LVIII CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE EN EL MUNDO MANOS UNIDAS

   

Febrero, pórtico de la Cuaresma y barrunto de la primavera que se avecina, es también un mes muy propicio para el ejercicio de la fraternidad. A mediados de mes se celebra la Campaña contra el Hambre, que organiza y abandera Manos Unidas. Hora es de llevarle  la contraria a febrerillo el breve: que sea larga nuestra generosidad con esta noble causa misionera.

 

Por Ximena de Angulo

 

 

 

Alberto sacó la navaja de su mochila y se dispuso a pelar un mango, la mar de dulce y sabroso. Lo acababa de comprar por cuatro perras en el multicolor mercado donde, además, vendían lichis, plátanos, carambolos, piña y maracuyá...

Contra lo que pueda parecer, no salía mi amigo de ningún sofisticado y moderno negocio de delicatessen; tampoco de una tienda para exóticos gourmets de esas que, ahora, crecen como las setas por cualquier esquina de la vieja Europa... Todas eran frutas del lugar. Y los aromas, sobre todo en los puestos de carne, no eran muy agradables que digamos.

Al momento, un grupo de chavales que, con gran curiosidad y a una respetuosa distancia, venían observando al blanco ese, se olieron el percal. No hizo falta voz ni señal alguna para que otros pequeños también olfatearan lo que iba a ocurrir y se unieran al grupo.

Y, al punto, Alberto se vio rodeado por una patulea de curiosos rapaces, descalzos y mal vestidos, que miraban con sus grandes y brillantes ojos negros cómo asomaba y crecía, entre sus mágicas manos blancas, lo que parecía una verdiamarilla culebra. En realidad, lo que serpenteaba no era otra cosa que la peladura del mango que acababa de comprar. A todos, se les hacía la boca agua. Y la tensión crecía al tiempo que la mondadura se hacía más y más larga. Y la dichosa piel, que no terminaba de caer.

Al fin y al cabo, ocurrió lo que todos esperaban: que la monda lironda se descolgó de la fruta ya desnuda. Entonces, de súbito, la silenciosa nube de muchachos se tornó tormentoso nubarrón. Y, como un avispero alborotado, todos a una, se lanzaron por ella ipso facto. Solo los más avispados fueron capaces de cobrarla antes, incluso, de que llegara a tocar el suelo. Y, sin pensárselo dos veces, se la engulleron en un santiamén. Solo dos o tres alcanzaron el sabroso botín. Los demás se quedaron con las ganas. Y un tanto magullados. Y sus estómagos les seguían pellizcando.

Y Alberto, boquiabierto, pasmado y turulato, tardó un buen rato en salir de su asombro. Resultaba que aquellos muchachos... ¡tenían hambre! Y era un hambre de las que duelen. Un hambre verdadera: ansiosa y voraz.

De sobra sabía él que, en nuestro mundo, tan avanzado y moderno, todavía son muchos los seres humanos que sufren esa terrible calamidad. Es verdad: la plaga alcanza a uno de cada nueve seres humanos. La epidemia, sin embargo, no es contagiosa. Por eso, tal vez, sigue existiendo. Ella sola mata a más gente que el sida, la malaria y la tuberculosis juntos. Ahí está. Es el hambre. Hoy, en pleno siglo XXI, esa lacra está castigando a 800 millones de seres humanos inocentes. Es el mayor drama. Y, también, la mayor vergüenza de la humanidad.

Bien sabía todo esto mi amigo Alberto, que es castellano viejo de las montañas de Burgos. Pero ese día, para él, el hambre dejó de ser un montón de puras y duras cifras y fríos porcentajes. El hambre, ahora, más que estadísticas, cómputos, censos y recuentos, tenía los brazos flacos, la mirada triste y un rostro chupado, pero tremendamente humano y conmovedor.

Durante el resto de toda aquella africana correría estival, Alberto anduvo arrastrando la acerba desazón y el vergonzoso bochorno que le produjo haber elegido aquel dulce y delicioso mango para aplacar su sed. Mango exquisito y dulzón que, sin embargo, le pareció el más amargo y acre de todos los mangos.

 

Las mujeres declaran la guerra

Esta historia viene a cuento porque todos los años, por estas fechas, una bien conocida y reconocida organización –Manos Unidas– sale a la palestra de la actualidad para zarandear las conciencias de todos los ciudadanos españoles. Así viene siendo desde hace más de medio siglo.

En este caso, la cosa no empezó en Galilea, como dice Pedro a Cornelio en los Hechos de los Apóstoles. Pero sí en Madrid. Y en 1960. Por aquel entonces, un puñado de valientes mujeres, adelantadas a su tiempo –las mujeres de Acción Católica–, asumieron el compromiso que, cinco años antes, había proclamado la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC). En 1955, en efecto, estas mujeres habían declarado: “Sabemos, y queremos que se sepa: existen soluciones de vida. Si la conciencia mundial reacciona, dentro de algunas generaciones, las fronteras del hambre habrán desaparecido”. Y el mensaje –alumbrado, entre otras, por la española Mary Salas Larrazábal– concluía con una tajante y radical decisión: “¡Declaramos la guerra al hambre!”. Y en ese combate continúan todavía.

Andando el tiempo, la audaz iniciativa de las mujeres recibió el espaldarazo de la Conferencia Episcopal Española. Así, los obispos establecen la celebración de una colecta extraordinaria anual contra el hambre en el mundo, en todas las parroquias de España, el segundo domingo de febrero. Y, también, una Jornada de Ayuno Voluntario el viernes anterior a dicho domingo. En 1978, aprueban los estatutos de Manos Unidas-Comité Católico de la Campaña contra el Hambre en el Mundo. Un año después, en 1979, queda registrada en el Ministerio de Justicia y, posteriormente, en el Registro de Entidades Religiosas.

Y es que este mundo nuestro, que tanto presume de “civilizado”, en realidad, está loco, loco, loco. Más loco que una cabra. Y que las artiodáctilas hermanas de Amaltea me perdonen... Pero ¡no hay derecho!: el planeta Tierra, ¡nuestro mundo!, en nuestros días, produce alimentos para dar de comer al doble de la población que lo habita. ¿Cómo es posible, entonces, que este año vayan a morir –¡están muriendo ya!– más de 3 millones de niños menores de 5 años, casi la mitad de ellos (el 45%) a causa de una alimentación deficiente?

Cada habitante de la Unión Europea (UE) tira a la basura 179 kilos de alimentos, lo que, en total, genera unos 170 millones de toneladas de CO2 al año. La clasificación, en la UE, la encabeza el Reino Unido (14,4 millones de toneladas), seguido por Alemania (10,3 millones), los Países Bajos (9,4 millones), Francia (9 millones), Polonia (8,9) e Italia (8,8 millones). Y España ocupa el séptimo puesto en esa “negra lista” de los grandes tiradores de comida europeos: 7,7 millones de toneladas cada año.

 

 

Más comida, ¡no! Más gente comprometida, ¡sí!

Por todo eso, en este año, Manos Unidas ha decidido señalar, con su dedo avisador, tres cuestiones esenciales para borrar la pobreza y el hambre del mundo: el desperdicio de alimentos, la lucha contra la especulación alimentaria y el compromiso con una agricultura respetuosa con el medio ambiente.

Esta nueva edición de la Campaña contra el Hambre, que hace la número 58 y que, como todos los años, se celebra el segundo domingo de febrero, llega con este santo y seña por bandera: “El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida”.

Y ¡ojo al dato!, porque es muy cierto. Ya lo hemos dicho. Pero no está de más repetirlo: 7.700 millones de kilos. O, de otro modo: 7,7 millones de toneladas. Eso, lo que, cada año, los españoles TI-RA-MOS –¡ay!– A-LA-BA-SU-RA. Son ocho sílabas, tan solo. Cuatro palabras nada más: “tiramos a la basura”. ¡Sí! A la basura arrojamos el 30% de todo lo que compramos en el súper. Y la mitad de ese 30%, el 15%, lo tiramos sin abrir, porque... “ha caducado”.

Estados Unidos, con 760 kilos por habitante y año, capitanea la lista negra de las naciones que más comida desperdician. Le siguen Australia (690), Dinamarca (660), Canadá (640), Noruega (630), Países Bajos (610), Alemania (575), Reino Unido (565), Malasia (560) y Finlandia (550).

Ya ha llovido lo suyo. Que fue en el siglo pasado cuando a mi buen amigo Alberto –de quien hablábamos al comienzo– le dio por lanzarse a la aventura de conocer, sobre el terreno, un puñado de países del África francófona más occidental: Malí, Burkina Faso, Costa de Marfil... De eso, hace ya la friolera de 25 años. Ocurrió en medio del verano, bajo un sol implacable y al cabo de una interminable marcha por los escarpados farallones de Bandiagara, en el país de los dogón, en el corazón del África occidental.

Antes de terminar, un pequeño secreto. Sabemos de muy buena tinta que, para mitigar la amarga sensación producida por el dulce mango que malcomió a orillas del Níger, mi amigo Alberto se hizo socio de Manos Unidas. Y ahí sigue. Pero... ¡ni por esas! Todavía le sale a relucir aquella amargura africana cada vez que ve a sus hijos despreciar este o aquel alimento, o dejar en el plato la mitad de lo servido.

Lo dijo la también burgalesa Mary Salas Larrazábal, fallecida hace 9 años, a los 86, única mujer española auditora en el Vaticano II, y primera presidenta de Manos Unidas: “El día en que los hombres decidan que no haya más hambre sobre la faz de la tierra, no la habrá”.

¡Lástima que sigamos estando tan sordos!

Volver a sumario