Movilización contra la crisis

   

Con la que está cayendo, parece que esperamos, como agua de mayo, que los responsables de nuestras Iglesias digan algo sobre la crisis que estamos viviendo. Pecamos, por ello, de cierto egoísmo, al acordarnos de Santa Bárbara solo cuando truena sobre nuestras cabezas, y al olvidar que los recortes y las medidas de austeridad que ahora nos aplican a nosotros, se vienen exigiendo, desde hace tiempo y con más dureza, a las sufridas gentes de los llamados países en vías de desarrollo. La primera lección que debemos aprender de la situación que estamos padeciendo –y ojalá se llegara a sacar esto como consecuencia– es que, ahora y cuando salgamos de esta crisis, no nos olvidemos de los que continúen sumergidos en ella: los 3.500 millones de personas que se encuentran en la pobreza, los 1.200 millones que sobreviven con menos de un dólar al día, los 1.000 millones que pasan hambre, los 800 millones que no pueden ir a clase...

Y hablaron nuestros pastores, los esperadas voces de los encargdos de guiar a la comunidad de católicos. Y lo hicieron con palabras que nos suenan a nuevas, aun cuando vienen a proclamar enseñanzas ya dichas y a las que no hemos hecho caso, por considerar que no iban con nosotros.

De hecho, cuando el papa Benedicto XVI ha hablado sobre la crisis mundial, no únicamente la nuestra, nos ha “recordado” algo que deberíamos saber: que para afrontarla hace falta que los Estados promuevan leyes sociales que “no acrecienten las desigualdades y permitan que cada persona viva de forma digna”. Porque cuando la miseria coexiste con la gran riqueza, de la multiplicación de las necesidades y del consumo desaforado nace la injusticia, para enquistarse en el tejido social. “Por eso –ha advertido el Papa–, tener en cuenta a las personas que hay que ayudar, antes que la carencia que hay que colmar, significa devolverles el papel de protagonistas sociales, y permitirles que dispongan mejor de su futuro para ocupar el lugar que les corresponde en la sociedad”.

Las grandes autoridades monetarias mundiales se preocupan mucho de sanear las cifras macroenómicas, sin importarles tanto que se rompa ese tejido social de un país o que la dignidad de la mayoría de sus ciudadanos quede pisoteada en tal proceso de saneamiento. Lo ha recordado con contundencia otra voz de la Iglesia, la del cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa y presidente de Cáritas Internacional: “Cualquier sistema económico que no tenga por centro a la persona humana se equivoca, porque utiliza como medios lo que deberían ser fines”. “La economía –ha añadido– padece de una mala definición de ‘ser humano’ y de una mala concepción de ‘humanidad’; buscarle solo soluciones económicas a la crisis es elegir un falso método, un falso camino”. Lo proclamó ya la constitución pastoral Gaudium et spes: “El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene”.

A ver si esta vez nos quedamos con la lección y, como ha indicado Benedicto XVI, “la constatación del gran sufrimiento provocado en el mundo por la pobreza y la miseria, tanto materiales como espirituales”, nos lleva “a una nueva movilización para afrontar, con justicia y solidaridad, todo lo que amenaza al ser humano, a la sociedad y al medio ambiente”.

 

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