EGIPTO, DESTINO DEL 18.º VIAJE INTERNACIONAL DEL PAPA FRANCISCO


UNA LLAMADA A CAMINAR JUNTOS

 

   

El domingo 21 de mayo, el papa Francisco sorprendió a todos al anunciar la creación de cinco nuevos cardenales en un consistorio a celebrar el 28 de junio. Los nuevos purpurados son el aragonés Juan José Omella (arzobispo de Barcelona), el sueco Anders Arborelius (obispo de Estocolmo), el salvadoreño José Gregorio Rosa Chávez (obispo auxiliar de San Salvador), el laosiano Louis-Marie Ling Mangkhanekhoun (obispo vicario apostólico de Paksé), y el maliense  Jean Zerbo (arzobispo de Bamako). Los tres últimos están estrechamente vinculados a las Iglesias jóvenes. Misioneros Tercer Milenio repasa sus trayectorias.

Por José Ignacio Rivarés

 

 

Han transcurrido poco más de seis meses desde el anterior consistorio (tuvo lugar el 19 de noviembre de 2016), y Francisco ha vuelto a sorprender a todos con el anuncio de una nueva hornada de cardenales. Esta vez son solo cinco (por 17 del anterior anuncio), pero, a excepción de Juan José Omella, ninguno de los elegidos habría figurado en las quinielas..., en caso de que hubiera llegado a haberlas, pues nadie sospechaba nada. El Papa argentino ha vuelto a poner sus ojos en pastores de pequeñas y lejanas Iglesias, en evangelizadores bregados con “olor a oveja”.

El más llamativo de los nombramientos es, probablemente, el de José Gregorio Rosa, el primer salvadoreño en obtener la púrpura cardenalicia. Nunca este pequeño país centroamericano, apodado “el Pulgarcito de América”, había tenido un cardenal. Y el Papa ha corregido esta “anomalía” eligiendo no ya al actual arzobispo metropolitano, monseñor Escobar Alas, como habría sido lo “normal”, sino a su obispo auxiliar. Tampoco antes –se ha subrayado– un obispo auxiliar había sido elevado al colegio de cardenales. ¿Cómo hay que leer la designación? ¿Por qué se fija ahora Francisco en este benemérito pastor, que estaba preparando ya la carta de renuncia, porque en septiembre cumple 75 años?

La respuesta es fácil. A través de él, Francisco reafirma nuevamente el legado y la “Iglesia al lado de los pobres” que encarnó monseñor Óscar Romero. Porque el obispo Rosa (Sociedad, 1942) es, ante todo, un discípulo del martirizado y beato (desde 2015) arzobispo salvadoreño, de quien no pierde nunca la oportunidad de hablar. Segundo de nueve hermanos de una familia de campesinos, Rosa es un obispo auxiliar que ha pasado 35 años reivindicando al hermano, amigo y pastor asesinado. Y que lo ha hecho siempre: en tiempos más favorables, como estos últimos años, en los que la Iglesia lo ha propuesto como modelo de hombre cabal y seguidor de Jesús hasta el fin, como en otros que lo fueron menos, cuando algunos de sus hermanos de episcopado lo consideraban “responsable” de los miles de muertos que causó la guerra, y en Roma estaba parada la causa para elevarlo a los altares.

Tras recobrarse de la sorpresa inicial –“me enteré por una llamada desde España; pensé que era una broma, después me di cuenta de que era verdad”–, don Gregorio volvió a acordarse del beato Romero, a quien dedicó el nombramiento. Celebró una eucaristía de acción de gracias en la misma capilla en que se cometió el asesinato y fue a rezarle a la cripta de la catedral donde reposan sus restos.

En su designación hay también algo de rehabilitación y de reconocimiento. Monseñor Rosa fue el eterno candidato a la archidiócesis de San Salvador. Sin embargo, su línea pastoral, próxima a Romero y a su sucesor, Rivera y Damas, jugó en su contra, y el nuevo arzobispo, el español Sáenz Lacalle, de tendencia conservadora, no supo ni quiso exprimir su valía, relegándolo a una parroquia. Desde allí, orillado y minimizado, se volcó en la difusión de la figura de Romero y en el servicio a los pobres al frente de la Cáritas salvadoreña y de las Cáritas latinoamericanas.

Un aspecto menos conocido del nuevo cardenal es el decisivo papel que desempeñó como mediador en la llegada de la paz a El Salvador. Realizó ese servicio entre 1984 y 1989 y, como dijo con humor en una extensa entrevista concedida al diario El Faro en 2010, ahora recuperada, él fue el único salvadoreño que estuvo presente en todo el proceso, pues tanto el Gobierno como la guerrilla cambiaban frecuentemente a sus delegados. “Yo nunca he buscado en la Iglesia puestos. [...] Nunca he buscado poder ni hacer carrera, y eso me hace feliz”, confesaba también entonces. Esa larga conversación resulta también relevante en otro aspecto: no hay apenas preguntas, por personales que sean, en las que no salga a relucir Romero. “Yo nací en el 42. Y él se ordenó sacerdote en el 42. [...] Y en el año 70, él fue ordenado obispo y yo fui ordenado sacerdote. La fecha de mi nacimiento está ligada a su ordenación como sacerdote, y la de su ordenación como obispo a la mía como sacerdote”, relata.

Hoy, algunos han querido ver en la llegada del obispo Rosa al cardenalato “un desaire” a su arzobispo, monseñor Escobar. Nada más lejos de la realidad. El comunicado de la diócesis, firmado por el propio arzobispo, habla de la “inmensa alegría” que supone el “histórico nombramiento”. “Todos nos sentimos honrados por este inmenso honor que el Papa concede a uno de los hijos de nuestra Iglesia local. Agradecemos y apreciamos todo su   servicio humilde, constante y valeroso”, dice esa nota.

 

La cara visible del cristianismo en Laos

El nuevo cardenal asiático es el laosiano Louis-Marie Ling Mangkhanekhoun. Un desconocido, hasta ahora. Tiene 73 años y es vicario apostólico de Paksé, administrador apostólico de Vientián (la capital del país) y presidente de la Conferencia Episcopal de Laos y Camboya. Laos es un país de 6,8 millones de habitantes y la mitad de tamaño que España, situado entre Vietnam y Tailandia. Se trata de un país comunista (desde 1975) y de partido único (el Partido Popular Revolucionario de Laos) y, por tanto, de escasa (por no decir ninguna) libertad. Prueba de ello son las condenas a 12, 18 y 20 años de prisión impuestas a tres jóvenes, el pasado mes de mayo, por haber criticado al Gobierno a través de Facebook. ¡Y eso que lo hicieron desde Tailandia, y que las críticas no estaban relacionadas estrictamente con la acción de gobierno, sino con las violaciones de los derechos humanos!

Mons. Mangkhanekhoun es la cara visible de la Iglesia católica allí. Cursó sus estudios entre Laos y Canadá, y fue ordenado sacerdote en 1972, a los 28 años. Al ministerio episcopal llegó en abril de 2001. Está al frente de una Iglesia pequeña (unos 50.000 fieles, el 1% de la población, y eso “siendo optimistas”), dispersa (la mayoría vive en zonas rurales y pertenece a grupos étnicos diversos, con lenguas y culturas diferentes) y muy pobre, tanto en lo que atañe a medios económicos como a personal.

La fe cristiana llegó a Laos hace ya unos 150 años, pero la evangelización está, como aquel que dice, en sus inicios. Los propios obispos lo reconocían en la visita ad limina que realizaron el pasado mes de enero. “En los cuatro vicariatos apostólicos que tenemos –Luang Prabang, Vientián, Savannakhet y Paksé– adolecemos de falta de curas, de catequistas y de personal especializado para atender a nuestras comunidades”, dijo monseñor John Kamse Vithavong, en declaraciones a AsiaNews. “Nuestros católicos, sobre todo los más jóvenes, fueron bautizados siendo pequeños y no han podido recibir una formación completa, correcta y sólida”, se lamentaba.

A diferencia de otros países vecinos, como Camboya, la Iglesia laosiana carece de misioneros. Los aproximadamente 200 sacerdotes y religiosos extranjeros que tenía fueron expulsados en 1975, cuando los comunistas se hicieron con el poder. Tampoco cuenta con fondos para construir una infraestructura ni dispone de medios de comunicación ni ejerce labores asistenciales, más allá de alguna escuela primaria y algún jardín de infancia... Su única y gran riqueza, como ha recordado el nuevo cardenal, es la fe de sus sufridoras comunidades: un puñado de varios miles de fieles, según ya se ha dicho, perdidos en un mar de budismo (religión que profesa el 60% de la población) y animismo (39%)... y en un régimen comunista.

La relación con el Gobierno, sin embargo, no es mala del todo, tal vez debido a que la pequeñez e insignificancia de la Iglesia la hacen aparecer como inofensiva ante el poder. De hecho, el régimen no puso ninguna pega a la mayor fiesta de la fe cristiana que ha conocido el país en los últimos tiempos: la beatificación, el pasado 11 de diciembre, en la catedral del Sagrado Corazón de Vientián, de 17 mártires. Fue una ceremonia que presidió el cardenal filipino Orlando Quevedo, y a la que acudieron 15 obispos de Laos, Camboya, Tailandia y Vietnam, además de unos 6.000 fieles. Lo sorprendente es que los mártires en cuestión eran seis laosianos y diez misioneros –religiosos oblatos y de las Misiones Extranjeras de París– que fueron asesinados entre 1954 y 1970... por los milicianos comunistas.

 

Zerbo, la voz de Malí

El tercero de los cardenales llegados del Tercer Mundo es el arzobispo de Bamako, Jean Zerbo. Se trata, igualmente, del primer cardenal que da Malí, un inmenso y semidesértico país de más de un millón de kilómetros cuadrados (dos veces España) y 17,5 millones de habitantes. Situado en el oeste de África, Malí tiene fronteras con Mauritania, Argelia, Guinea, Costa de Marfil, Burkina Faso y Níger. Es un país de mayoría musulmana, en el que la comunidad católica cuenta únicamente con unos 300.000 fieles, repartidos en seis diócesis.

Monseñor Zerbo nació en diciembre de 1943 en Ségou, una localidad del centro de la nación. Tiene, por tanto, 73 años. Fue ordenado sacerdote en 1971. Se graduó en el Instituto Bíblico de Roma, donde obtuvo la licenciatura en Sagrada Escritura en 1981. Antes pasó también por Lyon. A partir de 1982 ejerció como párroco durante varios años en su ciudad de nacimiento, y como profesor en el seminario mayor de Bamako. Fue nombrado obispo auxiliar de la capital en 1988 y, seis años después, trasladado como residencial a Mopti. Esta fue la diócesis que pastoreó hasta que en junio de 1998 san Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Bamako. Con él, son ya 25 los cardenales africanos, de los que 15 tienen en estos momentos la condición de electores y, por consiguiente, podrían participar en un hipotético cónclave.

El arzobispo Zerbo viene ejerciendo una labor impagable en la causa de la paz y en la promoción del diálogo islamo-cristiano. No hay que olvidar que Malí vive desde hace años una guerra de baja intensidad, con importante presencia de grupos yihadistas, incluido Al Qaeda en el Magreb Islámico. De hecho, la situación de inestabilidad impidió celebrar las elecciones presidenciales de 2013, las legislativas de 2015 y las locales de 2016. Francia tuvo que enviar tropas para combatir a los islamistas, y hoy, además de 1.500 soldados galos, en el país hay 10.000 cascos azules que tratan de garantizar la paz y la convivencia. Por cierto, también la base de las tropas de la ONU fue atacada hace un par de años, al igual que el hotel Radisson Blu de Bamako, donde murieron 21 personas, incluidos los dos terroristas. El último suceso llegado de este país ha sido el secuestro, el pasado 7 de febrero, en Karangasso, Koutiala, de la religiosa colombiana Gloria Cecilia Narváez, que atendía a niños huérfanos en una misión que fue asaltada por varios hombres armados, y de la que sigue sin saberse nada.

La noticia del nombramiento de monseñor Zerbo fue recibida con gran alegría en todos los rincones del país. El presidente de la nación, Ibrahim Keita, felicitó al nuevo cardenal. “Los malienses han visto el nombramiento como un mensaje que el Papa dirige a la Iglesia local para que persevere en sus esfuerzos para reconciliar el país”, ha dicho el secretario general de la Conferencia Episcopal,P. Edmond Dembele.

 

 

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