EL YIHADISMO A LA CONQUISTA DE ÁFRICA

   

Estado Islámico, Boko Haram, Al Qaeda, Al-Shabab… Los nombres de los grupos terroristas que se amparan en el fundamentalismo islámico para justificar sus matanzas lamentablemente ya no son exclusivos de Oriente Medio. África sufre el zarpazo de estos radicalismos cada vez con más voracidad. Pero ¿qué intereses hay detrás? ¿Simplemente imponer la sharia? Sea cual fuere el objetivo, lo cierto es que esta amenaza creciente parece llevarse por delante la convivencia entretejida entre cristianos y musulmanes.

 

Por José Beltrán

 

 

El fenómeno del fundamentalismo religioso se circunscribía hasta hace poco a Oriente Medio. África parecía mantenerse ajena, en cuanto el sufismo, la rama del islam más arraigada en esta parte del mundo, se ha mostrado al margen de todo radicalismo.

Algo ha cambiado, sin embargo, y el continente negro se ha convertido en la región del planeta donde más rápido han proliferado los grupos extremistas. Estado Islámico, Al-Shabab, Al Qaeda... Diferentes marcas, aliados o rivales entre sí, que buscan imponer la sharia sembrando el terror, especialmente en el África subsahariana. Libia, Malí, Nigeria y Somalia se han convertido en las bases donde el yihadismo con tintes africanos campa a sus anchas. Cinco años le bastaron a Boko Haram –que significa “la educación occidental es pecado”– para transformarse, desde su eclosión en 2009, en la milicia más numerosa –hasta 10.000 efectivos– y sangrienta de África.

“Hay cierta alarma sobre el auge del yihadismo en esta región, que tiene que ver con la fusión de tres movimientos radicales en el Sahel del oeste de África, bajo el nombre de Nasr al Islam wa al Mouslimin. Este frente común, fiel a Al Qaeda, de alguna manera enquista en parte el problema, aunque siguen funcionando como realidades fragmentadas”, matiza Elsa Aimé, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE.

“La tendencia lleva a hablar de esta realidad del yihadismo en términos esencialistas, esto es, limitándolo al fundamentalismo religioso y al terrorismo. Sin embargo, hay que tener en cuenta también la realidad local de cada país, el escenario regional y el panorama internacional”, detalla la experta, quien subraya precisamente cómo la naturaleza de estos Estados africanos alimenta su presencia: “Son poco garantistas y actúan con criterios arbitrarios en la defensa de derechos de los ciudadanos; un escenario que es un caldo de cultivo para los extremismos: corrupción, distribución de los recursos, falta de perspectivas para la juventud...”.

Si a ello se le une la eclosión de estos movimientos radicales tras la caída de Gadafi en Libia, y los intereses internacionales que evolucionan hacia un respaldo económico externo –por ejemplo, en el control del petróleo en Nigeria o del uranio de Malí–, “tenemos elementos más que suficientes para pensar en algo más que en un fundamentalismo religioso”, argumenta Aimé.

Consciente de que nos encontramos “ante un fenómeno creciente”, la profesora de ICAI-ICADE no cree en soluciones a corto plazo para atajar la expansión de estas milicias islamistas. “Medidas militaristas, como la Operación Serval que Francia aplicó en Malí en 2013, no tienen sentido si no se acompañan de una política que ahonde en una realidad «micro» y a largo plazo. Sin compromiso local, es complicado llegar a esa población objeto de la radicalización y a esa juventud que pueda tomar las riendas de su pueblo o sumarse a estos movimientos”.

Aimé pone énfasis en otro factor determinante para redimensionar la presión de estos grupos: “Entre las medidas «macro» y «micro», se hace indispensable lograr una verdadera redistribución de la riqueza. No es ninguna tontería hablar de la pobreza como sustrato del yihadismo. No hay más que ver el polvorín de Nigeria, un   país rico en materias primas, pero cuyos beneficios no revierten en sus ciudadanos”.

 

Malí en el epicentro

Aunque el informe Global Terrorism Index 2016, sitúa precisamente a Nigeria como el país africano donde el impacto del terrorismo es mayor, de la mano de Boko Haram, lo cierto es que esta alianza del terror sitúa a Malí en el epicentro del yihadismo africano, desde donde lanzar operaciones hacia Níger, Burkina Faso y Costa de Marfil.

Manolo Gallego da fe de ello. Es un Misionero de África –padre blanco– destinado actualmente en Burkina Faso, en Bobo-Dioulasso, la segunda ciudad en importancia del país. Él está al frente de una nueva casa de acogida para los padres blancos de la región del oeste y centro de África, en la que además promueven la formación de los jóvenes. Su apostolado, sin embargo, lo ha desarrollado durante 35 años en Malí, lo que le hace esbozar con sencillez cómo la amenaza terrorista ha marcado a un país frágil de por sí: “El norte del país es muy  inestable, porque está en manos de yihadistas y tribus que se dedican al comercio de armas, al mercadeo de drogas... Esto hace que cualquier acuerdo de paz no dure ni dos semanas. En la capital se centra toda la vida política, económica y social, y esto ha provocado que sea objetivo de atentados para lograr mayor notoriedad. Y queda el sur, una zona relativamente tranquila donde el pueblo vive de la agricultura del algodón, el maíz...”.

Este escenario ha hecho que en el norte prácticamente hayan desaparecido los cristianos, fruto de la invasión yihadista que tuvo lugar entre 2012 y 2014. Huyeron hacia el sur, a Burkina y a Togo. “La situación y las relaciones no han vuelto a ser las de antes, en cuanto en una misma familia puede haber cristianos, animistas y musulmanes. Es cierto que el odio que se pudo generar en un principio se ha calmado, pero la desconfianza se ha apoderado de los católicos, al sentirse amenazados. El intento de imponer la ley islámica sobrevuela permanentemente”, advierte este misionero natural de Guadalajara.

 

El miedo se contagia

Eugenio Jover también es Misionero de África. Llegó a Burkina Faso en 1970, cuando nadie de su familia sabía localizar en el mapa este país, que en aquel entonces se llamaba Alto Volta. Tampoco se imaginaban por aquellas fechas que en 2017 sería uno de los nuevos campos de batalla del extremismo islámico. Eugenio vive en la parroquia de Arbinda, una población norteña en plena región del Sahel.

El 15 de enero de 2016, Uagadugú, capital de Burkina, sufrió una oleada de ataques terroristas a manos de milicias afines a Al Qaeda en el Magreb Islámico, que se saldó con una treintena de muertos de 18 nacionalidades diferentes. “En esos días secuestraron en nuestra zona a un médico austriaco y a su mujer. Ella fue liberada y a él le tienen retenido en Malí, cuidando enfermos de la milicia. En ese momento, las autoridades nos instaron a marcharnos, porque nuestras vidas también corrían peligro”, recuerda Eugenio; a raíz de aquellos sucesos, se han visto obligados a contratar dos guardias para que vigilen la misión día y noche en permanente contacto con la policía. “Ante el clima que se generó, convocamos a los ancianos del pueblo. Ellos nos reiteraron que era costumbre ancestral del pueblo proteger al forastero, que podíamos estar tranquilos”, explica.

Pero, hace dos meses, de nuevo las alarmas saltaron. Grupos islamistas radicales amenazaron a los profesores con “cortarles la garganta” si se negaban a enseñar el Corán en las aulas. La respuesta fue inmediata: muchos de ellos abandonaron sus puestos de trabajo. Hasta 400 escuelas se cerraron en la región de Djibo, a unos cien kilómetros de la parroquia de Jover. “Al principio la presión solo amedrentó a unos pocos, pero cuando asesinaron a un maestro que dejó su aula abierta y se mantuvo firme a las presiones, el pánico se apoderó de ellos. La población musulmana está en contra de los terroristas, pero tiene miedo”. Tanto es así que el obispo tuvo que evacuar a una comunidad de religiosas, que ya han regresado a su casa. “La firme actuación del Gobierno y el apoyo de las fuerzas de la coalición, que entraron hasta Malí, llevó a la muerte del cabecilla y, poco a poco, todo ha vuelto a la normalidad”, recapitula este padre blanco.

Al preguntarle que si con este escenario de inestabilidad ve posible asestarle un golpe de gracia al yihadismo, Eugenio contesta que “claro que es posible acabar con este extremismo religioso. La clave está en la educación, educar en la paz. Formar a los jóvenes y ofrecerles una oportunidad de futuro es la herramienta que puede tumbar cualquier radicalismo. El problema es que las nuevas generaciones se vean atrapadas en un bucle, lo que las aboca a ser carne de cañón para el adoctrinamiento”.

Trabajar por la paz desde el diálogo interreligioso es algo que fomentan los padres blancos desde los programas de promoción de la mujer. “A través de Cáritas hemos sacado adelante un proyecto para criar animales. A las cristianas les entregamos cerdos, y a las musulmanas, ovejas, una manera de que ellas puedan promover el autoabastecimiento y generar pequeños negocios. Lo hacemos con un compromiso: que, de las crías que les nazcan, den una a otra mujer que no tiene. Este gesto ha promovido la generosidad y el sentido de comunidad, al margen de la religión que profesen”, comenta orgulloso el sacerdote vallisoletano.

“En nuestra parroquia apenas tenemos una comunidad cristiana significativa. Está formada por funcionarios y estudiantes, de tal manera que, cuando llega el período vacacional, nos quedamos muy pocos”, explica este padre blanco, que, sin embargo, reconoce que “los musulmanes nos quieren y aprecian, aunque no muestran mucho interés por profundizar en el cristianismo. En parte creemos que no se atreven a dar el paso por la presión familiar y social que supone plantearse cambiar de religión”.

Esta realidad contrasta con la presencia en el sur de la región, donde los padres blancos cuentas con quince comunidades cristianas “muy vivas y que están creciendo”. Prueba de ello es que este año se han bautizado 52 adultos y confirmado otros 65.

 

Convivencia resquebrajada

Esta cultura de la sospecha y el resquebrajamiento de la convivencia se está apoderando también de la República Centroafricana, que ha sufrido en las últimas semanas los intentos por presentar como guerra entre religiones un conflicto que esconde otros intereses. Lo está viviendo en primera persona el misionero español Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, desde que el pasado 14 de mayo saliera ileso al ponerse como escudo humano para evitar que 600 guerrilleros anti-balaka –en teoría, católicos y animistas– acabaran con la vida de cientos de musulmanes. Aunque pudo frenarles, no logró evitar el asesinato del imán de la mezquita de la ciudad. El miedo entre la población musulmana ha sido tal que, entre su casa y la catedral, Aguirre ha dado refugio a 1.500 personas.

“Mi experiencia me dice que en Centroáfrica no existían problemas de convivencia interreligiosa hasta la llegada de los seleka, que atacaron selectivamente a los católicos. La crispación que se generó fue lo que llevó a Juan José a crear los comités de intermediación, con presencia de católicos, protestantes y musulmanes”, explica Miguel Aguirre, hermano del obispo y presidente de la Fundación Bangassou. “Esto ha permitido que durante más de dos años el diálogo interreligioso estuviera por encima de cualquier diferencia. El problema es que, cuando salta una chispa como esta, todo el trabajo realizado se viene al traste y se retoma el ojo por ojo”.

Los hermanos Aguirre están convencidos de que la República Centroafricana es un objetivo estratégico de los yihadistas: “Todo esto está financiado por los países del Golfo Pérsico. Saben que la     Rep. Centroafricana es un país débil, que sería fácil de colonizar con un islamismo extremo para, desde ahí, contagiar al Congo, Sudán o Costa de Marfil”.

 Olivier Zoure es, precisamente, un sacerdote marfileño, que estudia Derecho Canónico en España desde 2012 y que da fe de que la convivencia entre religiones es real. “Mis padres son cristianos, tengo dos hermanos y dos hermanas y hemos recibido una educación cristiana. Pero tengo tíos y tías, y también primos y primas, musulmanes. Nunca ha habido problema entre nosotros. Siempre hemos vivido en perfecta armonía. Fui al cole con muchos musulmanes y, en mis primeros años como sacerdote, tuve asimismo muchos amigos islámicos, con quienes compartía experiencias sin ningún problema”, comenta Olivier, que insta a “no tener miedo o desconfianza hacia los musulmanes. Son buena gente, no hay que generalizar y decir que son malos. En toda religión encontramos fundamentalistas, y eso es lo que es pernicioso”.

Conocedor de la situación vivida en otros países como Nigeria, está convencido de que la solución pasa por el diálogo: “La Iglesia tiene que ayudar el Estado en la búsqueda de soluciones. Los católicos y las comunidades eclesiales locales (anglicanos, protestantes...) tienen que unirse. Todo el país ha de sentirse responsable de lo que está pasando en el norte, ya que el conflicto se extendió a los países vecinos, como Camerún, Chad y Níger. Tiene que haber más compromisos por parte de los países desarrollados para ayudar a Nigeria a solucionar este problema, que es una amenaza global”.

Volver a sumario