DIA DE HISPANÓAMERICA 2017

"Vayan sin miedo, para servir"

   

Como cada año, el primer domingo de marzo se celebra el Día de Hispanoamérica, la jornada con la que la Iglesia española renueva desde 1959 sus vínculos de solidaridad, comunión y colaboración con las Iglesias hermanas de América Latina. El lema de esta edición invita de nuevo a partir, a ponerse en camino para evangelizar; pero, sobre todo, a hacerlo "sin miedo" y "para servir", a la manera que Jesús nos enseñó.

Por José Ignacio Rivarés

 

El papa citó el Decreto ad Gentes“Rosario, Santa Fe, San Isidro, San Miguel de Tucumán, San Salvador de Jujuy y Santiago del Estero, en Argentina; Santa Cruz de la Sierra y Trinidad, en Bolivia; Santiago, Concepción y Los Ángeles, en Chile; São Paulo, Salvador de Bahía, Belém y Natal, en Brasil; San José, en Costa Rica; Santa Marta y San Gil, en Colombia; Santiago, Santa Clara y San Cristóbal, en Cuba; San Salvador, Santa Ana, San Miguel, Santa Tecla y San Martín, en El Salvador; San Marcos y Santa Rosa, en Guatemala; Veracruz y Santa Rosa de Copán, en Honduras; Santiago de Querétaro, San Miguel de Allende, San Francisco de Campeche y San Luis Potosí, en México; San Cristóbal, San Carlos y Valle de la Pascua, en Venezuela; Asunción, Encarnación y San Lorenzo, en Paraguay; y San Francisco, Sacramento, Los Ángeles, San Diego, San Antonio y San José, en los Estados Unidos...

Estos son los nombres de algunas de las más importantes ciudades que pueblan la geografía americana. Todos ellos aluden a un santo o a algún episodio de la historia de la salvación. Un país –El Salvador– lleva incluso el nombre del Señor. En Honduras, encontramos también departamentos (provincias) bautizados como “El Paraíso” y “Gracias a Dios”. Y en las islas de Dominica, Granada y Jamaica, para la división administrativa, se ha recurrido asimismo a medio santoral: Saint Andrew, Saint John, Saint Mark, Saint Peter, Saint Joseph, Saint Patrick, Saint Paul, Saint Luke, Saint George, St. James, St. Thomas, etc.

Toda esta toponimia no engaña. Cinco siglos después del descubrimiento y de la conquista, con sus luces y sombras, América es un continente donde definitivamente el cristianismo ha echado raíces. Tanto es así que la mayor parte de sus más de 1.000 millones de habitantes se dicen seguidores de Jesús. No obstante, el arraigo de la fe en el Resucitado no ha llegado por arte de magia: es obra, y mérito, de los miles de religiosos, religiosas y sacerdotes que en estos cinco siglos se han vaciado para dar a conocer la Buena Nueva evangélica. Nueve mil de ellos siguen hoy allí, al pie del cañón, y son españoles. Continúan evangelizando en un continente que san Juan Pablo II bautizó en su día como el “de la esperanza”, por albergar a más de la mitad de todos los católicos del mundo y representar el presente y el futuro de la Iglesia.

 

Una jornada consolidada

Pensando en esos cristianos del Nuevo Mundo se creó hace ya unas cuantas décadas el Día de Hispanoamérica. La Conferencia Episcopal Española (CEE) instituyó esta jornada, que se celebra el primer domingo de marzo, hace ya cerca de 60 años. Fue, exactamente, en 1959, y con ella se perseguían –y se siguen persiguiendo– dos objetivos: por un lado, concienciar al pueblo de Dios de que la misión, el mandato misionero, es cosa de todos los bautizados sin excepción, y no únicamente de religiosos y de sacerdotes; y por otro, agradecer, recordar y colaborar –económicamente y con la oración– con los misioneros españoles llamados a evangelizar en ese continente hermano.

El cartel del Día de Hispanoamérica 2017 repite, una vez más, ese llamamiento. Y lo hace evocando las palabras que Francisco dirigió a los jóvenes reunidos en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en 2013 en Río de Janeiro. “Vayan, sin miedo, para servir”, les dijo el papa Bergoglio en aquel inolvidable viaje, el primero al extranjero tras resultar elegido unos meses antes para la Cátedra de Pedro. El mensaje vale para todos los cristianos. La evangelización no es asunto solo de unos pocos consagrados.

Durante siglos, en efecto, la misión había sido básicamente cometido de órdenes y congregaciones religiosas. Y así continuó ocurriendo con otras muchas nuevas que surgieron a lo largo del siglo XIX. No fue hasta bien entrado el siglo XX cuando comenzaron a incorporarse a la misión, de manera coordinada, el clero secular y los laicos. El primero lo hizo, sobre todo, a través de organismos como el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), las Misiones Diocesanas Vascas y la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana (OCSHA). Los laicos, por su parte, lo hicieron a través de la Coordinadora de Asociaciones de Laicos Misioneras (CALM) y de los nuevos movimientos.

 

Mensaje de la PCAL

La vida misionera es, como la de Jesús, una vida de servicio entregada a los demás. Como cada año, la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL) ha elaborado un mensaje para preparar y celebrar convenientemente la jornada. En él se nos invita a todos a vencer los dos grandes enemigos que tiene hoy la acción evangelizadora: por un lado, “el miedo que nos suscita la incertidumbre y la consciencia de nuestras limitaciones humanas”; y por otro, “el egoísmo, que lleva a encerrarse en un horizonte diminuto y a excluir el bien del prójimo, sustituyéndolo con los propios intereses individuales”.

El papa citó el Decreto ad Gentes“Nuestro mundo necesita, hoy especialmente –escribe el cardenal Marc Ouellet, presidente de este organismo vaticano–, de discípulos misioneros que se atrevan a ‘salir’ para llegar a todas aquellas periferias existenciales que esperan la luz del Evangelio; de discípulos de Cristo que sepan ‘adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos’ (Evangelium gaudium 24). Y esta Iglesia en salida es una que sabe acoger, que no levanta la voz para ahuyentar al pecador, sino para invitarlo, y que no tiene miedo de mostrar el rostro tierno del Padre, y de abrir sus brazos a todo aquel que esté herido y necesitado de su amor y de su misericordia”.

El purpurado canadiense afirma igualmente que, en los más de 2.000 años de existencia de la Iglesia, la misión de esta no ha cambiado, pero sí lo han hecho, “especialmente en las últimas décadas”, los tiempos en que hay que anunciar a Jesucristo. De ahí, señala, la necesidad de evangelizar hoy “desde una visión renovada y creativa, adecuada a nuestra época y a los nuevos contextos sociales y culturales”. El mensaje es claro: no hay que “retroceder ante los cambios”, sino encarnar “el mensaje de Cristo en las nuevas circunstancias y en los nuevos contextos, con gran sencillez, pero también con astucia y con inteligencia”. Somos invitados, por tanto, “a tomar el pulso a la realidad que nos rodea, para responder a ella desde la Buena Nueva de Cristo”.

Pero ¿cuál es esta realidad? El propio cardenal Ouellet responde sin ambages: “Un mundo lacerado por el sufrimiento y por la indiferencia ante Dios, y cada vez más también por una activa y explícita hostilidad hacia el mensaje de Cristo y hacia el estilo de vida cristiana y hacia toda la riqueza que este trae consigo”.

Ciertamente, la fe cristiana –al menos, la católica– no pasa en aquel continente tampoco por sus mejores momentos. Si en 1970 los católicos americanos representaban el 92% de la población, hoy suponen el 69%, según datos de 2014 del Pew Research Center, un laboratorio de ideas con sede en Washington. A excepción de Paraguay (con un 90% de católicos) y México (81%), el retroceso ha sido manifiesto y generalizado.

Por otra parte, los medios de comunicación dan buena cuenta, cada vez más, de esa creciente hostilidad hacia lo cristiano a la que alude el cardenal Ouellet en su documento. Así, en los últimos meses, por ejemplo, se han producido desde profanaciones de templos (en Chile), a vejaciones a seminaristas (en Venezuela), pasando por secuestros, torturas y asesinatos de sacerdotes en México, Cuba, Colombia... Según la agencia Fides, de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en 2016 fueron asesinados en el mundo un total de 14 sacerdotes, nueve religiosas, un seminarista y cuatro laicos. Pues bien: la gran mayoría de ellos –nueve curas y tres monjas– se dejaron la vida en América. Y 2017 no ha empezado mucho mejor: el 12 de enero fue hallado en México el cuerpo sin vida del P. Joaquín Hernández Sifuentes, de la diócesis de Saltillo, que llevaba desaparecido desde el día 3.

Algunos de esos agentes de pastoral, según Fides, fueron asesinados, paradójicamente, por las mismas personas a las que ayudaban. Otros cayeron en robos –¡cómo no recordar, en este punto, a la religiosa barcelonesa Isabel Solà, acribillada en Haití!– y asaltos a dependencias parroquiales. Y los más fueron víctimas a causa de su defensa de los débiles y de las denuncias de la corrupción, el crimen organizado, el narcotráfico, la trata de personas, etc.

 

El servicio de la OCSHA

Los misioneros españoles que trabajan en América conocen bien el riesgo que entraña muchas veces el predicar el Evangelio. Muchos de ellos, sobre todo los que trabajan en “pastorales especialmente difíciles”, han de sentirse más de una y de dos veces como corderos en medio de lobos y son conscientes de que, a menudo, se juegan la vida.

En América evangeliza hoy el grueso de los misioneros salidos de nuestro país: 9.000 de un total de 13.000. La gran mayoría de ellos son religiosos y religiosas de distintas órdenes y congregaciones, pero entre ellos hay también un puñado de sacerdotes diocesanos. Exactamente, 267. Se trata de presbíteros que, pese a estar incardinados en alguna de nuestras diócesis, un buen día decidieron responder a la llamada misionera y marcharon a servir a alguna de aquellas diócesis, para lo cual se acogieron al servicio de la OCSHA. Desde que la CEE la pusiera en marcha en 1949, más de 2.200    sacerdotes diocesanos han cruzado el charco con este organismo de la Comisión Episcopal de Misiones. Ahora son, como ya se ha indicado, 267, y proceden, en su mayor parte, de las diócesis de Toledo (31), Burgos (21), Valencia (14), Palencia (12), Madrid (11) y Mérida-Badajoz y Sigüenza-Guadalajara (10 cada una). El pasado año fueron tres los sacerdotes diocesanos que partieron para América Latina con la OCSHA. Se trata de Jordi Gutiérrez Bassa, de la diócesis de Barcelona; Rodrigo Hernández Moreno, de la de Madrid; y Juan Alonso Bonals, de Tortosa. Y fueron acogidos, respectivamente, en las diócesis de San Juan Bautista de Calama (Chile), Santo Domingo (República Dominicana) y Trujillo (Honduras). Asimismo, seis presbíteros de la OCSHA cambiaron su diócesis de destino en 2016. Por países, los misioneros de la OCSHA trabajan sobre todo en Perú (78), Chile (30), Venezuela (25), Ecuador (20), Brasil (18), Estados Unidos (18) y Argentina (13).

El papa citó el Decreto ad GentesCada dos años, en los pares, estos sacerdotes celebran un encuentro continental. En los impares, como este, tienen lugar varios encuentros regionales. “Son citas que duran en torno a una semana y en las que se pretende fomentar la convivencia y la fraternidad entre ellos”, explica el P. Anastasio Gil, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones, quien tiene previsto asistir a varios de estos foros. Los primeros han tenido lugar ya en Chile y Brasil, a lo largo de enero, y en Argentina, del 20 al 25 de febrero. “Así como los religiosos tienen sus reuniones y están acompañados, arropados, los sacerdotes diocesanos están un poco a la intemperie, algo que estos encuentros pretenden ayudar a corregir. Muchas veces experimentan la soledad, y en ocasiones se sienten olvidados desde aquí y extraños allá”, añade.

El P. Anastasio tiene clara la importancia de esta jornada eclesial. “Es una gracia divina para comprobar que, por la puerta abierta de la Iglesia local, están llegando fieles y presbíteros de otras Iglesias para ayudar y colaborar con las comunidades eclesiales en España, igualmente necesitadas de ayuda. No es un simple intercambio de operarios: es la expresión de la riqueza de la cooperación entre las Iglesias”.

 

 

 

 

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