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Ya está aquí, un año más, el Día de Hispanoamérica. Desde hace más de medio siglo, los católicos españoles tienen cada primer domingo de marzo una cita ineludible con la evangelización en el continente hermano: “el continente de la esperanza”, como lo definió en su día el papa Juan Pablo II, por albergar más del 40% de los católicos del mundo. Esta cita, “valiosísima y oportuna”, en palabras del cardenal Marc Ouellet, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL), trata cada año de “actualizar y fortalecer los vínculos de comunión y colaboración” con aquellas Iglesias hermanas. Y un elemento clave para vigorizar esos vínculos son los misioneros: sacerdotes y laicos enviados por las diócesis, por un lado, y religiosos y religiosas de las más diversas congregaciones, por otro. Desde el año 1959, en que la jornada quedó incorporada al calendario de la Iglesia española, más de 2.000 sacerdotes de nuestro país han marchado ya a evangelizar allí de la mano de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA). Hoy son 354 los que siguen al pie del cañón, al servicio de las Iglesias particulares más necesitadas de personal eclesiástico. Once de ellos son novatos, pues partieron para la misión a lo largo de 2011. Heliodoro Picazo Hernández, de la diócesis de Albacete, por ejemplo, se marchó a El Petén (Guatemala); Andrés Antonio Drouet Salcedo, de Cádiz-Ceuta, puso rumbo a Portoviejo (Ecuador); Mateo Clares Sevilla y José Gómez García, ambos de la diócesis de Cartagena, encaminaron sus pasos a San Pedro Sula (Honduras); Manuel Ruiz Oñate, de Madrid, llegó a Puyo (Ecuador); Vicente Maiso Urbina, de Málaga, lo hizo a Antofagasta (Chile); Antonio Delgado Heredia, de Sigüenza-Guadalajara, a San Salvador (El Salvador); José Laguna Menor, de Sevilla, a Chuquibamba (Perú); Julio Alonso Ampuero, de Toledo, a Lurín (Perú), y Antonio Gómez Gómez-Agüero, de Toledo, a Veracruz (México).
Los retos que todos ellos van a encontrar en sus nuevos destinos son, al decir de la PCAL, similares a los que dejan atrás. “Hoy día –dice el Mensaje del organismo vaticano para la Jornada– la Iglesia en España y la Iglesia en América asumen, de algún modo, similares desafíos. [...] La secularización avanza por doquier. No faltan hostilidades contra la presencia de la Iglesia y su mensaje. La corriente hedonista y relativista de la sociedad de consumo y del espectáculo tiende a desplazar y desarraigar la cultura cristiana de los pueblos. La traditio de la fe se ha vuelto ardua tarea”. Y la línea de actuación ha de ser, por ello, igualmente, similar, según la PCAL. “Ya no basta con apelar a las raíces cristianas y declamar retóricamente sobre su magnífica tradición. Se necesita actualizar, reformular y revitalizar la tradición católica, arraigándola más profundamente en el corazón de las personas, en la vida de las familias y en la cultura de los pueblos [...]. ¡Se necesita, sí, una nueva evangelización! ¡Se necesita tanto en Europa como en América!”.
La nueva evangelización es, en efecto, el eje del Mensaje de la PCAL. Una nueva evangelización, dice el organismo, evocando al beato Juan Pablo II, “nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones”. Y una nueva evangelización que debe ser acometida por “personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios”. “Se necesitan personas –prosigue el Mensaje– que muestren a Dios presente en la propia vida, en todas las dimensiones de su existencia y convivencia, e inviten a compartir una vida nueva, verdadera, más humana, que remite al acontecimiento que la hace posible y que continuamente la regenera”.
El texto vaticano subraya también que “la fe en Dios amor” que llevaron los españoles hace ya más de quinientos años es el “más rico tesoro” del continente americano. Y añade que “el hecho de que aproximadamente el 80% de los latinoamericanos sean todavía hoy bautizados en la Iglesia católica, y que esta, la Iglesia católica, continúe siendo una de las instituciones que suscita la mayor confianza y credibilidad en sus pueblos es signo y fruto de la fecundidad de aquella primera evangelización, de la profunda inculturación de la fe en la vida de aquellos pueblos y del enraizamiento secular del cristianismo”. “Y ello –se admite– a pesar de compromisos mundanos, descuidos y deficiencias en la evangelización, y un muchas veces insuficiente cuidado pastoral y catequético, agravado por la escasez de sacerdotes para atender a muchas comunidades cristianas”.
Para la PCAL, los destinos de España y de América Latina “están indisolublemente unidos”. “Por eso –dice– se sigue necesitando fortalecer la cooperación espiritual, personal y económica entre sus Iglesias”.
Reforzar la formación de los fieles
Pero ¿cómo está hoy esa evangelización? ¿Y cuáles son los problemas que preocupan de un modo especial a aquellas Iglesias? La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Aparecida (Brasil) en mayo de 2007, abogó por generar una Iglesia más discípula y misionera, y lanzó la llamada “Misión Continental”. Propuso una gran reconversión pastoral, partiendo de la idea de “reforzar la formación cristiana de los fieles en general, y de los agentes de pastoral en particular” (Benedicto XVI, Carta a los obispos de América Latina y del Caribe, 29 de junio de 2007).
Y en eso andan ahora las Iglesias del subcontinente. Los obispos de América Central (SEDAC) aludían a esta nueva aventura en el mensaje que publicaban tras la celebración de su última Asamblea Plenaria, el pasado 23 de noviembre. “Reconocemos con alegría –escribían entonces– algunos signos de vida eclesial, que como granitos de mostaza pueden parecer pequeños, pero ya están dando mucho fruto en nuestras comunidades. Entre ellos podemos destacar la profunda «espiritualidad» de nuestro pueblo centroamericano [...]; la entrega generosa de tantos sacerdotes, religiosos(as) y laicos(as), que en el campo y la ciudad dan testimonio de Cristo y sirven a la Iglesia aun en medio de no pocas limitaciones y sacrificios; y, en tercer lugar, el camino de renovación de muchas de nuestras parroquias, que se está abriendo paso a pesar de ciertas resistencias personales y estructurales”. “Otro signo sumamente esperanzador –añaden– es la fe entusiasta de muchos jóvenes, [...] quienes ciertamente son y seguirán siendo en el futuro fermento de renovación de nuestra sociedad a la luz del Evangelio”.
El episcopado centroamericano, que confiesa como mayor deseo “que nuestra Iglesia no cese de sembrar con ardor misionero la semilla del Evangelio”, constata también dificultades para que esa siembra fructifique, y denuncia enormes problemas que, en esencia, son extrapolables, en mayor o menor medida, al resto del continente. A saber: la alarmante violencia del crimen organizado y el narcotráfico, la violencia en el seno de la familia, la exclusión social de inmensas mayorías pobres, la corrupción, la falta de respeto a las leyes y a las instituciones democráticas, la violación de los derechos humanos, el crecimiento de la pobreza, la amenaza a la institución familiar...
Varios de los problemas evocados por los obispos centroamericanos –como el de los desplazados y el de las sectas– afloraron también en el I Encuentro Continental Latinoamericano de Sacerdotes Misioneros Fidei Donum Europeos, que tuvo lugar en Bogotá (Colombia) en febrero de 2011. La cita permitió a 52 sacerdotes de diócesis de Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Polonia y España reafirmar su identidad y vocación misionera y compartir sus experiencias evangelizadoras. En el mensaje final del encuentro, se constata “la falta de una pastoral bien orientada hacia los desplazados (tanto los emigrantes como las víctimas de situaciones de violencia), las minorías étnicas y el mundo rural”, así como el gran desafío que suponen “los nuevos grupos religiosos no católicos de corte pentecostal”. “Desde aquí –escriben los misioneros sobre este último asunto– somos llamados a revisar nuestra acción pastoral, a veces descuidada, sacramentalista, de conservación y de puertas para adentro”. En lo que atañe a la formación de agentes de pastoral, se insta a conseguir una mayor implicación de los laicos. “Hemos de caminar hacia el reconocimiento y dignificación eclesial de los ministerios laicales al servicio de la comunidad, recorriendo con ellos este itinerario evangelizador”, puede leerse en ese mensaje final.
Del 16 al 20 de enero de 2012, la ciudad brasileña de San Salvador de Bahía ha sido escenario también del encuentro continental de sacerdotes de la OCSHA. Este ha contado con la presencia del arzobispo de Toledo y presidente de la Comisión Episcopal de Misiones de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Braulio Rodríguez, y del director nacional de las OMP en España, P. Anastasio Gil.
Próximos destinos: México y Cuba
“Este es un tiempo precioso para evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente”. Lo dijo Benedicto XVI el 12 de diciembre, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, en la misa criolla que presidió en la basílica de San Pedro, en el contexto del bicentenario de la independencia de España de un buen número de países americanos. En esa celebración, el Papa anunció también oficialmente su próximo viaje –el vigésimo tercero del pontificado–, que le llevará a México y Cuba del 23 al 29 de marzo.
Se trata de dos países que viven momentos históricos totalmente opuestos. Mientras en el primero el Estado de derecho trata de ganarle el pulso al narcotráfico y a la delincuencia organizada, en una guerra no declarada que se ha dejado ya miles de vidas, en el segundo sus gentes otean esperanzados el horizonte de una transición pacífica a la democracia, en la que la Iglesia está jugando un papel muy importante.
En México, en efecto, la violencia está alcanzando cotas insospechadas. Desde que el presidente Felipe Calderón tomara posesión del cargo en diciembre de 2006, y hasta el pasado 1 de octubre, habían sido asesinadas ya 47.515 personas: una media de 27 por día. El 70% de los crímenes se producen en ocho de los 32 estados que conforman la Federación: Chihuahua, Nuevo León, Guerrero, Sinaloa, Durango, Jalisco, Tamaulipas y Coahuila. En Cuba, en cambio, parece haber más motivos para la esperanza. La puesta en libertad, por parte del Gobierno, de cerca de 3.000 presos el pasado 23 de diciembre supone un nuevo paso adelante en la larga y compleja transición política que vive el país, y que, se puede decir, comenzó en 1998, con la histórica visita de Juan Pablo II y su petición de apertura al régimen, con aquel célebre: “Que Cuba se abra al mundo, que el mundo se abra a Cuba”. Una nueva muestra de los vientos de cambio que soplan pudo verse el pasado 7 de enero, cuando después de tres años de preparativos, los obispos inauguraron un Año Jubilar Mariano, conmemorativo de los 400 años del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la isla. En esa eucaristía, a la que asistió una nutrida representación de autoridades, el arzobispo de Santiago de Cuba y presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Dionisio García, lanzó un nuevo llamamiento a la concordia y al hermanamiento de todos los cubanos: los de dentro y los de fuera. El prelado pidió también “gestos” que vayan más allá de “los buenos propósitos y palabras” y que hagan realidad ese “deseo de ser hermanos”. En Miami, como es sabido, viven cerca de un millón de cubanos.
Este es el contexto en el que llega el Día de Hispanoamérica 2012, una Jornada que urge a recobrar el fervor espiritual e intensificar el compromiso misionero, y en la que el pasado año se recaudaron 111.578 euros. Este llamamiento, sin duda, estará también presente en otra gran cita que ya se vislumbra en un horizonte no muy lejano: la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro 2013. Otro importante evento para el futuro eclesial del continente hermano, “el continente de la esperanza”.
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