Campaña de Manos Unidas 2012

SALUD MUNDIAL: diagnóstico reservado

 

   

El desafío es tan sencillo de formular como complejo de llevar a cabo: limitar la incidencia del VIH, la malaria y otras enfermedades. La comunidad internacional viene reaccionando con firmeza para alcanzar el sexto Objetivo del Milenio. Sin embargo, a pesar de los avances realizados en investigación y en el acceso a los tratamientos, son muchos los baches que quedan por allanar, desde la falta de coordinación entre los agentes implicados, a la reducción de presupuesto por la crisis, pasando por el desapego de la industria farmacéutica o las barreras económicas para el acceso a las medicinas.

 

Por José Beltrán

 

 

La desigualdad establece la diferencia entre la vida y la muerte, en la medida en que determina la educación, las condiciones laborales o el acceso a los servicios básicos de las poblaciones. Con esta contundencia se pronuncia la Organización Mundial de la Salud (OMS) al analizar los factores sociales determinados por el acceso o no a una vacuna, a un tratamiento básico contra la gripe o a un retroviral. Es sobre esta dicotomía sobre la que invita a reflexionar la 53.ª campaña de Manos Unidas, bajo el lema “La salud, derecho de todos: ¡actúa!”.

Apenas quedan tres años para evaluar los Objetivos de Desarrollo del Milenio marcados por la ONU, y esta ONGD de la Iglesia busca invitar a la reflexión sobre las dificultades que entraña el sexto de estos retos planetarios: “Combatir el sida, la malaria y otras enfermedades”. Planteado de forma genérica, más bien parece una utopía, al igual que los otros dos compromisos que abordan el acceso universal a la sanidad: mejorar la salud materna y reducir la mortalidad infantil –este último centró los esfuerzos del pasado año en Manos Unidas–. Para hacerse una idea de lo que queda por realizar, baste reflexionar sobre el dato que aporta Save The Children: en torno a 40 millones de niños que viven en países como Bangladesh, Haití o Ruanda nacen en lo que vienen a llamar “desiertos de atención sanitaria”, en los que resulta imposible que reciban tratamiento alguno, por ejemplo, para evitar las diarreas.

No obstante, también hay hueco para la esperanza. El número absoluto de casos de tuberculosis ha venido disminuyendo desde 2006 –en 2010 se detectaron 8,8 millones de casos–, así como las defunciones anuales, siendo China el país que más ha avanzado en este sentido, reduciéndose la mortalidad a la mitad en la última década. La meta marcada en este sentido por la Alianza Alto a la Tuberculosis –estrategia creada por la OMS para acabar con esta enfermedad–, que esperaba reducir a la mitad las tasas de mortalidad en 2015 con respecto a 1990, estaría cerca de cumplirse, salvo en el continente negro, en todo el planeta.

Así se palpa en Filipinas, país prioritario de la Cooperación Española en Asia, junto con Vietnam, que ya ha cumplido el objetivo previsto para la tasa de detección de casos de esta enfermedad. “La tuberculosis es de las enfermedades más comunes que se padece en la zona de Camarines Sur. Ciertamente, el Gobierno es consciente y está luchando en su contra. Sin embargo, uno de los principales problemas que encontramos es la inexistencia de un servicio público gratuito de salud y de un acceso factible a las medicinas necesarias para su tratamiento. Al ser Camarines Sur una de las zonas más pobres de Filipinas, sus habitantes se encuentran frente a una gran dificultad para adquirir los medicamentos necesarios para su tratamiento y su cura”, explica la tinerfeña Laura Hernández Pérez, cooperante en esta región filipina de la ONGD Fundación de Religiosos para la Salud (FRS), creada en 2008 por las congregaciones españolas que trabajan en el campo sanitario.

Coordinadora del Convenio que FRS tiene suscrito con la Agencia Española de Cooperación de la mano de las Siervas de María Ministras de los Enfermos, Laura Hernández está al frente de un proyecto integral desarrollado en una de las zonas más pobres del país y que incluye, entre otras iniciativas, desde la construcción de un centro de salud hasta la rehabilitación de sistemas de agua, sin olvidar una labor educativa que pasa por la formación de matronas y enfermeras y por campañas de sensibilización de la población en materia de saneamiento, nutrición...

Desde esta realidad, Laura recuerda que la mayor debilidad sanitaria del archipiélago “es que no se trata de un servicio público totalmente gratuito. Si únicamente los y las habitantes necesitan visitar a un agente de salud o a un profesional de la medicina, estos servicios no hay que abonarlos; el principal problema al que se enfrentan es el acceso a los medicamentos, que no son gratuitos ni tienen ‘descuentos’. Si la enfermedad prevé la hospitalización del paciente, la ‘Seguridad Social’ filipina, denominada PhilHealth, consiste en un método de copago de los servicios sanitarios, en el caso en que la persona haya suscrito contrato laboral”. De ahí la impagable labor de los voluntarios con los que cuenta allí la Fundación. “En total, hemos reunido, desde hace poco más de un año, a 675 voluntarias y voluntarios en la localidad de Lagonoy, personas que prestan servicios gratuitos a sus comunidades, a sus barangays –es el término filipino para designar a los barrios–, en cuestiones de salud. Son muy activos, ha sido sorprendente su colaboración y la facilidad que encontramos al iniciar el proyecto”, agradece la cooperante.

 

Plan de acción global

Si la globalización se cuela por cada uno de los rincones de la vida cotidiana, en materia sanitaria ha traído consigo el término “plan global”. Al margen de las realidades concretas y especificidades de cada país y región, los principales retos se han tornado en comunes a los diversos continentes y se entrelazan con otros datos preocupantes, como el incremento en los niveles de desnutrición, los movimientos migratorios incontrolados, la falta de compromiso de la industria farmacéutica, la dificultad de acceso a zonas de conflicto... Todo ello exige establecer acciones conjuntas de todos los agentes involucrados, para economizar esfuerzos y operar en una misma línea en determinadas regiones en cuanto a prevención, diagnóstico y tratamiento. A este desafío hay que unir otro nuevo, también propio del mundo globalizado: el trasvase de enfermedades. Y no solo de Sur a Norte, como se suele pensar. Las potencias emergentes sustituyen las malarias por dolencias del mundo desarrollado, como el cáncer, la diabetes y los ataques al corazón.

En cualquier caso, en los últimos años se ha producido una mejora exponencial de los recursos destinados a la promoción de la salud, gracias al trabajo en común de Gobiernos, organismos internacionales, ONG y fundaciones privadas. Tanto es así que la ayuda sanitaria superó entre todos los 25.000 millones de dólares, el triple de los fondos de que se disponía en 1998. Pero ni lo países donantes han llegado al 0,7 del PIB en ayudas, ni los países de África han destinado el 15% de sus presupuestos a la salud. En este tiempo se han creado diversas instituciones que se han convertido en motor de esta lucha, entre las que destacan el Fondo Global contra el sida, la malaria y la tuberculosis, la Alianza Gavi o la Fundación Bill y Melinda Gates. Solo la entidad creada por el genio de Microsoft ha financiado un programa de salud global cuyo coste superaba el presupuesto total de la OMS para un año. El aumento de los programas y mecenas ha traído consigo, sin embargo, cierta falta de coordinación a la hora de plantear los proyectos, con los consiguientes errores en la distribución de recursos, como ha denunciado la prestigiosa revista científica The Lancet. Esto se palpa, por ejemplo, cuando llega la temporada de lluvias y el reparto de las mosquiteras exige actuar con rapidez, sin duplicar esfuerzos en las mismas zonas y dejar otras sin cubrir, para evitar que la malaria y el dengue se propaguen. O la falta de capacidad de reacción cuando una partida de medicamentos está a punto de caducar y no sé sabe cómo distribuirlos de inmediato para que no se pierdan.

A pesar de estas lagunas por cubrir, la OMS se mantiene –y, en opinión de los expertos, tiene que seguir ahí– como entidad que   coordina todos estos trabajos entre los actores en la llamada política global sanitaria. “Cada euro invertido en salvar vidas, cuenta”, explica el director del Laboratorio de Ideas del Instituto Salud Global de Barcelona, Rafael Vilasanjuan, quien subraya que “en tiempos de crisis, cuando los recursos son más escasos, es necesario recordar que el gasto para mejorar la salud mundial y promover el desarrollo de poblaciones sometidas a una pobreza extrema sigue siendo la mejor inversión en términos de estabilidad y de seguridad”.

En cualquier caso, aunque la esperanza de vida en los países pobres y en vías de desarrollo ha aumentado una media de cinco años por década durante los últimos cuarenta años, este ritmo parece insuficiente cuando se trabaja a pie de sanatorio. Así lo ve la doctora Nines Lima, referente para enfermedades tropicales de Médicos Sin Fronteras. “En noviembre tuve la oportunidad de visitar la República Centroafricana para apoyar un programa de lucha contra el paludismo, y la realidad es que se han quedado sin fondos para seguir trabajando”, comenta sobre la recesión, si bien se muestra prudente a la hora de valorar si se completarán los objetivos marcados por la ONU.

“El problema es que, si bien en referencia al sida los recursos se han repartido de forma ordenada, el Fondo Mundial no se ha manifestado de la misma manera con la malaria. De hecho, los documentos más recientes abordan el asunto con cierta ambigüedad y se corre el peligro de que esto se convierta en una mera lucha de poder distribuir los recursos”, explica, sabedora de que el tratamiento dura tres días y no tiene complejidad en su administración. Gracias a los esfuerzos hechos en abaratar los costes de estos fármacos, entre 2000 y 2010, en 43 de los 99 países con transmisión, se ha registrado una reducción de los casos de paludismo de más del 50%, situándose en 216 millones de casos, el 81% en África. “Bastaría con un trabajo orientado a las mujeres embarazadas, a la mejora de la distribución de las mosquiteras y, sobre todo, a realizar buenos diagnósticos de los casos para discriminar lo que verdaderamente es malaria de lo que no, para avanzar de una manera clave en este ámbito”. Por esa situación atraviesa estas semanas Camboya. Después de las inundaciones que ha sufrido el país y que han afectado al 10% de la población, la OMS y el Gobierno pretenden llevar a cabo la mayor campaña de todo el continente asiático: 2,7 millones de mosquiteras tratadas con insecticida en más de 4.000 pueblos.

Frutos tangibles

Como apunta Nines Lima, en la lucha contra el sida se vislumbran más luces que sombras cuando se cumplen 30 años de que fuera diagnosticado el primer caso. El propio director de ONUSIDA, Michel Sidibé, recuerda que “hace tan solo unos años, parecía descabellado hablar sobre el fin de la epidemia a corto plazo. Sin embargo, la ciencia, el apoyo político y las respuestas comunitarias están empezando a dar frutos claros y tangibles”. El salto de convertirla en una enfermedad crónica y dejar atrás la alta tasa de mortalidad de la década de los 80 se ha dado. El número de personas que mueren por causas relacionadas con el     sida disminuyó a 1,8 millones en 2010, gracias a la ampliación del acceso al tratamiento.

Aun así, África continúa siendo el marco geográfico más afectado por el virus. En 2010, alrededor del 68% de todas las personas que vivían con el VIH residían en África subsahariana, región que representa solo el 12% de la población mundial. Entre las propuestas de ONUSIDA para trabajar en esta línea de avances, se encuentra favorecer las intervenciones dirigidas a grupos de población clave más expuestos –especialmente dentro de la prostitución, drogadictos y homosexuales–, circuncisión voluntaria en países con prevalencia alta del virus y programas de cambio de conducta. Por descontado, queda la urgencia de seguir invirtiendo en una vacuna preventiva, algo que resulta viable a la luz de las investigaciones más recientes. Así lo subrayan los resultados obtenidos por estudios como “Kesho Bora” –“Un futuro mejor”–, que certifica que, cuando las madres siguen una terapia triple de antirretrovíricos durante el embarazo y la lactancia, el riesgo de transmisión del virus se reduce prácticamente a la mitad en comparación con aquellas que solo toman dos medicamentos. Así en Botsuana, el porcentaje de hijos de madres seropositivas que nació con el VIH descendió del 21% en 2003 al 4% en 2010.

La Iglesia puede presumir de estar detrás de parte de esos avances. Según datos de la Santa Sede, gracias a sus instituciones en el mundo entero, provee el 25% de la atención total que se da a las víctimas de sida, desde asistencia psicológica hasta tratamiento hospitalario, pasando por la atención a domicilio y en prisiones a los enfermos. Bien lo sabe la religiosa irlandesa Miriam Duggan, perteneciente a la congregación de las Misioneras Franciscanas de África, premiada, desde la Universidad de Harvard al Holy Cross College de los Estados Unidos, por su trabajo en la lucha contra el sida. Durante 30 años ha trabajado en Uganda como directora médica del Hospital de San Francisco, Nsambya, Kampala, y es la artífice de “Youth Alive”, un programa con más de dos décadas a sus espaldas, centrado en la atención y formación de los jóvenes con respecto al sida. Uno de sus principales puntos de partida es tomar la abstinencia como bandera. “Todavía hay algunas personas que no creen en nuestro trabajo de formación y concienciación, pero no pueden desmontar la evidencia de lo que ya hemos logrado”, señala esta misionera.

La OMS también ha respaldado recientemente la labor de la Iglesia al apuntar, como “la mejor práctica” de las realizadas en este campo, a la iniciativa “Dream Project”, capitaneada a la par por las Hijas de la Caridad y la Comunidad de San Egidio. Nacida en 2002 en Mozambique para prevenir la transmisión del virus de madre a hijo, más de un millón de personas se han beneficiado de ella en diez países diferentes.  

 

 

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