7 de mayo: Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y Jornada de Vocaciones Nativas

 

Empujados por el Espíritu: «Aquí estoy, envíame»

   

El próximo 7 de mayo, esas siete palabras –"Empujados por el Espíritu: «Aquí estoy, envíame»"– van a ser el lema y tema de la Jornada Mundial que, un año más –¡y ya van 54!–, la Iglesia va a celebrar para pedir por las vocaciones: las locales y las que surgen y brotan en los países de misión. Como se sabe, antes, esta convocatoria se hacía por partida doble: había un día destinado a orar por las vocaciones de nuestra tierra; y otro, dedicado especialmente a rezar y trabajar por el crecimiento y la formación de las llamadas vocaciones nativas. Ahora, ambas jornadas han quedado reunidas en un mismo día..

Por Alberto Trueba

 

El papa citó el Decreto ad GentesEsa celebración va a tener lugar el primer domingo de mayo, IV de Pascua, que la Iglesia conoce como el domingo del Buen Pastor; una buena fecha para recordar a todos los creyentes la necesidad de las vocaciones. Una necesidad que el propio papa Francisco saca a relucir en el Mensaje que ha publicado para la 54.ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: “Todo cristiano, en virtud de su bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos. Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes que, con generosidad, han respondido: «Aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer, con alegría, a todos”.

 

Panorama vocacional

Al presente, en cuestión de vocaciones, no pintan muy bien las cosas para la Iglesia. Cuando menos, para la Iglesia española. A la vista está que, en las más de las misas dominicales, la juventud brilla por su ausencia. Los estudios más recientes dicen que, por primera vez en cinco años, en nuestro país el número de aspirantes al sacerdocio ha disminuido. Y que la mitad de nuestros seminaristas abandonan antes de ordenarse. El año pasado, en España, fueron ordenados 138 sacerdotes. Doce menos que los 150 del año anterior. De parecido tenor es el panorama que presenta la Iglesia en el resto de las naciones del Viejo Continente. Para colmo, los sociólogos auguran que avanzamos hacia una Europa sin Dios...

Pero el horizonte no se presenta tan oscuro en el resto del mundo. La bajada de vocaciones dentro de la Iglesia occidental se ha visto compensada, en buena parte, gracias al aumento en los territorios de misión. Ese crecimiento permite que, en números absolutos, en la Iglesia universal se mantenga todavía un crecimiento sostenido.

Más de 7.000 millones de personas viven sobre la Tierra. De ese total, solo 1.300 millones son católicos. Es decir: el 18% de la humanidad son seguidores de Jesús de Nazaret. Pero la mies sigue siendo mucha. Veinte siglos después de su llegada, el 82% de los hombres sigue sin conocer y/o aceptar el mensaje de Jesús.

El papa citó el Decreto ad GentesEn todo el mundo, redondeando las cifras, hay 415.000 sacerdotes –sumados diocesanos y religiosos–; 740.000 religiosos (mujeres, en su mayoría: 680.000); 100.000 seminaristas mayores y otros tantos menores. Y 5.200 obispos. Hay, por tanto, un sacerdote por cada 17.000 seres humanos. Pero los obreros de la mies están desigualmente repartidos. Que hay 43.000 sacerdotes en todo el continente negro, donde viven 1.100 millones de personas. Unos 123.000 en América, para cerca de 1.000 millones. Solo 64.000 en Asia, para más de 4.000 millones. El triple, en Europa: 182.000, para 700 millones. Y 4.600 en Oceanía, para 39 millones. Así las cosas, resulta que, por continentes, en Asia hay un sacerdote para cada 70.000 habitantes. Mientras que, en Europa, nos toca un sacerdote por cada 3.800 personas...

En su Mensaje para esta Jornada Mundial en favor de las vocaciones, el papa Francisco también sale al paso del derrotismo y la pereza. Por eso, dice que “el Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio”. Y ruega “a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios”.

“También hoy –concluye– podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a Él, con una vida plenamente humana, dichosa de ser gastada amando”.

 

Cuatro continentes, cuatro nombres y apellidos

Podría insistirse en el número de seminaristas, mayores y menores, que, repartidos por cuatro continentes, se están educando en los llamados territorios de misión. también, en el religiosos y religiosas. Trás la frialdad de las cifras, se esconde un cálido y ferviente ejército de paz. Todos, empujados por el Espíritu, se están forjando y formando como “pregoneros del Evangelio”. Todos tienen nombre y apellidos. Todos, un gran corazón que rebosa fraternidad. Y como muestra, estos cuatro botones.

Leydi está en América. Leydi Cuéllar Arboleda, que tal es su nombre completo, ahora trabaja en Medellín. Ella es colombiana. Ha estado formándose en España. Y también ha trabajado en Chad. Ahora, comparte sus afanes y desvelos con la española Marta, que es enfermera levantina, y otras dos jóvenes congoleñas. Están terminando allí su juniorado para la Compañía Misionera del Sagrado Corazón. Y quiere –nos dice– “que este tiempo sea para mí un camino de seguimiento a Jesucristo, guiada por su Espíritu”. Por eso, pide a Dios que le enseñe “a percibir y a reconocer su presencia en mi vida y sumergida en la realidad. Que sienta que no voy sola, que realmente Tú caminas conmigo y me acompañas siempre. Yo sé que la iniciativa es tuya. Pero de mí depende la motivación y la realización de mi vocación. Yo sé que mi ‘sí’ es un ‘sí’ que me abre muchas puertas: la de hacer camino con Cristo, la de una comunidad que me acoge... Yo ofrezco al Señor mi pequeño esfuerzo para ir construyendo, poco a poco, una familia, una comunidad, un ambiente más humano, un mundo mejor, más unido, y el deseo de poner en práctica, todos juntos, el mensaje de Jesús”.

En África, Ben-Abeyna Ebenezer es chadiano. Hijo de una familia numerosa de verdad. “Somos –dice– trece hermanos. Bueno, ahora doce. El cuarto murió en marzo, hace dos años”. Sus padres, Clemente y Jimena, son un matrimonio comprometido con la parroquia. “Mi papá es catequista”, nos aclara Ben. Y confiesa: “Mi vocación comenzó cuando tropecé con el párroco de San Juan Bautista, en Bologo, diócesis de Laï, al sur de Chad. Yo tenía once años cuando él celebraba la eucaristía en mi pueblo. Me llamó mucho la atención. Su forma de predicar... Me dieron ganas de hablar con él”. Dos años más tarde, Ben supera el examen para entrar en el seminario. El 27 de septiembre fue admitido en el seminario menor San Denis (por el mártir ugandés), de Laï, donde obtuvo su título en 2012. En ese seminario creció su deseo de ser sacerdote. “Durante mis muchas lecturas –comenta–, ojeé una revista, La Piragua, que hablaba de los misioneros combonianos. Y así tropecé con Daniel Comboni. La vida misionera es vida exigente. Para mí, ha sido objeto de mucha meditación y oración. Al fin, he entendido las condiciones para seguir a Cristo: «Si alguien quiere venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz, y me siga»”.

Evaristo Baptista Magno es de Timor y quiere ser dominico. Inició su postulantado el 4 de enero del 2017. Nació en la aldea de Beluci Craic el 2 de julio de 1996. Su país luchaba, hasta 1975, por independizarse de Portugal. Y luego, de Indonesia, hasta el año 2000. Se quería convertir toda la isla en una provincia indonesia más y, en ese intento, hubo multitud de atrocidades y muertes.

A caballo entre Australia e Indonesia, Timor logró la independencia y, en 2002, se convirtió en el país más joven del planeta: 1,3 millones de habitantes, la mayoría, jóvenes. Y el 95%, católicos, bien que su fe arrastra múltiples rasgos animistas. Las familias timorenses tienen entre 5 y 10 hijos. Y las más, pocos fondos para poder educar a estos. Casi todas ellas desean tener algún sacerdote, religioso o religiosa. Evaristo es uno de ellos. Nació en una zona remota. Su padre, carpintero, pasó largo tiempo escondido en la montaña, por la guerra que costó más de 100.000 muertos, aldeas y ciudades arrasadas, y miseria por doquier. Para colmo, perdió a su madre a los dos años. El único protector y educador, su abuelo.

Tras la independencia, regresó su padre. Pero se casó de nuevo. Evaristo y su hermano mayor quedaron huérfanos de madre y “casi” de padre. Las Misioneras Dominicas del Rosario les invitaron a vivir en su orfanato de Dili. Gracias a la generosidad de otros cristianos, han podido graduarse en la secundaria. Y, con ayuda de donantes australianos, su hermano ya se ha matriculado en la universidad. Evaristo, tras asistir a los encuentros vocacionales de los dominicos, que celebran a diario la eucaristía en el orfanato, optó por la vida consagrada. El papa citó el Decreto ad Gentes“Un día no lejano seré dominico. Y misionero. Siempre dispuesto a predicar el Evangelio por todo el mundo”.

Chameli Tiru es india y la mayor de seis hermanos. Adoptada por sus abuelos, su familia no era católica. Practicaba una religión tribal, impregnada de hinduismo. De Jesús, nada de nada. Un día quedó impactada por la imagen del hombre que vio en unos folletos: aparecía dando vida a un joven y consolando a su madre, viuda... Ella misma nos cuenta la experiencia: “Yo, ni idea de quién era. Era Jesús. Y, poco a poco, se coló en mi mente y en mi corazón. Estando en 3.º, en una escuela religiosa –era tiempo de Cuaresma–, me volvió a impactar Jesús, crucificado por nosotros. Y, en 6.º, quise ser cristiana... Mis abuelos no lo permitieron. Triste, seguí rezando. Mi deseo se cumplió en 7.º. Estudiaba con las ursulinas. Pedí ayuda. Y mi gran deseo se vio cumplido. Al final, mis padres y abuelos lo aceptaron. Mis hermanos, al saberlo, también se hicieron cristianos. Y mis padres, más tarde”.

“Tras los estudios –prosigue–, llamé a dos congregaciones. Una me dijo que no. Que era la mayor y tenía que cuidar a mis padres. La otra me aceptó. Pero mis abuelos se negaron. Apelé a mis padres. Pasé dos años como postulante. Mis abuelos querían casarme. Una noche, soñé la muerte de mi abuelo. Lloré sin saber lo que me pasaba. Me enviaron a casa. Llegué y mi abuelo ya estaba muerto. Mi abuela me pidió que no volviera. Que me quedara con ella. Escribí. Y lo aceptaron. Mi abuela, feliz. Yo añoraba dedicarme a Jesús. Seguí con ella hasta que murió. Entonces, pude elegir. El P. Alfonso Ekka me fichó para trabajar en una escuela de los marianistas. Así les conocí. Me dijeron que las hermanas iban a venir a la India. Esperé tres años. No llegaban. Dios fue misericordioso: el 3 de diciembre de 2006, las hermanas arribaron a Ranchi, capital de Jharkhand. Me uní a ellas en 2007. Al fin, lo que tanto anhelaba. Cuatro años después, profesamos Reena Kerketa y yo, las dos primeras marianistas indias”.

Y concluye: “Este año voy a Malaui. El Señor me quiere activa. Y así seré: una misionera empujada por el Espíritu y siempre abierta a lo que Él nos diga”.  

 

 

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