertilísima, excelente para la agricultura y la ganadería. Dispone de bosques que son un enorme pulmón para todo el continente africano, tiene lagos y ríos con abundante pesca, y en su subsuelo hay inmensas riquezas minerales, como oro, diamantes, casiterita, bauxita, tungsteno y el preciado coltán, indispensable para la industria electrónica de última generación y de cuyas reservas mundiales el 80% se encuentran en el este del país, sin olvidar las enormes bolsas de gas que se hallan bajo las aguas del lago Kivu. El Congo tiene, además, algunos de los paisajes más espectaculares del planeta, y su potencial turístico es inmenso. Toda esta riqueza sería más que suficiente para dar a sus 65 millones de habitantes un nivel de vida digno.
Sería muy largo indagar en el porqué de este contrasentido. Puede explicarse por intervenciones interesadas de países extranjeros y compañías multinacionales que esquilman sus recursos, sin que sus habitantes se beneficien de ellos. Pero hay otro problema de fondo que no se resuelve, y que el periodista Jason Stearns explica magistralmente en su libro Dancing in the Glory of Monsters, publicado en 2011: el Congo es un país en el que sus habitantes no tienen un Estado que les proteja, y en el que la política no es una actividad centrada en cómo ofrecer servicios a los ciudadanos, sino en cómo conquistar el poder para enriquecerse. Joseph Kabila es solo el último ejemplo de dirigente que sigue este modelo de hacer política basado en el interés personal.
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