COREA DEL NORTE: Tras la muerte de su lider Kim Jong Il


EL ETERNO ENIGMA

 

   

Corea del Norte, un país aislado cuyos habitantes sufren décadas de dictadura y militarismo desenfrenado, perdió hace poco a su dictador Kim Jong Il. Le ha sucedido su hijo, quien resulta un enigma difícil de resolver. Muchos temen que el joven e inexperto dirigente pueda embarcarse en peligrosas aventuras, que pongan aún más en peligro el delicado equilibrio que vive  esta zona de Asia desde hace décadas.

 

Por José Carlos Rodríguez

 

 

Cuando el pasado 17 de diciembre las imágenes de multitudes llorando desesperadamente al desaparecido líder norcorerano Kim Jong Il dieron la vuelta al mundo, la pregunta era inevitable: ¿es posible que haya gente que se hunda en la pena más amarga por la muerte de un dictador? Allí estaban, sin embargo, aquellos hombres y mujeres rasgándose sus vestidos en homenaje a quien durante diecisiete años mantuvo a su pueblo en un estado de absoluto aislamiento, pobreza y adoctrinamiento como no se ha visto en ningún otro lugar en el mundo moderno.

A las declaraciones de la agencia de noticias estatal, asegurando que “incluso el cielo lloró de pena” ante la muerte del “gran santo nacido de lo alto”, solo se les podía encontrar paralelismo remontándose a la desaparición, en 1994, del anterior presidente, su padre, Kim Il Sung, llamado el “Gran Líder”, cuya estatua de bronce de 18 metros domina Pyongyang, y del que muchos norcoreanos creen que no ha podido partir de este mundo, porque era inmortal.

Inmortal o no, Kim Il Sung, el padre revolucionario de la nación, tuvo la fortuna de desaparecer del mapa muy poco antes de que una hambruna sin precedentes acabara con un millón de norcoreanos. Mientras esto sucedía, el nuevo presidente –tan llorado por sus súbditos hace poco– dedicaba enormes recursos del tesoro público a satisfacer sus sueños de contar con armas nucleares con las que chantajear al mundo exterior. China, el único país que tiene alguna influencia en Corea del Norte, intentó en vano, durante muchos años, convencer a Kim Il Sung de que aceptara iniciar reformas similares a las emprendidas por Pekín.

Podría pensarse que poco va a cambiar Corea del Norte, gobernada siempre por la misma familia. Y si algo hay que varíe, es posible que el nuevo dirigente, Kim Jong Un, hijo del anterior, dé lugar a que las cosas empeoren aún mas. Cuando su padre alcanzó el poder en 1994, tenía 53 años y llevaba 14 preparándose para tomar las riendas del país. El de ahora tiene 28 años, fue nombrado sucesor en septiembre de 2010 y carece de toda experiencia política y militar. Y, según se comenta en Corea del Sur, aterrizó en su cargo por casualidad, después de que los servicios de inteligencia cogieran in fraganti a su hermano mayor, Kim Jong Nam, intentando entrar en Japón para visitar el Disneylandia de Tokio, tras lo cual emigró a Macao, donde, desde entonces, se ha dedicado a vivir de las apuestas en los casinos.

Semejante saga familiar, que raya en lo grotesco, se completa con una camarilla en la sombra, que ejerce el verdadero poder y que está formada por la hermana menor de Kim Jong Il –por lo tanto, tía del sucesor– Kim Kyong Hui, actualmente ministra de Industria, y su marido Jang Song Taek, quien ocupa un importante cargo en el Ministerio de Defensa. El hombre más poderoso del ejército, el general Ri Yong Ho, completa esta troika que rige los destinos de uno de los países mas extraños del mundo.

 

Una historia de conflicto

Pocos lugares como la península coreana han sufrido tanto los vaivenes de la geoestrategia internacional. Al término de la guerra entre Japón y Rusia, en 1905, fue anexionada por el Imperio del Sol Naciente y, cuando este fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, el territorio se dividió en dos zonas: el norte, ocupado por la Unión Soviética, y el sur, bajo influencia norteamericana, por debajo del paralelo 38. En 1948 cada una de estas partes creó su propio Gobierno, ambos con pretensiones de ejercer la soberanía sobre toda la península. La tensión estalló en 1950, con la Guerra de Corea, el primer gran choque armado de la Guerra Fría y un conflicto en el que los dos grandes poderes enfrentados –Estados Unidos y la Unión Sovietica (y más tarde, China)– utilizaron un tercer país como campo de batalla que sufrió los efectos de la destrucción. Hasta aquella fecha, la tensión entre las superpotencias se había limitado a Europa. Durante los tres años de duración de esta guerra, murieron más de dos millones de personas. Corea del Norte y Corea del Sur, a pesar de algunos intentos de acercamiento, siguen hoy, sobre el papel, en estado de guerra, ya que, desde que oficialmente acabó el conflicto en 1953, nunca han llegado a firmar un tratado de paz.

Los intentos de rebajar la tensión durante la última década no han sido muy esperanzadores, sobre todo, después de que Pyongyang anunciara sus intenciones de embarcarse en un programa de enriquecimiento de uranio. En 2002 George Bush etiquetó a Corea del Norte como parte del “eje del mal” y “baluarte de la tiranía”. Hasta ahora los dos países no tienen relaciones diplomáticas y los contactos a alto nivel han sido más bien esporádicos: en el año 2000 la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright, realizó una rápida visita a Pyongyang, y en agosto de 2009 el ex presidente Bill Clinton se encontró con Kim Jong Il para pedirle que liberara a dos periodistas norteamericanos que habían entrado ilegalmente en el   país. La posición de Barack Obama ha seguido las pautas de su política conocida como “paciencia estratégica”, haciendo todo lo posible por mantener la calma frente a provocaciones y, al mismo tiempo, evitando llegar a acuerdos con el régimen norcoreano.

Recientemente, ha habido una serie de incidentes preocupantes que comenzaron el 23 de noviembre de 2010, cuando Corea del Norte lanzó un ataque de artillería contra la isla de Yeonpyeong, en Corea del Sur, como respuesta a unas maniobras militares en aguas al sur de la isla que son objeto de una disputa internacional entre ambos países. Murieron dos marines estadounidenses y dos civiles. El ejército surcorerano respondió con un contraataque de consecuencias desconocidas. Y el régimen de Pyongyang continuó con su comportamiento agresivo, con el hundimiento, poco después, de un barco; un ataque que causó 46 muertos.

 

Militarización que no cesa

Estos problemas de seguridad dan la señal de que el régimen que gobierna Corea del Norte es impredecible y agresivo, sobre todo por su fuerte militarización, llevada a cabo por un régimen que desconfía de todo el mundo exterior. Cuenta con un ejército de un millón de soldados, una cifra que, para un país de 24 millones de habitantes, resulta desproporcionada. Tiene un arsenal de armas nucleares, modesto, pero suficiente como para causar amenazas serias de seguridad, y misiles que apuntan directamente a Corea del Sur y Japón. Lo que más preocupa tras la muerte de Kim Jong Il es una situación en la que su joven sucesor quisiera demostrar su fuerza con nuevos ataques militares, algo que elevaría mucho la tensión en la zona y conduciría a situaciones muy peligrosas.

Lo que parece más improbable es una posible reforma política y apertura económica al estilo chino, quizás acompañadas de una distensión con su vecino del sur y con Estados Unidos. Para una persona con un cabal sentido de la realidad esto sería lo más deseable, aunque solo sea por constatar que Corea del Norte es hoy un país más pobre, aislado e inseguro que hace 16 años, y que, de seguir por ahí, no se llegará a ningún buen puerto. Pero, aunque este escenario sería el más optimista, no parece que de momento sea el más probable.

¿Podría producirse un cambio desde dentro? Es muy difícil imaginar una situación así en un país en el que sus habitantes no tienen acceso a información independiente, viven en un ambiente en el que sus vecinos les espían, apenas comen maíz una vez al día y temen lo que puede ocurrir a sus familiares si se atreven a salirse de la línea oficial.

Este sistema se sostiene con una educación única en la que se inculca a los niños la idea de la superioridad de su raza, la maldad inherente a los americanos y japoneses, y la necesidad de un líder que los guíe y proteja. Esta es la base de la aceptación del juche (palabra que podría traducirse por “autosuficiencia” o “autarquía”), el único pilar ideológico del régimen. No hay otros puntos de referencia para comparar, porque en el país solo se puede ver la televisión oficial y escuchar la radio del régimen, no hay acceso a Internet y no se pueden utilizar los teléfonos móviles. Solo los pocos que viven cerca de la frontera con China pueden utilizar tarjetas SIM chinas para hablar con amigos y familiares en Corea del Sur –país con una economía 30 veces más fuerte que la de su vecino del norte– y ver DVDs que muestran cómo es la vida en otros países. Este aislamiento se completa con la falta de información que el resto del mundo tiene sobre Corea del Norte. Los pocos periodistas extranjeros que han podido entrar cuentan siempre lo mismo: que no se les permite salir solos del hotel y que los funcionarios del Ministerio de Información, que se convierten en su sombra las 24 horas del día, como mucho les llevan a ver espectáculos de ballet o a visitar guarderías infantiles.

Lo que la propaganda oficial no ha podido evitar es que se conozca la enorme fragilidad de la economía de Corea del Norte. La tasa oficial de cambio es de 15 won por un yuan chino; sin embargo, en la práctica, lo que opera en el mercado de divisas es el mercado negro, donde en noviembre del año pasado se cambiaba un yuan por 340 won. Un salario medio en el país oscila entre los 3.000 y los 6.000 won. Esta falta de valor real del dinero explica por qué una gran parte de los norcoreanos sufren problemas serios de desnutrición. La razón por la que China intentó convencer al anterior dirigente de que emprendiera reformas económicas tenía mucho más que ver con el miedo a una entrada masiva de inmigrantes norcoreanos pobres en su territorio que con una sincera preocupación por el sufrimiento de sus vecinos.

Los que conocen esta delicada realidad solo tienen un deseo: que, por lo menos, la situación –de inseguridad, de pobreza, de falta de libertades– no empeore aún más en los próximos años. Por el bien de Corea del Norte y por el de las naciones de su entorno.  

 

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