El 'sí' de las Vocaciones Nativas

   

El próximo 7 de mayo la Iglesia española celebra la Jornada de Vocaciones Nativas. Toda una ocasión para mostrar un apoyo incondicional, espiritual y económico, a aquellos jóvenes de los territorios de misión que, “Empujados por el Espíritu”, como reza el lema de esta campaña, han dicho: “Aquí estoy, envíame”, porque quieren ser sacerdotes, religiosos y religiosas al servicio de los pueblos que los han visto nacer y crecer.

Pero no solo eso. También se muestran dispuestos a dar a conocer la alegría del Evangelio a aquellos que todavía no han oído hablar de Jesús y su mensaje, estén donde estén, sin limitaciones de fronteras o de barreras mentales o emocionales. La misión está en el corazón de su vocación; la han vivido y sentido cerca, en el testimonio ejemplar de muchos misioneros y misioneras que ayudaron a nacer y a hacerse mayores a las  jóvenes Iglesias a las que pertenecen. Y es que, como ha dicho el papa Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, “el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe”. Por ello, añade, “la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor”.

La Iglesia no se puede permitir el lujo de que ninguna de las abundantes vocaciones que se están formando en los llamados territorios de misión –en torno a 200.000 seminaristas, mayores y menores, repartidos por los cuatro continentes– se pierda por falta de recursos económicos para cubrir las necesidades básicas de los propios seminaristas, así como para el mantenimiento de los centros formativos o el pago a los profesores. La comunidad de fieles católicos necesita de sacerdotes, religiosos y religiosas. Pero no a cualquier precio y de cualquier manera. Es fundamental un buen discernimiento de su vocación, que se dejen interrogar y provocar por las palabras y los gestos de Jesús, Hijo de Dios, hasta, como ha dicho el Papa, mostrarse “confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro” de su amistad, de su Buena Noticia, hasta el punto de mostrarse “ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos”.

Los pueblos de los territorios de misión en los que nacen estas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada requieren, de un modo muy especial, de pastores “enamorados del Evangelio”, que ofrezcan la vida al servicio de su causa, para “hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios”. Porque pocos territorios y gentes como estos, con frecuencia sacudidos por la violencia de la guerra, la injusticia de la opresión, la falta de libertades, el hambre, la enfermedad o la miseria, necesitan tanto de aquellos y aquellas que, siguiendo el ejemplo de Jesús, ponen su existencia al servicio de los demás para proclamar y hacer realidad, con su testimonio, las bienaventuranzas de los desheredados y descartados de este mundo, sabiendo que la felicidad está en la entrega, esa que auspicia el Evangelio.

El ardor y el coraje con el que las vocaciones nativas proclaman su “sí” al sacerdocio y a la vida consagrada debe ser acompañado y cuidado para, una vez germinado, lanzarlo a los cuatro vientos, porque, como ha dicho recientemente el papa Francisco a los jóvenes, “la Iglesia necesita más primavera todavía”.

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