Pastoral Urbana:
DIOS SE CUELA EN LA CIUDAD

   

Dentro de tres décadas, el 75% de la población del planeta vivirá en ciudades. Esta civilización urbana reproducirá y acentuará las desigualdades y el aislamiento de las metrópolis actuales, pero también se puede convertir en oportunidad para sembrar la fraternidad y la justicia social. La Iglesia está llamada a hacer presente a Jesús de Nazaret en plazas y avenidas, a través de una pastoral urbana que adquiere un acento propio en los países en desarrollo, en las megalópolis de las tierras de misión.

Por José Beltrán

 

 

“Dios pasea por las callejuelas del centro, se deja ver en el metro, se le encuentra entre las chabolas del extrarradio. No busca ser este un recurso literario. Tan solo, una evidencia. Francisco recoge esta convicción en el documento programático de su pontificado. “Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas”, detalla la exhortación apostólica Evangelii gaudium, en la que el Papa argentino, antes arzobispo de una de las grandes urbes del mundo, expone que “se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite valores fundamentales”.

La ciudad se presenta, pues, como oportunidad para fomentar la cultura del encuentro y apertura a lo trascedente, pero también se revela como un ámbito inhóspito, donde se enquistan la corrupción, el tráfico de drogas, la trata de personas, la explotación de menores, el abandono de los enfermos y ancianos... “Lo que podría ser un precioso espacio de encuentro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua”, asegura Jorge Bergoglio sobre los espacios de convivencia que aglutinan ya a la mitad de la población mundial, esto es, a 3.900 millones de personas.

Si en 1950 solo el 16% de la población habitaba en las ciudades, para 2050 se espera que se concentre en ellas el 75%, lo que hará que se multiplique el número de las llamadas megaciudades, o lo que es lo mismo, urbes que superan los diez millones de habitantes. Hoy existen hasta 34 megaciudades en el planeta, encabezadas por Tokio (34 millones), a la que siguen otras de regiones asiáticas en plena expansión, como Yakarta, Delhi o Manila.

El director del Worldwatch Institute, Gary Gardner, explica que “las ciudades de hoy son motores de economía y, a la vez, centros de pobreza”. A la luz del estudio Ciudades sostenibles. Del sueño a la acción. La situación del mundo 2016, coordinado por Gardner, se constata que uno de cada siete habitantes de las zonas urbanas vive en la pobreza. En el caso de los países en desarrollo, el 10% de quienes viven en una ciudad carecen de acceso a la electricidad.

El trepidante ritmo de crecimiento de las metrópolis hace que los problemas también se multipliquen: desempleo, tráfico, contaminación, gobernabilidad... Así se generan enormes disfunciones en distribución espacial, que se traducen, ora en un crecimiento vertical con rascacielos, ora en explosión incontrolada de lo que se conoce como “planeta de slums”. El término fue acuñado por el urbanista Mark Davis para referirse a la multiplicación de los suburbios chabolistas africanos ante los movimientos migratorios, que se concreta en cinturones de pobreza con ausencia de servicios mínimos e infraestructuras como el agua potable o el asfaltado de las calles.

En total, 1.000 millones de personas viven en estos suburbios, un fenómeno que se acentúa en los países en desarrollo. En el caso del Asia centro-meridional, un 43% de la población urbana reside en tales zonas, mientras que en el África subsahariana el 62% de los habitantes se concentran en estos barrios marginales. De ahí que entre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (7.11) se incluyera mejorar la vida de 100 millones de personas que conviven en estos suburbios; un reto ciertamente poco ambicioso, teniendo en cuenta que no alcanza ni a una décima parte de los afectados y que será una cifra escasa, en cuanto que en 2050 se espera que vivan en estos slums hasta 3.000 millones de personas. Basta pasear por cualquiera de las tres megalópolis africanas para apreciar este desequilibrio entre recursos y habitantes. En Lagos (Nigeria), El Cairo (Egipto) y Brazzaville (Congo), estos suburbios recogen a gran parte de los 40 millones de africanos que se desplazan por el continente huyendo del campo y de la guerra.

 

Diferencias Norte-Sur

Las habituales diferencias Norte-Sur en materia de desarrollo e igualdad se reproducen en las metrópolis. Es más caro sobrevivir en una ciudad de un país en desarrollo. Así, un almuerzo en Dar-es- Salaam (Tanzania) puede costar el doble que en Bangkok, teniendo en cuenta, además, que en la capital tailandesa el salario medio es hasta 23 veces mayor que en la africana. Estos desniveles también se proyectan en el interior de la propia ciudad, aunque no necesariamente el binomio centro-periferia corresponde a riqueza-pobreza, ya que las bolsas de exclusión tienden también a propagarse por los cascos históricos, degradados por el abandono de las autoridades y por el envejecimiento de la población.

“Ciertamente existen diferencias notables entre las ciudades del primer mundo y las pertenecientes a los países en desarrollo”, aprecia el cardenal emérito de Barcelona Lluís Martínez Sistach, quien prepara ya el II Congreso Internacional sobre Pastoral de Grandes Ciudades, que se celebrará en Río de Janeiro del 13 al 15 de julio. “El Papa ha pedido que la Iglesia sea acogedora, abra puertas y sea hospital de campaña en medio de la ciudad”, subraya el arzobispo, quien alerta de la urgencia de construir ciudad, no solo desde parámetros económicos y urbanísticos, sino también sociales y culturales: “En la medida en que las ciudades sean espacios donde se fomente el diálogo, también serán generadoras de espacios de justicia y solidaridad. Y es precisamente en estos lugares, en los que se hace hueco para las reivindicaciones de los derechos de los ciudadanos, donde Dios se hace presente”.

El cardenal recuerda, además, que “este no es un desafío nuevo para la Iglesia. En la evangelización de los primeros discípulos, las ciudades de la antigua Roma se convirtieron en cauce propicio para el anuncio de la Buena Noticia. Por eso, hoy no debemos contemplar estas grandes metrópolis como espacios donde Dios no tiene lugar, sino todo lo contrario, como una oportunidad para inculturar al Señor en la realidad que viven los hombres y mujeres de nuestro tiempo”. Pero ¿se puede abordar una misma pastoral en Quito que en Bangladesh? “Está claro que hay que tener en cuenta el contexto territorial de cada uno de estos lugares; sin embargo, los desafíos para el misionero continúan siendo los mismos: hacer realidad las obras corporales y espirituales de la misericordia. En cada uno de los barrios donde los misioneros se hacen presentes, están llamados a responder a la dimensión social de nuestra fe, tocando la realidad de cada una de las personas, sin olvidarse de que no solo de pan vive el hombre, de que esa promoción y defensa de la dignidad de los ciudadanos viene de Dios”, reflexiona Martínez Sistach. La adaptación a cada realidad, matiza el cardenal, ha de hacerse todavía más concreta, sabiendo que, “cuando se camina por una gran urbe, se ven distintas ciudades dentro de la misma ciudad, lo que influye en la forma de presentar a Jesucristo”. 

 

Los rostros de la ciudad

José Luis Latorre ha experimentado los diferentes rostros de la ciudad en su día a día en Paraguay. Durante 17 años, este misionero claretiano ha vivido en Lambaré, un suburbio de Asunción, la capital del país, que ha disparado su población por el éxodo rural. “Nuestra parroquia de San Juan Bautista cuenta con unos 25.000 habitantes, con un gran desnivel social, ya que teníamos un núcleo de clase media –con profesores, maestros...–, una zona habitada por personas de clase baja, dedicadas a los oficios, y un último espacio donde se concentran los pobres de la ciudad, los asentados, procedentes de la migración interior, con escasos recursos y carentes de estabilidad laboral”, repasa Latorre, quien comenta cómo estas diferencias sociales se traducen en niveles culturales diversos, lo cual exige una respuesta pastoral atenta a las necesidades de cada colectivo.

“Sí, tenemos un tronco común en el que hemos hecho mucho hincapié: promover la pastoral sacramental desde la catequesis familiar. En todos los estratos hemos buscado que los padres y abuelos se implicaran en la preparación de la confesión y la comunión de los niños, lo que ha exigido una formación específica de todos ellos, para hacerles partícipes de la relevancia de acompañarles y guiarles en el crecimiento de su fe”, comenta el claretiano. Y apostilla que es a la hora de aterrizar esa formación cuando se adapta a cada una de las realidades: “En el caso de la formación bíblica, con los fieles del centro, sí hemos establecido cursos más sistemáticos de profundización, mientras que en los barrios más humildes apostamos por talleres, donde una comunidad de religiosas nos ayudaba con la lectura popular”.

En estas barriadas de gente sencilla, los claretianos también desarrollan diversos proyectos sociales, precisamente para romper con las barreras de desigualdad entre sus parroquianos y promover la igualdad de oportunidades: “A través del programa de apadrinamiento de Proclade, la ONG de nuestra congregación, hemos logrado becar a más de 2.000 niños de entre 6 y 14 años para poderles ofrecer una educación. También hemos impulsado unas ayudas para estudios superiores y universitarios, así como para artes y oficios”. Pero no solo desde fuera se fomenta la promoción de los últimos: el deseo de crear una única parroquia, a pesar de las barreras culturales y económicas, les llevó precisamente a iniciar un proyecto que fomentara las relaciones de colaboración mutua.

“Hace trece años pusimos en marcha un comedor escolar al que, durante el curso académico, acuden hasta 150 niños. Este servicio está subvencionado por la parroquia entera, y no solo ha generado un vínculo de ayuda económica entre la gente, sino que ha supuesto una implicación personal que ha llevado a fomentar la integración. Resultaba complicado romper las diferencias entre unos y otros. A los más humildes les costaba subir a los actos que realizábamos en el centro, porque no sentían que fuera su sitio, pero precisamente el comedor rompió esos muros imaginarios y fueron quienes más tenían los que han hecho por acercarse a los más sencillos. Ha sido una experiencia muy enriquecedora”. En esta misma línea, Latorre asegura que la misión continental que se impulsó desde la Conferencia de Aparecida, promovida por el CELAM, también ha contribuido a que la parroquia se reintegrara en el barrio y a hacer visible a la comunidad creyente, un proceso de “revecinalización” que ha tenido resultados: “Recuerdo cómo mucha gente decía que agradecían que por primera vez los católicos llamáramos a su puerta, después de abrirla durante años a testigos de Jehová, evangélicos... Esto ha hecho madurar mucho a los laicos y sentirse responsables de contagiar a Jesús a quienes tienen cerca”.

Ahora que espera nuevo destino, a este claretiano le han sabido a poco estas casi dos décadas de pastoral urbana en Paraguay. Admite que le han quedado asignaturas pendientes: “Tenemos que hacer un esfuerzo mayor en las ciudades de América Latina por unir la fe y la vida, sobre todo en el ámbito del compromiso político. Sé que requiere hilar muy fino, pero no por ello debemos dejarlo de lado. Tenemos que dar el salto de la limosna a promocionar al pobre y, de ahí, a transformar la realidad”. 

 

La difícil integración

Y es que estas periferias reales en muchos casos generan tales bolsas de exclusión que quienes viven fuera del epicentro corren el riesgo de permanecer literalmente fuera del sistema de generación en generación; por ello, dar un salto hacia la integración les resulta prácticamente imposible. Así sucede en las villas bonaerenses, que se sitúan en el cinturón periférico de la capital argentina. “En la villa no se paga luz, agua o impuestos. Dar el salto a la legalidad, esto es, convertirse en un ciudadano más, les resulta prácticamente imposible, dados los salarios bajos que tienen, por lo que, una generación tras otra, se ven abocados a vivir en la villa miseria, a permanecer fuera del sistema”, explica Marta López. Esta misionera calasancia es la directora de una escuela-hogar donde acogen a niñas y adolescentes de la villa 1 11 14, el barrio más peligroso de la ciudad. Ninguna de sus alumnas procede de familias argentinas, sino de los países del entorno, especialmente de Bolivia y Perú, lo que dificulta aún más su integración. Es lo que el papa Bergoglio llama los “no ciudadanos”, los “ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos”.

“Nuestro trabajo con las chicas no se centra en grandes objetivos académicos, sino simplemente en mostrarles la posibilidad de descubrir un futuro fuera del núcleo central de la villa, donde cualquier opción para salir adelante siempre está ligada a la delincuencia o al mercado de la droga. Que se puedan ganar la vida dignamente es nuestra meta”, comenta la religiosa sobre las barreras que se les presentan en su tarea pastoral y social. Una labor que busca, desde las raíces carismáticas de su congregación, la promoción de la mujer. 

 

Una pastoral urbana más misionera

Para el teólogo de cabecera del Papa, Carlos María Galli, las megalópolis se caracterizan por este mestizaje cultural que han vivido en primera persona Marta López y José Luis Latorre. “La mayoría de la gente vive y seguirá viviendo en los suburbios, donde se cruzan los imaginarios de las culturas tradicionales, modernas, postmoderna y emergente”, señala el recién nombrado decano de la facultad de Teología de la Universidad Católica de Argentina, convencido de que “este mestizaje no se apoya en la retórica de los proyectos homogeneizadores. Casi todos somos café con leche, aunque algunos con más café y otros con más leche”. En este sentido, Galli apunta también a Aparecida como punto de inflexión de una “nueva pastoral urbana más misionera”, que pasa por fomentar “la descentralización evangelizadora, comprende la parroquia como comunidad de comunidades, apuntala a las comunidades ambientales en el nivel diocesano e interdiocesano, y promueve la presencia cristiana en los centros de decisión de la ciudad, tanto en las estructuras administrativas, como en las organizaciones comunitarias”.

Galli plantea que “una propuesta pastoral megaurbana podría ser expresada con la fórmula incluyente «desde los pobres, a todos»”. Junto a los problemas de vivienda, infraestructuras e integración, el teólogo también aprecia “insuficiencia de las estructuras eclesiales para acompañar a los vulnerables y la tendencia social a naturalizar la desigualdad como situación normal”. Frente a esto, se muestra convencido de que la Iglesia está llamada a “aprender nuevos modos de ser prójimos y hermanos, respetando y reconciliando identidades y diferencias. Las ciudades y los barrios crean situaciones propicias o dificultosas para la fraternidad”.

Desde esta multiculturalidad, el papa Francisco redescubre en la civilización urbana una oportunidad para la Iglesia, especialmente en los territorios de misión, sabedor de que “ya no estamos en la cultura de la cristiandad, ya no”. Por eso, el pasado año, ante los ponentes del primer congreso de Pastoral de las Grandes Ciudades, expuso la necesidad de una evangelización “audaz y sin temores”: “En la ciudad necesitamos nuevos mapas, otros paradigmas que nos ayuden a ubicar nuestros pensamientos y actitudes. El hombre, la mujer, las familias y los diversos grupos que viven en la ciudad esperan de nosotros, y lo necesitan para su vida, la Buena Noticia que es Jesús y su Evangelio”.

 

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