Yihadismo, la enfermedad del islam

   

El mundo del islam es un caos actualmente. Durante varias décadas, su discurso en muchas mezquitas, medios de comunicación y escuelas ha alimentado la violencia… Han criado serpientes venenosas, que ahora se vuelven contra ellos. ¿A qué viene este auge del yihadismo, que indigna a los propios musulmanes y que acaba también asesinándolos a miles?

Por Agustín Arteche

 

 

 

Es seguro que algún erudito en filología árabe haría observar que se está empleando de manera incorrecta la palabra “yihad”, cuyo sentido original nada o poco tiene que ver con la guerra o la violencia. Estando de acuerdo en ello, habría que hacer notar que, hoy por hoy, mal o bien empleada esta palabra, todo el mundo entiende que, cuando se habla de “yihad” y de “yihadismo”, nos estamos refiriendo a la violencia ejercida por los grupos armados que, en nombre del islam, tratan de imponer por la fuerza su proyecto político-religioso de instaurar una teocracia, basada en la sharia o ley islámica. El ejemplo más palpable lo tenemos en la proclamación del Estado Islámico (EI), o Daech, en árabe, el primer día del Ramadán de este año.

El nuevo Estado Islámico es la realización de una utopía, la vuelta a un pasado obsoleto, la negación de la modernidad, el maridaje de la religión y de la política, la dejación de la religión en manos de los políticos, el abandono de la espiritualidad, la puesta en marcha de una ideología que pretende regir la sociedad a base de moralismo puritano y de fanatismo, un proyecto que solo conduce a la exclusión y al rechazo del otro, al odio y a la crueldad inmisericorde. La guerra que están llevando a cabo en nombre del islam es, en suma, la perversión de los valores religiosos y la negación de los derechos humanos más fundamentales. No es algo inédito. Argelia en los años 90, Sudán, Somalia, Egipto, Nigeria, Irak, Siria... son un ejemplo de su manera de actuar. Allí donde consiguen instalarse, se reproduce el mismo esquema: aplicación a ultranza de la ley islámica, control de las conciencias individuales, falta de libertad de expresión, ejecuciones públicas, castigos corporales, ostracismo de la mujer y exclusión de las minorías, como es el caso de los chiíes, yazidíes, cristianos, judíos, kurdos y turcomanos, en estos momentos. Para ellos no hay leyes civiles ni internacionales. Así hay que entenderlo, a la hora de juzgar los últimos secuestros y asesinatos de periodistas y reporteros internacionales. El último ha sido el del montañero francés Hervé Gourdel, ocurrido el 24 de septiembre en Argelia.

Estas acciones bárbaras no hacen, precisamente, propaganda del islam. Es más bien motivo de tristeza. “El islam es una religión de paz”, dicen la mayoría de los musulmanes, condenando los crímenes cometidos en su nombre por los miembros de este nuevo califato. Y, sin embargo, tanto los violentos como los pacíficos se refieren a las mismas fuentes coránicas para reclamar ya sea la violencia, ya sea la paz. ¿Quién tiene razón?

 

Raíces históricas

La verdad es que el yihadismo violento que conocemos tiene raíces históricas y culturales muy lejanas. La yihad, en realidad, tiene mucho que ver con los orígenes de la religión musulmana. El islam nació en un contexto de rechazo social, de éxodo y de escaramuzas guerreras, emprendidas primero en vida del mismo Mahoma, y, luego, por sus sucesores. La conquista fulgurante del Magreb y del Medio Oriente es motivo de orgullo para los musulmanes. Los grupos islamistas no dudan en referirse a este pasado histórico.

Pero el yihadismo que ahora nos concierne tiene que ver, sobre todo, con los movimientos de reforma musulmana, nacidos a comienzos del siglo XIX y que se han desarrollado bajo diferentes formas hasta nuestros días. Uno de ellos –probablemente, el más influyente de todos– fue el iniciado por los Hermanos Musulmanes después de la Primera Guerra Mundial. El fundador de este movimiento, activo sobre todo en Egipto, Hassan al-Banna, fue un maestro de escuela que se inspiró en los escritos de Rashid Rida, otro reformista musulmán de comienzos del siglo pasado. La filosofía de los Hermanos Musulmanes, que en un principio solo pretendía el resurgir de la sociedad musulmana a través de una vuelta a la religión por métodos no violentos, ha sido el que más ha inspirado la acción de ideólogos como el egipcio Sayyid Qutb y el indio Abul A’la         al-Maududi,  cuyos  escritos, difundidos en todo el mundo, han sido el punto de partida de muchos de los movimientos radicales que conocemos: Al Qaeda, AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico), Ansar al Din, Al- Nosra, Ansar al-Sharia, MUYAO (Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África Occidental), Ansar al-Sunna, Boko Haram... Todos ellos tienen como objetivo apoderarse del poder para instaurar la sharia.

Todos estos movimientos generan en la comunidad musulmana una fuerza de atracción considerable, pero su auge en estos momentos es más bien circunstancial. Su desarrollo se sitúa dentro de la dinámica iniciada por las “primaveras árabes”, un proceso que comenzó en Túnez y que poco a poco se fue extendiendo, con mayor o menor éxito, a otros países: Libia, Egipto, Yemen y Siria. En este sentido, no se puede hablar sin más del fracaso de estas movilizaciones. No hay que minimizar el resultado de las “primaveras árabes”. Fue el grito de “basta ya” de unas sociedades hartas de la corrupción y abuso de poder de sus líderes. Cierto es que algunos esperaban más, acaso la implantación de una sociedad secular. Pero esto suponía olvidar el arraigo de la religión musulmana en todos estos países.

Se puede decir que en Túnez y en Egipto las “primaveras árabes” han servido para algo: en Egipto, para organizar las primeras elecciones democráticas; y en Túnez, para eliminar de la Constitución la referencia a la sharia. En cambio, han fracasado estrepitosamente en Libia y Siria. El caos es total en estos dos países. A la madeja de este desastre se añade ahora Irak. En esta nación se mezclan, como buen caldo de cultivo para el auge de la violencia, la secular lucha entre suníes y chiíes; las especulaciones de países como Irán, Arabia Saudí y Turquía; el intervencionismo poco clarividente de los países occidentales; las interferencias de Israel, China y Rusia; los intereses de las compañías petroleras; y, por último, el nacimiento del Estado Islámico, denostado por todo el mundo civilizado, pero cebo para jóvenes en búsqueda de ideales, de aventura y de martirio. El mundo del islam está cambiando, pero nadie se resigna a modelarlo en colaboración con los demás; en el diálogo, la confianza y el interés común. La mayoría ha optado por la violencia.

 

Eficaz propaganda

La propaganda islamista tiene múltiples caminos para abrirse paso y ser eficaz. Su presencia se hace notar en todo tipo de asociaciones, mezquitas, redes sociales y relaciones interpersonales. Su mensaje encuentra un eco favorable en todos aquellos que quieren la expansión del islam, pero, sobre todo, en personas que están en ruptura con la sociedad y la familia, jóvenes o adolescentes en crisis de identidad, idealistas en busca de algo que dé sentido a sus vidas o a su deseo de hacer algo por los demás. El modo de captación es la manipulación sectaria. Sus propagandistas tienen éxito. Su proyecto es atrayente: una causa noble. Ofrecen nada menos que el paraíso.

Las cifras de jóvenes que se dejan seducir por el espíritu de la guerra santa aumentan cada vez más. Se habla de un total de varios miles de jóvenes europeos y magrebíes. No sabemos el número de los que provienen de los países árabes, Pakistán e India. Las asociaciones chiíes de este último país cifran en 50.000 los voluntarios dispuestos a defender los lugares santos del chiismo.

 

Un monstruo nacido del islam

Abdennour Bidar, musulmán y filósofo francés, denuncia la situación creada por el Estado Islámico. Dice que se trata de “un monstruo, nacido del propio seno del islam; un monstruo nacido de sus desviaciones, sus contradicciones, sus tira y afloja entre el pasado y el presente, así como de su incapacidad para encontrar un sitio adecuado dentro de la civilización humana”. Así lo expresa en una “Carta abierta al mundo musulmán”. Afirma, además, que detrás de este monstruo se esconde un inmenso problema, una crisis de espiritualidad. El islam está enfermo, dice. Movimientos como Al Qaeda, Al-Nosra, AQMI y el Estado Islámico no son sino el síntoma visible de un inmenso cuerpo enfermo, cuyas deficiencias crónicas son su “incapacidad para establecer democracias duraderas, en donde se reconozca como derecho moral y político la libertad de conciencia y de religión; la repugnancia a mejorar la condición femenina en el sentido de la igualdad, de la responsabilidad y de la libertad; la dificultad de instaurar el respeto, la tolerancia y el reconocimiento del pluralismo religioso y de las minorías religiosas”.

En este mismo sentido, pero en un tono más moderado, se ha manifestado también un grupo de más de 110 personalidades musulmanas, judías y cristianas. En el documento, publicado recientemente, aceptan la parte que les corresponde en este estado de cosas, haciendo además una llamada al compromiso por un mundo y una sociedad más viable y fraterna. Dicen así: “Nuestro deber es ir más lejos; es decir, comprometernos todos, judíos, cristianos y musulmanes, allí donde vivimos, a trabajar en lo cotidiano como artesanos de paz y de justicia, para hacer recular el extremismo, la persecución y el desprecio hacia los demás”.

En esta hora en que se forjan las alianzas políticas para erradicar el Estado Islámico, se constata la amnesia que sufre el mundo occidental, quien olvida su responsabilidad histórica en el origen de los conflictos que sufre hoy Oriente Medio. Olvida también los fracasos de sus anteriores intervenciones bélicas. Olvida que antes apoyaron y dieron alas a los mismos movimientos que ahora pretenden liquidar. El poderío militar, agazapado en intereses geopolíticos y económicos, de los países occidentales, y las ambigüedades de Turquía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes darán al traste con el nuevo califato, pero dejarán sin resolver el fondo del asunto.

 

Los ingredientes del problema

 Los componentes del problema son también culturales y espirituales. La solución pasa por la educación. El déficit señalado por muchos observadores es el aislamiento que nace de un falso orgullo nacional y religioso. El fracaso de la vida social surge de una educación religiosa, étnica, cultural y familiar demasiado insistente en los valores propios, en detrimento de los ajenos. La estimación excesiva de estos valores y el sentimiento de superioridad religiosa o racial conduce a las fobias y a la violencia. Desgraciadamente, el yihadismo ha encontrado un terreno fértil en el “salafismo”, el discurso retrógrado que desde hace varias décadas mantiene y exporta por todas partes Arabia Saudí, apoyándose en sus inmensas riquezas petroleras. 

Abdennour Bidar lo expresa con fuerza y clarividencia: “Si quieres saber cómo dejar de parir monstruos, te diré que la cosa es a la vez sencilla y difícil. Hará falta que comiences por reformar el modelo educativo de tus escuelas y de tu enseñanza... Necesitas reformarlos en la dirección de algunos principios universales: la libertad de conciencia, la democracia, la tolerancia y el derecho de ciudadanía, abierto a la diversidad cultural y religiosa, la igualdad, la emancipación de la mujer de la tutela masculina, la reflexión y la cultura crítica del fenómeno religioso en las universidades, la literatura y los medios de comunicación social”.

Y puesto que se trata de una religión, qué menos que pedir una vuelta a la espiritualidad, la verdadera, la que combina armoniosamente la relación a Dios y al hombre. Cuando la religión se convierte en un ídolo, dios se hace inhumano, capaz de los crímenes más horrendos. Cuando la religión se politiza, el dios que adoramos puede convertirse en un monstruo en cuyo nombre se cometen las mayores atrocidades. “La letra mata, mas el Espíritu vivifica”. “Misericordia quiero y no sacrificios”, nos recuerda el Evangelio. “La verdadera religión no consiste en el culto”, nos dice el Corán. El error capital de las guerras de religión es ese:  convertir a Dios en un ídolo.

 

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