EGIPTO PASA PÁGINA... HACIA ATRÁS

   

Peor que hace seis años: así está Egipto hoy. En 2011, el ejemplo tunecino, la mala situación económica, las violaciones de derechos humanos y el hastío y el descontento social generalizados desencadenaron una revuelta que acabó con 30 años de régimen de hierro de Hosni Mubarak. Hoy, con Abdelfattah al Sisi –otro ex militar– en el poder, el país vuelve a las andadas, pero con la economía peor que nunca y con una represión que no tolera la más mínima voz crítica. De la democracia soñada, ni rastro. Lo único positivo, la nueva actitud del poder hacia la comunidad cristiana. El papa Francisco visita la tierra de los faraones el 28 y 29 de abril.

 

Por José Ignacio Rivarés

 

 

Egipto ha pasado página a su historia... pero hacia atrás. El país está viviendo algo así como un déjà vu. El pasado 25 de enero se cumplieron seis años del estallido de la esperanzadora revuelta de la plaza Tahrir, que puso fin al régimen de Hosni Mubakak. El todopoderoso rais acabó entonces en la cárcel, acusado del saqueo de las arcas públicas, por un lado, y de la muerte de cientos de personas en la represión de las protestas, por otro. Pues bien: el pasado mes de marzo, Mubarak, de 88 años, recobró la libertad. Abandonó el hospital militar en el que ha estado ingresado los últimos años debido a su supuesto “delicado estado de salud” y regresó a su exclusiva mansión de Heliópolis, en el extrarradio cairota. La Justicia le había exonerado definitivamente de cualquier responsabilidad en las 239 muertes por las que había sido procesado. Algo difícil de comprender solo con criterios jurídicos, dado que en 2012 esa misma Justicia le había condenado a cadena perpetua. La liberación del ex presidente es como el obituario que certifica la defunción definitiva de la revolución de Tahrir.

Han pasado solo seis años desde entonces, pero seis años repletos de Historia. Los millones de personas que, siguiendo el ejemplo tunecino, se echaron a las calles en 2011, hastiados de las penurias económicas, la corrupción y la falta de libertades, tenían cuatro reivindicaciones innegociables: la salida de Mubarak, el final del estado de emergencia (vigente desde 1981), la disolución del Parlamento salido de las elecciones anteriores (por considerarlas fraudulentas) y una nueva Constitución. Y después de semanas de sangre, sudor y lágrimas, consiguieron su objetivo: derribaron el régimen. La revolución triunfó, pero esa “primavera” pronto se tornó “invierno”, como consecuencia del triunfo poco después, en los nuevos comicios, de los Hermanos Musulmanes. Llegaron al poder los islamistas de Mohamed Mursi y en seguida se vio que el remedio era peor que la enfermedad. El país se hundía irremisiblemente; así que, tras un año de mandato, el nuevo presidente acabó también con sus huesos en la cárcel, después de que el 3 de julio de 2013 el jefe del Ejército, Abdelfattah al Sisi, encabezase un golpe de Estado que contó con el respaldo de casi todos. Baste decir que el hoy presidente compareció en televisión para justificar el uso de la fuerza flanqueado por el ex director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, Mohamed El Baradei –al que hizo vicepresidente–, por el patriarca copto Tawadros II, por el gran imán de la universidad Al-Azhar, Ahmed El-Tayyeb, y por un representante del partido salafista, entre otros. En las calles, más de 30 millones de personas habían exigido antes la salida de los islamistas. Pocas veces una asonada habrá tenido tanto respaldo.

 

Desapariciones forzosas

Ahora corren otros tiempos. Después de lo vivido, a los egipcios no parece importarles que esta nueva dictadura militar esté resultando aún peor que la anterior. No protestan por la excarcelación de Mubarak, ni de sus hijos, ni por las multimillonarias cuentas bancarias que la familia tiene en Suiza y otros paraísos fiscales, fruto de años de expolio. Por no protestar, no protestan siquiera por la feroz represión policial que hay, con tres y cuatro desapariciones por día de media, al decir de las organizaciones locales de derechos humanos. El pasado verano, Amnistía Internacional presentó un informe titulado Oficialmente no existes. Desaparición y tortura en nombre de la lucha antiterrorista, en el que denunciaba el “aumento sin precedentes” de estas prácticas desde la llegada al Ministerio del Interior, a comienzos de 2015, de Magdi Abdelgafar, el responsable de la represión durante la última etapa de la era Mubarak. El director de Amnistía en el Norte de África y Oriente Medio dijo entonces: “Las desapariciones forzadas se han convertido en un instrumento clave de la política estatal en Egipto. Cualquier persona que se atreva a hablar corre peligro”.

Parece dar igual. Los egipcios tienen ahora otros problemas de los que preocuparse: el primero de ellos, llegar a fin de mes. La democracia con la que un día soñaron se atisba como un lujo, y la suerte que pueda correr el anciano Mubarak –condenado junto a sus hijos a tres años de cárcel por corrupción, ya cumplidos, y con otra causa por apropiación indebida de fondos públicos aún pendiente– no figura entre sus prioridades. Excepto a los familiares de las víctimas, al egipcio de a pie le importa más bien poco si el proceso contra su ex presidente fue una farsa o si en él se destruyeron pruebas, como se ha llegado a decir... La democracia y las libertades no son ahora sus prioridades, como lo prueba el hecho de que el Parlamento actual surgiera de unas elecciones con una abstención récord del 71,7%. Lo que quieren los egipcios es pasar página cuanto antes y de una vez por todas. Ya lo dice el refrán: “Gato escaldado...”.

 

Desplome de la economía

Y eso que, en los poco más de tres años transcurridos desde la llegada de Al Sisi al poder, el país no levanta cabeza. En este tiempo, Arabia y los ricos emiratos petroleros del Golfo han tenido que apuntalar con unos 30.000 millones de dólares una economía que se viene abajo, hasta el punto de que, a finales del año pasado, el Gobierno tuvo que pedir al Fondo Monetario Internacional un crédito de 11.000 millones de euros para evitar la bancarrota. Un préstamo, claro está, condicionado a nuevos y duros ajustes económicos. Los egipcios tienen que apretarse más aún el cinturón. ¡Y eso que el 40% de ellos, y el país supera los 90 millones de habitantes, viven con menos de dos dólares diarios!

En noviembre de 2016 también, Al Sisi se vio obligado igualmente a dejar fluctuar la libra egipcia a su valor real. La consecuencia fue que esta perdió en una semana la mitad de su valor y se produjo un vertiginoso aumento de los precios. Si antes un euro equivalía a entre ocho y diez libras egipcias, en nada, la paridad pasó a ser de más de 20. El precio del pan y de los cereales se disparó un 65%; el del café, el té y el cacao, un 82%; y el del arroz, un 86%. El saco de harina –producto vital en el medio rural, donde se sigue haciendo el pan en las casas– se duplicó también de un día para otro (de 100 a 200 libras egipcias), y lo mismo ocurrió con el del azúcar (de cinco a diez). Y hubo productos, como los huevos, la carne, la leche o el pescado, que triplicaron su valor. Para colmo de males, buena parte de los alimentos que consume Egipto son importados. Si a ello se añade que el Gobierno ha puesto fin a los subsidios estatales a los medicamentos; que el recibo de la luz se ha incrementado entre un 25% y un 40%; que se ha aprobado un nuevo impuesto del IVA; y que el salario medio se sitúa únicamente en las 1.500 libras, se comprenderá por qué la mayor parte de los egipcios están con el agua al cuello.

 

El turismo y el canal

Egipto es hoy una gran economía informal. Cerca de la mitad del empleo lo crean empresas que operan de manera irregular. Oficialmente, el índice de paro no es muy alto (13%), pero el empleo, en general, es precario. El desempleo afecta sobre todo a los jóvenes. La mayoría de ellos solo piensan en encontrar un trabajo que les permita subsistir.

El Gobierno actual trata por todos los medios de reflotar los grandes pilares de la economía nacional. A saber: el turismo, los derechos de paso por el canal de Suez y las remesas que envían los ciudadanos egipcios que trabajan en el exterior, sobre todo en los países del Golfo Pérsico. El turismo, ciertamente, no pasa por su mejor momento. En 2010 –antes, por tanto, de la primavera árabe– visitaban Egipto 14 millones de turistas, y el sector representaba el 10% del PIB nacional. Pues bien: el objetivo del Gobierno para este año es alcanzar los 10 millones de visitantes. Y se trata de una meta ambiciosa, porque en 2015 hubo solo 9,3 millones. El desplome tiene que ver con la inestabilidad política del último lustro, pero, sobre todo, con la inseguridad.

Dos siniestros aéreos han arruinado el sector, y por ende, la economía nacional. El primero fue el atentado cometido por el Daesh en octubre de 2015 contra un avión ruso en el Sinaí. El vuelo se dirigía de Sharm el Sheikh a San Petersburgo y llevaba a 224 turistas a bordo. La bomba terrorista que hizo explosión al poco de despegar los mató a todos. Hasta entonces, tres millones de rusos viajaban al país de los faraones en busca de sol cada año. El segundo desastre fue la caída al Mediterráneo, en mayo de 2016, de un avión de Egypt Air que hacía la ruta París-El Cairo. Tras estos sucesos, países como Reino Unido, Alemania y Rusia vetaron los vuelos de bajo coste hasta que no se modernizara la seguridad de los aeropuertos egipcios. En septiembre de 2015 se produjo un tercer golpe al sector: un helicóptero militar que sobrevolaba el desierto bombardeó por error a un grupo de turistas mexicanos que hacían un pícnic en un oasis, matando a ocho de ellos. Al parecer, los confundió con terroristas islamistas.

Para reflotar la economía, el Gobierno ha puesto también sus ojos en el canal de Suez, por donde pasan cada día más de 2,5 millones de barriles de petróleo. Al Sisi impulsó su ampliación con una ramificación, ya inaugurada, que ha costado unos 8.000 millones de euros (3.000 más de los presupuestados inicialmente) y que, al decir de los expertos, no está dando los resultados esperados. El Ejecutivo trabaja también en un segundo megaproyecto, que se antoja estrambótico a la vista de la situación que vive el país: la construcción de una nueva capital administrativa en pleno desierto, a caballo entre El Cairo y el mar Rojo; una ciudad que incluiría un parque mayor que el neoyorquino Central Park y que costaría más de 40.000 millones de euros. Se supone que El Cairo, con sus 20 millones de habitantes, no da ya más de sí, y que la nueva urbe, a la que se trasladaría toda la Administración, permitiría crear empleo y dinamizar la economía.

 

Nueva actitud  hacia los cristianos

El presidente Al Sisi ha prometido al patriarca copto Tawadros II que la nueva capital tendrá “la mayor iglesia de Egipto”. Se lo dijo el 6 de enero, en la misa de medianoche, a la que el jefe del Estado asistió por tercer año consecutivo, para mostrar a la comunidad cristiana su apoyo ante los continuos ataques islamistas de que esta es objeto. (Al posicionamiento del Patriarca a favor del golpe de Estado de 2013 le sucedió el incendio de más de 80 iglesias y varias escuelas cristianas y centros sociales). El más grave de esos atentados tuvo lugar el pasado 11 de diciembre, cuando un suicida del Daesh se hizo estallar durante una eucaristía en la iglesia de Boutrossiya, situada en el complejo adyacente a la catedral copto-ortodoxa de El Cairo. Mató a 29 personas e hirió a 50 más. Desde entonces ha habido todo un rosario de asesinatos selectivos de cristianos en el Sinaí, cometidos por un grupo llamado Wilaya Sina, la filial del Estado Islámico en Egipto. El clima de terror instaurado ha hecho que cientos de familias coptas hayan tenido que huir de la región.

Violencia aparte, la situación de los cristianos (entre el 10% y el 15% de la población de Egipto) está mejorando, o lo hará en el futuro de seguir así las cosas. Al Sisi defiende que no solo Egipto, sino todo Oriente Medio, tiene que “renovar el discurso religioso”, y postula que no se hable de “mayorías” o “minorías” religiosas, sino de ciudadanos iguales en derechos y libertades, independientemente de la religión que profesen, algo que de momento está muy lejos de ser así. El presidente presenta una especial sensibilidad en la defensa de los cristianos, y ello se nota. Las víctimas del atentado de diciembre tuvieron un funeral de Estado al que asistió el propio mandatario y parte de su Gobierno, y se decretaron –otra novedad– tres días de luto oficial. Ya se han iniciado también las obras para reconstruir la iglesia de Boutrossiya, en las que participan ingenieros del Ejército; Al Sisi ha prometido que estará lista para la próxima Navidad.

Pero, además de estos gestos, en Egipto se están produciendo cambios. El verano pasado, por ejemplo, se aprobó una ley para regularizar los lugares de culto y propiedades cristianas construidas en su día sin el correspondiente permiso. Otra prueba de los nuevos tiempos: los cinco hospitales públicos vinculados a la facultad de Medicina de la universidad de Al-Azhar, el mayor centro teológico y académico del islam sunita, van a abrir sus puertas a los médicos y profesores cristianos, vetados hasta ahora. (Los coptos tampoco pueden acceder a diversos cargos en la policía, el Ejército y la justicia). Y un diputado ha planteado incluso un proyecto de ley para que los cristianos puedan también matricularse en ella.

Las relaciones de la Iglesia romana con las autoridades musulmanas locales también pasan por un buen momento, después de la crisis desatada durante el pontificado de Benedicto XVI, embrión de la ruptura de relaciones posterior. Ello ha hecho posible la celebración en El Cairo, en febrero, de sendos congresos: el primero, sobre “El papel de Al-Azhar y el Vaticano en la lucha contra el fanatismo, el extremismo y la violencia”; y el segundo, sobre “Libertad y ciudadanía”. A este último asistieron más de 600 personas, entre ellas el arzobispo de Babilonia de los Caldeos, Louis Raphael Sako; el patriarca maronita, cardenal Beshara Raï; y el patriarca copto Tawadros II, además de los enviados vaticanos de rigor. El evento concluyó con la firma de una importante declaración, que condena tajantemente la violencia perpetrada en nombre de la religión y aboga por “el principio de igualdad” para todos los habitantes de un mismo Estado.

Así están las cosas poco antes de la llegada del papa Francisco, el 28 y 29 de abril. “El Santo Padre –ha dicho el P. Rafic Greiche, portavoz de la Iglesia católica local– viene a confortar a la comunidad más numerosa de cristianos de Oriente [...] y a apoyarnos en nuestra convivencia con los musulmanes”. La visita, añade, “será también un modo de honrar a los mártires cristianos asesinados a causa de su fe”.

Que se trata de una visita querida por todos resulta evidente. La Santa Sede ha subrayado que Francisco ha sido invitado tanto por el presidente Al Sisi (el 24 de noviembre de 2014), como por los obispos católicos (en su visita ad limina del pasado 6 de febrero), por el patriarca copto ortodoxo Tawadros y por el gran imán de Al-Azhar, quien fue recibido en audiencia por el Pontífice en mayo de 2016.

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