Medidas contra el yihadismo

   

El yihadismo trata de conformar conciencias a su antojo, valiéndose del arma que mejor sabe utilizar: el terror. Los recientes atentados con los que se ha hecho presente en Europa, los no tan conocidos ataques –al menos, en el mundo occidental– con que desangra a las comunidades musulmanes de Oriente Medio, su auge en un África donde se practicaba y se practica un islam más convivencial con las otras religiones, su despertar en países incluso del Lejano Oriente... son hechos preocupantes, que ponen de manifiesto una terrible realidad: el fundamentalismo islámico quizás esté perdiendo la guerra sobre el campo de batalla, pero puede ganar en lo propagandístico e ideológico si no se acometen medidas de inmediato.

En Occidente, en los países de tradición cristiana, cada vez hay una mayor asociación del islam con una religión de masacres y conversiones forzadas, de violencia y de no respeto de los derechos fundamentales. El Estado Islámico está consiguiendo que se les identifique con el “verdadero rostro del islam”, y esto es una gran victoria para ellos, por cuanto despierta sentimientos islamófobos, un miedo a ser invadidos, un clima de desconfianza –del que los grandes perjudicados son los refugiados y emigrantes– que beneficia a los intereses de los yihadistas. Se genera un clima de tensión y de violencia que es el caldo de cultivo ideal en  el que el fundamentalismo puede captar adeptos para su causa.

Afrontar esta situación requiere importantes esfuerzos por parte de todos, pero en especial del mundo musulmán. El contacto entre el islam y la modernidad no puede ser aplazado. Como ha manifestado la organización juvenil musulmana más grande del mundo, Gerakan Pemuda Ansor, con sede en Indonesia, se necesita un nuevo examen del Corán para adaptarlo a los tiempos actuales. En su opinión, se trata de un ejercicio imprescindible para establecer una nueva hoja de ruta estratégica que evite los estallidos de violencia y clarifique la relación entre musulmanes y no musulmanes. Porque, de lo contrario, “se verá un continuo derramamiento de sangre en los países musulmanes que podría amenazar a la humanidad”, debido a “la gran discrepancia que hay entre la estructura de la ortodoxia islámica, que se aferra a las enseñanzas de la era medieval, y el contexto de la realidad actual de los musulmanes”. En este sentido, instituciones como Al Zahar, la universidad más influyente y representativa del islam suní –y que, no sin motivo, el papa Francisco visitó en su reciente viaje a Egipto, para alentar su trabajo de reforma–, tienen mucho que decir.

Pero no todo el empeño ha de ser de la comunidad musulmana. A los demás toca acompañar. Como acertadamente ha señalado Francisco, es necesario “hacer frente a las divergencias con la paciencia valiente del diálogo y de la diplomacia, con iniciativas de encuentro y de paz, y no con la exhibición de la fuerza y su uso precipitado y desconsiderado”, con que el terror tienta a las sociedades y, menos comprensiblemente, a algunos dirigentes de países. “Es indispensable además –ha añadido el Papa– aislar a quien trate de transformar una pertenencia y una identidad religiosa en motivo de odio hacia los otros”. Sin olvidar tampoco la cuestión económica, una justicia social distributiva que ponga el bien común y al ser humano en el centro de su interés. Una titánica tarea que no podemos rehuir.

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