Un año después de las Primavera Árabe

CRISTIANOS EN EL MUNDO ÁRABE

 

   

El pasado 9 de mayo tuvo lugar en Bruselas el  seminario "Cristianos en el Mundo Árabe: un año después de las Primaveras Árabes", organizado conjuntamente por los grupos políticos EPP, cristiano-demócrata, y ECR, conservador y reformista, del Parlamento Europeo y la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE). Participaban también en este seminario varias organizaciones internacionales de renombre, como Ayuda a la Iglesia Necesitada, Open Doors International y Pew Forum on Religion and Public Life.

 

Por Agustín Artecha Gorostegui
Misionero de África

 

 

 

Como no podía ser de otro modo, a la cita no faltaron representantes de los cristianos de los países árabes, auténticos testigos sufrientes de lo que allí viene aconteciendo. Entre ellos se encontraban monseñor Samir Nassar, arzobispo maronita de Damasco; Dimyanos Kattar, ex ministro de Finanzas del Líbano; monseñor Youssef Soueif, arzobispo maronita de Chipre; y el franciscano Pierbattista Pizzaballa, custodio de Tierra Santa.

El seminario se situaba de alguna manera en continuidad con el que tuvo lugar en 2010, sobre la persecución que sufren los cristianos en diferentes partes del mundo, incluido el Medio Oriente. En esta ocasión, no se trataba de persecuciones propiamente dichas, aunque de hecho las haya, sino más bien de hacer un balance realista de la situación en esta zona del mundo, un año después de los acontecimientos políticos que dieron inicio a las Primaveras Árabes hace un año.

No está de más saludar el gesto de solidaridad mostrado por algunos partidos políticos europeos hacia la situación dolorosa por la que atraviesan los cristianos de los países árabes, víctimas de la intolerancia. Los derechos humanos no tienen identidad religiosa. Pertenecen a la persona humana, hombre o mujer, ya sea esta cristiana, musulmana o atea. Vale este saludo a los políticos que han participado en este seminario, porque no suele ser habitual que grupos parlamentarios europeos muestren interés por los abusos que se cometen contra el derecho a la libertad religiosa, cuando las personas que la reivindican llevan un nombre cristiano. 

De la esperanza a la confusión

Cuando empezaron las revoluciones árabes en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, renació la esperanza de un bienestar mayor para las minorías cristianas de todos los países de Medio Oriente, incluso en aquellos Estados –Líbano, por ejemplo– que no se vieron afectados por ellas. El discurso generalizado hablaba de democracia, derechos humanos, libertades fundamentales, derecho a la libertad religiosa, independencia de poderes religiosos y civiles, abolición de la sharia, laicidad, etc.

Esta esperanza se hizo más fuerte cuando el rector de la Universidad de El-Azhar, Ahmad Muhammad at-Tayyeb, seguramente la voz más autorizada del sunnismo en el mundo musulmán, saludó el advenimiento de la revolución egipcia como un momento crucial para fijar de una manera más adecuada las relaciones que deben existir entre la ley islámica y los derechos individuales en la sociedad. Pedía a los teólogos musulmanes que se esforzaran en definir mejor los lazos entre los principios generales de la ley islámica y el sistema de libertades individuales sobre el que descansan los tratados internacionales, para garantizar el progreso y abrir horizontes futuros. Y señalaba concretamente cinco derechos: “libertad de religión, libertad de opinión y de expresión, libertad de investigación científica y libertad de creatividad artística y literaria”.

Para los que hemos vivido en una sociedad mayoritariamente musulmana, estas afirmaciones representan un progreso enorme con respecto al discurso tradicional del islam. Es incluso novedoso, pese a que Muhammad at-Tayyeb no hable o, acaso no se atreva a hablar, del derecho a cambiar de religión, algo que nadie osa tocar, a causa de sus implicaciones teológicas, sociales y políticas, como son: el estatuto personal, la herencia, la libre elección de un cónyuge y la posibilidad de acceso a cargos públicos, una opción denegada hasta el presente a los cristianos en los países musulmanes.

La situación de los países árabes, un año después de los acontecimientos, es cada vez más confusa y complicada. Una cosa es el discurso de los políticos, y otra, la    realidad cotidiana. El tiempo ha desfigurado el sentido de las revoluciones. Los cambios fundamentales no se realizan. Entran en juego multitud de factores y circunstancias inextricables. Las divergencias entre sunníes y chiíes se acentúan. La realidad difiere de un país a otro. En Egipto, por ejemplo, los militares se atribuyen el papel de árbitros entre los diferentes partidos que se presentan a las elecciones. Por lo que se refiere a Siria, el caos generado por la guerra abierta entre el Gobierno de Bashar Al-Assad y la oposición ha permitido actividades paralelas y agresoras de grupúsculos salafistas y yihadistas minoritarios, hostiles a los cristianos y a otras minorías religiosas, provocando asesinatos y expolios impunes y sin término. El caso de Siria es el más dramático, ya que la opción de los cristianos, apoyando al Gobierno del dictador Bashar Al-Assad, puede tener consecuencias terribles para el futuro. Muchos han elegido marcharse. Líbano, en cambio, a pesar de las fragilidades políticas inherentes al contexto regional, es un ejemplo de convivencia para todo el Oriente Medio. Dimyanos Kattar, ex ministro de Finanzas de este país, traía a colación durante el seminario modelos de buenas relaciones mutuas. Decía, por ejemplo, que “el Parlamento libanés está compuesto de una mitad de diputados musulmanes y otra de cristianos”. Y añadía que “el 65% de los impuestos se recauda entre los cristianos”. 

Las elecciones matan la revolución

La realidad política se juega en la calle y en el tiempo. Vinieron las elecciones y se acabó la revolución. En el juego político y partidista se olvidaron los ideales de dignidad, libertad y democracia. Ganaba el interés ideológico y de partido, y perdían los ciudadanos y el bien común de la nación. El cambio revolucionario fue promovido por jóvenes idealistas que querían la igualdad de derechos para todos los ciudadanos; consiguieron derrocar a sus dictadores, pero las elecciones muestran que la mayoría de los ciudadanos desea todavía el triunfo de los partidos islamistas, que hacen de la moral religiosa su ideario político. Hablan sin duda de democracia y respeto de las minorías religiosas, pero hasta cierto punto. La sharia islámica es cosa sagrada. Hay una cierta evolución en las mentalidades, pero es todavía muy lenta.

Los cristianos no tienen tiempo ni fuerzas para esperar mejores tiempos. Hay un hecho indudable: el éxodo de los cristianos continúa y se acelera. Los cristianos han optado masivamente por el exilio hacia destinos más confortables y seguros. En Oriente Medio, el número de cristianos disminuye a marchas forzadas. Es difícil vivir en la incertidumbre, con el miedo metido en el cuerpo: miedo por el futuro, miedo a la realidad de un estatuto jurídico injusto, miedo a la violencia y a la muerte... 

Y Europa

El discurso de los participantes en el seminario se ubicaba en el trasfondo de estas situaciones. Sus afirmaciones eran, como era de esperar, realmente contundentes. Estas son algunas de las intervenciones más relevantes.

Jan Olbrycht, vicepresidente del grupo EPP y responsable de  Relaciones Interculturales, afirmó que “la Unión Europea, a la hora de cooperar y apoyar a los movimientos democráticos, condicionaría su implicación al respeto a las reglas democráticas, tales como la libertad religiosa”.  

Joe Vella Gauci, de la COMECE, analizó la situación con realismo y esperanza: “La Iglesia de Oriente ha coexistido con el islam durante catorce siglos. Hoy, como en el pasado, las dificultades y retos están a menudo ligados a problemas políticos y al conflicto Este-Oeste. La llamada Primavera Árabe en los países del Magreb y Mashreq a principios de 2011 debe ser considerada como uno de los giros históricos más cruciales y cambio de paradigma del siglo XXI. Los acontecimientos de los que la región ha sido testigo son muy significativos e indicativos. En el contexto de estas revoluciones árabes, los jóvenes han clamado por la libertad, la igualdad, el derecho al trabajo y los derechos ciudadanos, y por la dignidad de la persona humana. Desean experimentar cómo vivir con decoro en sus respectivos países, en paz y prosperidad”. Pero Joe Vella lamentaba asimismo que “los propósitos citados son ocasionalmente superados por incidentes bárbaros cometidos por individuos de diferentes creencias políticas y religiosas. En consecuencia, el camino que lleva al logro de la verdadera democracia se hace borroso. El objetivo fundamental debería ser: respeto a todos los ciudadanos, eliminación de sociedades paralelas, respeto a las diversas comunidades y culturas, y creación de sistemas sociopolíticos capaces de salvaguardar los derechos humanos y los valores democráticos”.

Konrad Szymanski, eurodiputado del grupo ECR, se mostró pesimista. “La democratización de Oriente Medio –señaló– no ha   traído alivio a las personas que viven allí; es una verdad muy amarga, un año después de la primavera árabe. Si la Unión Europea quiere mantener su credibilidad como valedora de los derechos humanos, debe tomar una posición clara en defensa de los cristianos en Oriente Medio. Exigiremos una respuesta a todo acto de discriminación, y esperamos que este problema esté siempre presente en los debates políticos o comerciales entre la UE y el mundo árabe”.

Y, por último, el padre blanco Miguel Larburu, que ha vivido cuatro décadas en Argelia y que conoce bien la situación del mundo árabe, indica que “Europa necesita fundamentalmente credibilidad, tanto en cuestiones económicas como en cuestiones religiosas. Debe comenzar por barrer delante de su puerta antes de dar lecciones. Europa está lejos de haber llegado a un equilibrio en temas de secularización, laicidad y religiosidad. En el fondo, el debate debería centrarse en el sentido de la vida; en un proyecto para la humanidad. Esta claro hoy en día que la Iglesia no tiene el monopolio de esta cuestión. Es hora de aunar sensibilidades éticas, económicas, sociales, religiosas o humanistas, si se quiere”. Como decía el ex ministro del Líbano, Dimyanos Kattar, “lo que estos países nos piden a los europeos es que nos pongamos a crear conciencia, no a buscar soluciones. La Unión europea tiene que jugar un papel de diálogo político. Esta es su primera misión, sobre todo en estos momentos en los que se están redactando las Constituciones de diferentes países y en las cuales debería tener un lugar primordial la libertad religiosa dentro del marco de respeto que se debe a las minorías. Las bases para un nuevo orden político y social deberían ser los valores universales que respaldan la consideración por la gente y sus legítimos derechos”.

El destino histórico de los cristianos en Oriente Medio ha estado unido al dolor y al sufrimiento. El drama continúa. Unos se van, otros se quedan. No por ello los cristianos han abandonado su fe. La paciencia ha sido su virtud secular, en el marco de una sociedad islámica cuya ley les ha mantenido en un estatuto de segunda categoría. Es normal que pidan justicia y luchen por una sociedad más equitativa, que garantice sus derechos fundamentales y les permita vivir en paz dentro de sus propios países de origen. Su futuro es complicado. Los apoyos políticos que pueda dar Europa para promover la paz, la justicia y la libertad serán, sin duda, bien recibidos.

 

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