Los agustinos recoletos celebran, en este 2017, el "Año de la Santidad"


Llamados a ser santos para revitalizar la orden

   

Ahora que el calor aprieta, puede sonar a descabellado desatino mencionar la conocida cerveza San Miguel. Pero no hay desacierto tal. Ni siquiera se trata –aunque pueda parecerlo– de publicidad. Aquí solo pretendemos recordar que esa bebida existe por obra y gracia de los padres agustinos recoletos. Nada más. Y... ¡nada menos!.

 

Por Juan de Villacobos

 

El papa citó el Decreto ad Gentes“Sí. La sobredicha cerveza nació, en efecto, en las postrimerías del siglo XIX. En 1885, para ser precisos. Y fue creada por una pequeña comunidad de frailes agustinos que trabajaban en la isla filipina de Cebú. Allí se encuentra plantada la primera cruz del archipiélago. Y allí también es venerada la milagrosa imagen del Santo Niño de Cebú, que Fernando de Magallanes regaló a los lugareños. Casi cuatro siglos después, los agustinos del XIX, continuadores de la labor misionera que comenzó con la llegada de Magallanes, trataron de combatir la debilidad que sufrían por el excesivo calor que sopla en las Bisayas. Y así hizo su aparición la cerveza de marras, cuya fabricación hoy fue traspasada a otras manos.

Ni que decir tiene que el leitmotiv de estas páginas tiene bien poco de cervecero. Y sí mucho que ver con los agustinos y los santos. En efecto: la Orden de los Agustinos Recoletos (OAR) –institución surgida de la numerosa familia agustiniana– actualmente reúne a más de un millar de religiosos. Están agrupados en las 195 comunidades que viven distribuidas por un total de 19 países. Atienden 200 parroquias, 50 centros educativos y universitarios y, además, tienen encomendados ocho territorios de misión en África, Asia y América. Cuentan, en fin, con un total de 19 obispos en activo.

En nuestros días la familia agustino recoleta es un gran árbol que hunde sus raíces hace ya más de cuatro siglos: en diciembre de 1588 y en la ciudad de Toledo nacieron. Se trataba de materializar el deseo de una mayor perfección y austeridad: intensificar la vida contemplativa y comunitaria y acentuar los rasgos ascéticos de la vida religiosa. El propio fray Luis de León se ocupó de redactar la nueva forma de vivir de los frailes agustinos descalzos.

Actualmente, ese recio árbol del espíritu agustiniano luce ocho ramas bien frondosas: los Agustinos Recoletos, las Agustinas Recoletas, las Agustinas Descalzas de San Juan de Ribera, las Augustinian Recollect Sisters, las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, las Misioneras Agustinas Recoletas, las Agustinas Recoletas de los Enfermos y la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta.

Fruto del último consejo general, celebrado a primeros de este año, el prior general de la orden –el tarraconense Miguel Miró, reelegido para un nuevo mandato de seis años en el último capítulo general, que también reagrupó en cuatro provincias las ocho existentes–, con fecha de 2 de febrero, enderezó una carta en la que se proclama este 2017 como Año de la Santidad para toda la congregación y en todo el mundo. Tal celebración comenzó el primer domingo de Cuaresma. Y terminará el 13 de noviembre de 2017, fiesta de todos los santos de la orden.

Este, el lema: “Llamados a ser santos”. Y este, el motivo: que coinciden muchas efemérides que recuerdan la santidad de los hermanos y hermanas agustino recoletos. Y el objetivo: dedicar un año a la santidad para impulsar la revitalización de la Orden y “ayudar a descubrir el carisma agustino recoleto como un camino cierto y seguro para ser santos”, dijo Miguel Miró. El general añade, además, que esta invitación es, sobre todo, “una llamada a perseverar en el camino de santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana”, y resalta que la vida fraterna de cada comunidad es “una escuela para el que desea ser de verdad santo, ya que es allí donde debe entregarse y caminar con los hermanos que el Señor pone a su lado”.

Estos son los más sobresalientes aniversarios que celebran los agustinos en su Año de la Santidad: los 150 años de la beatificación de Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio, junto a tres hermanos, catequistas japoneses, todos mártires en Japón; los 75 años de la muerte de Ignacio Martínez, administrador apostólico de la prelatura de Lábrea, al sur de la selva amazónica, en Brasil; los 50 años de la muerte de la beata María de San José, fundadora de las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús; los 30 años de la canonización de Magdalena de Nagasaki, terciaria agustina recoleta; los 25 años de la canonización de Ezequiel Moreno, obispo de Pasto (Colombia); y, además, en este año 2017, se presentará a la Congregación para las Causas de los Santos la positio de fray Jenaro Fernández Echeverría...

Sería harto fatigoso abrumar a nuestros lectores con una tan abultada relación de los muchos hombres y mujeres que, con su callado sacrificio, han dado ejemplar testimonio de su compromiso humanitario y misionero a lo largo de los siglos. Como para muestra vale un botón, parece más certero y actual el vivo y valioso testimonio que nos brindan, desde el corazón del continente negro, un puñado de agustinas contemplativas. Ellas son la muestra evidente de que el camino que lleva a la santidad –como recuerda, en su carta, el prior general– pasa por hacer frente a las dificultades materiales de cada día. Ellas, allí y ahora, están dando buena cuenta de los afanes y desvelos cotidianos que llenan sus días en el corazón de África. También en los comienzos del siglo XXI mana y surte el agua clara del testimonio ejemplar.

 

Camino de santidad

Todo empezó el 26 de julio, fiesta de san Joaquín y santa Ana, del año 2006. En esa fecha, cinco mujeres –tres españolas, una mexicana y otra filipina–, Esperanza Martín, Cristina González, María José Vila, Alicia Cuautli y Judith de Quiroz, abordaron en Madrid un avión y pusieron rumbo a Nairobi, en Kenia. Al cabo de 6.200 kilómetros de vuelo, tomaron tierra dispuestas a plantar, en aquel continente, el primer monasterio contemplativo de agustinas recoletas, que tal era su propósito.

El papa citó el Decreto ad GentesLas religiosas agustinas no hicieron oídos sordos a la invitación que, meses atrás, les había lanzado, desde Kenia, monseñor Martín Kivuva, obispo de la diócesis de Machakos. Aceptaron el desafío. Y, empujadas por el Espíritu, se lanzaron a la aventura misionera. Los dos primeros años vivieron en Masii. Y, al cabo, pudieron trasladarse a un convento de nueva planta que estaban edificando en Wote, Makueni. El 4 de septiembre de 2008, día de Nuestra Señora de la Consolación, quedó solemnemente inaugurado el monasterio.

Pero no todo fueron gozos y alborozos en esos días. Las hermanas también tuvieron que pasar no pocos malos tragos. Y es que la zona elegida para edificar el monasterio era un verdadero secarral. El obispo eligió ese lugar, cercano a la segunda ciudad más importante de la diócesis, para repartir la presencia contemplativa. Y es que en Machakos ya había un monasterio de carmelitas.

Durante la edificación, los constructores acumularon en una balsa el agua que necesitaban,   traída de fuera. Los problemas comenzaron después. Las monjas cayeron en la cuenta de que la tierra era semidesértica. Y que el agua, tan fundamental para la vida, brillaba por su ausencia. Las hermanas pensaron en construir un pozo. Les dijeron que sí, pero que lo construirían más adelante.

A medida que avanzaba la construcción el problema se iba haciendo más y más evidente. Ya estaba levantada la segunda altura del edificio, y no era cuestión de dar marcha atrás. Según explican, “nos aconsejaron abandonar y marchar a otro lugar”. Ellas decidieron quedarse “para dar testimonio y seguir luchando, porque no podemos huir de la penuria”. Había que perforar el terreno para dar con la solución. Además, las agustinas habían recibido donativos para ese fin. No se podía dilatar más la espera. Pero sí se dilató. Y mucho. ¡Diez años! Toda una década han sufrido las religiosas el problema de la escasez de agua. Escasez que les ha acarreado múltiples gastos y no pocos trabajos añadidos.

 

La aventura del agua

Lo cuenta sor María José Vila, una de las protagonistas. La hermana María José, de 66 años, valenciana de Guadassuar, ha trabajado 15 años en Filipinas. Ahora, ya lleva 11 en Kenia: “Bien apenadas y trabajadas hemos estado diez años por las dificultades y gastos originados por el agua”. Y siempre que viaja a España, responde con la misma convicción: “Quiero volver a Kenia. Es mucho lo que queda por hacer. Allí quiero estar hasta que muera”.

Y cuenta la aventura del agua: “Contratamos una empresa perita en pozos. Los expertos eligieron los lugares, pero después de haber perforado ocho pozos en cuatro años, ¡nada! El disgusto era soberano”. Al cabo, las monjas pusieron sus ojos en el río Kitui, que pasa a tres kilómetros del monasterio y que está casi seco. Volvieron a perforar. Y sí: “Salió agua, pero en muy poca cantidad y muy dura, llena de cal y de sales”.

La situación era desesperante. Pero no. A pesar de todos los pesares, las agustinas, erre que erre, construyeron un aljibe en el seno del mismo río, junto al pozo. Y mezclaron ambas aguas: la del río, con la que salía del pozo, para suavizarla. Además, “tuvimos que instalar 2,5 kilómetros de tubería para llegar hasta el monasterio. Y llegó; pero un agua muy contaminada y salada”. Inasequibles al desaliento, al cabo, pudieron hacerse con una purificadora, para filtrar y limpiar el líquido elemento.

La cosa no termina así: “Pronto, la purificadora, con todo lo buena que era, se escacharró. La cal, la arena, el salitre y otros componentes eran tantos que atascaron el filtro y lo dejaron inservible. Y llegó un nuevo fracaso y otro disgusto. Pero nunca perdimos la esperanza”.

Así que “hubo que pensar en otro purificador. Tras mucho luchar para reunir el dinero, se consiguió. Este era bastante más caro que el primero, pero era tan necesario que no hubo más remedio que lanzarse, después de asegurarnos que era el purificador que convenía, dada la mala calidad del agua. Y estábamos ya en 2009, a los tres años de nuestra llegada”.

Y la racha de contrariedades no termina: “Un buen día, de repente, el agua deja de llegar. ¡No tenemos agua! ¿Qué pasa?”. Pasaba que les habían robado parte de la tubería. ¡Más gastos inesperados! Aprovecharon la ocasión para hacer una traída de agua más profunda y capaz.

El agua era mala de verdad. Tanto, que un día se reventó una tubería. Otro, se hundió uno de los depósitos... Agua: he ahí el gran caballo de batalla de las agustinas en Kenia. Hasta se les ocurrió canalizar el agua de lluvia que caía sobre los tejados para almacenarla en diferentes depósitos. “No fue esa una mala idea, porque el agua de lluvia era la mejor”. También hicieron una balsa en el campo: “Era para acumular el agua del cielo y poder regar así la huerta en tiempos de sequía. Pero resultó que no era totalmente impermeable, y también hubo que arreglarla. Y gastar más dinero en ello”.

Y, aunque parezca increíble, las cuitas de la comunidad de monjas agustinas no terminan aquí. Al poco, el Gobierno local decide hacer una carretera. La vía iba a pasar entre el cauce del río y el monasterio. ¡Y pasó! Sor María José Vila cuenta: “Otra vez quedó interrumpido nuestro abastecimiento de agua. Entonces, tuvimos que valernos del tractor. ¡Bendito tractor! ¡Qué buenos servicios nos hizo! Llenaban una cisterna junto al río y cada dos o tres días nos la traían”.

Esa solución también tuvo sus consecuencias... “Sí. La gente del pueblo, al ver pasar la cisterna y ver a dónde se dirigía, empezó a venir al convento a pedir agua. Con gusto la dábamos. Los dones de Dios hay que repartirlos. Y más, si es favoreciendo al necesitado”. Desde luego, “la batalla del agua” ha sido un interminable rosario de odiseas, a cual más “tumbativa”. Pero a la vista está que la paciente resistencia de las monjas era mayor. Nunca dejaron de tener esperanza. Y, al cabo, ocurrió lo que tenía que ocurrir.

 

San Ezequiel, ¡bendito agustino riojano!

Un tórrido día de agosto, en que reinaba un sol de justicia, como es de ley por aquellos pagos, poco antes de la novena de san Ezequiel Moreno Díaz (1848-1906) –santo riojano, de Alfaro, y agustino recoleto, canonizado por el santo papa Juan Pablo II–, las monjas volvían bien fatigadas de trabajar en la huerta. Y se asomaron con nostalgia a uno de los hoyos que habían hecho en busca de la bendita agua. Y dice la hermana María José: “Levanté la piedra con que lo habíamos tapado para evitar accidentes. Miré y vi que algo brillaba en el fondo. Miramos todas mejor y... ¡vimos que era agua! La esperanza volvió a apoderarse de nosotras. Durante su novena, encomendamos esta necesidad a san Ezequiel Moreno con toda el alma. Se lo comenté al párroco, quien se brindó a buscar una persona de confianza, entendida en la materia. Así fue. Vino un ingeniero, pero nos dijo que no. Que más que agua era barro, formado en el fondo por la lluvia; pero que, a él, le parecía que, en tan hermoso terreno, tenía que haber agua subterránea”.

El papa citó el Decreto ad GentesY añade: “Era el momento de rezar y confiar. Una noche de la novena, soñé que un gran río cruzaba la huerta, haciendo verdad el dicho: «el que hambre tiene, con pan sueña». Cuando se lo conté al ingeniero, dijo: «Bueno... Y los sueños, ¡sueños son!»”. La verdad es que este sueño las animó: “Pedimos a una empresa de la mayor confianza que hiciera el examen del terreno. Al final de la novena a san Ezequiel Moreno, en su festividad del 19 de agosto, recibimos la buena noticia de que, en efecto, habían detectado una corriente de agua de 1.500 litros por hora a 200 metros de profundidad”.

Para colmo de venturas, desde Pamplona, un zahorí superexperto examinó en el mapa de Google, a instancias de las hermanas, el punto geográfico donde viven. “Sin saber que ya habían detectado agua los de aquí, señaló en el mapa que habría agua subterránea en el mismo lugar que indicaron quienes habían hecho el análisis sobre el terreno”.

Con todos esos datos sobre la mesa, la comunidad no se lo pensó dos veces: contrataron a una empresa especializada de Nairobi y comenzó la perforación. Metro tras metro, pasó un día y salía tierra, arena, más tierra, más arena... Pero ya les habían dicho que había que ahondar 200 metros. Al llegar a cierta profundidad, empezó a salir arena húmeda. “Nuestra esperanza creció. Seguían, seguían ahondando, y siempre, arena húmeda. Obreros, ingenieros y monjas, todos alrededor de la máquina perforadora, llenos de ansiedad hasta ver si, al fin, saldría agua”.

Y, al introducir el tubo 199, y habiendo excavado esos mismos metros de profundidad, “de repente, se oyó un ruido especial, como un estampido, y... ¡agua! ¡agua! Un gran chorro de agua salía a borbotones. Y, además, era un agua bella, limpia, cristalina”. Luego, las monjas se dieron cuenta de que, ese mismo 11 de octubre, es el aniversario de la canonización de san Ezequiel Moreno por san Juan Pablo II en Santo Domingo: “... y, más o menos, el agua brotó a la misma hora. Lo tenemos como milagro de nuestro hermano san Ezequiel Moreno, porque en una región tan seca, que haya surgido un agua tan excelente y copiosa, ¿no es un verdadero milagro?”.

Las circunstancias lo confirman. Hoy, las hermanas agustinas no paran de dar gracias a Dios, viendo correr el agua por todas partes. “Un agua que no mancha como la del río, sino que limpia; un agua estupenda, que suple todas nuestras necesidades. Y no solo las nuestras. Un don del cielo de esa importancia también lo hacemos llegar al pueblo. La gente viene a por agua. No cesamos de agradecer a Dios tan inmenso beneficio, tan largamente deseado, tan trabajosamente conseguido, después de mil peripecias”.

 

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