LA FAMILIA VICENCIANA CUMPLE 400 AÑOS

   

El carisma de san Vicente de Paúl, fundador de la numerosa familia vicenciana –Padres Paúles, Hijas de la Caridad…–, cumple 400 años. Una obra admirable y gigantesca, que se adelantó a su tiempo para cultivar el gran árbol de la caridad en favor de los más necesitados.

Por Ximena de Angulo

 

El papa citó el Decreto ad GentesNo se sabe a ciencia cierta dónde nació. Que no hay papeles que den fe de tan feliz suceso. Por aquel entonces, en la vieja Europa todavía no era norma ni costumbre certificar, en documento público, la identidad de los nacidos. Estamos hablando de finales del siglo XVI, y la buena usanza de registrar por escrito los nacimientos no comienza hasta casi un siglo más tarde: en torno a 1650. Pero la verdad es que, para los más, el fundador de la Congregación de la Misión, Vicente de Paúl y Mora –que así se llama nuestro protagonista–, es un sacerdote francés de pura cepa, nacido en la aldea de Pouy, en las Landas, cerca de Dax, a mitad de camino entre Bayona y Mont de Marsan. Hijo de una humilde familia campesina, Vicente nació el 24 de abril de 1581.

Eran tiempos muy otros: en España, entonces, reinaba Felipe II, que también estaba a punto de ser coronado rey de Portugal. Por aquellos días, vivían en Francia 16 millones de personas. Y en toda la Península Ibérica, otros diez millones: siete en España y tres en Portugal. Vincente fue el tercero de seis hermanos. Y, siendo todavía muchacho, hubo de contribuir al sostenimiento de la economía familiar desempeñando, entre otros, el oficio de pastor de ovejas...

Pero Vicente era un rapaz capaz, inteligente y avispado por demás. Tanto, que un juez de su tierra, consciente de su valía, decidió costearle los estudios eclesiásticos. El 23 de septiembre de 1600, el joven Vicente –solo tenía 19 años– fue ordenado sacerdote. Que el bueno de Vicente fue, sin duda, un adelantado a su tiempo bien lo prueba el que, siendo ya presbítero, siguió “oliendo a oveja” –¡y mucho!– durante todos los días de su vida. Eso, precisamente, es lo que el papa Francisco ha pedido ahora, 400 años después, a todos los sacerdotes. Fue en la homilía de su primera misa crismal en la basílica de San Pedro, el Jueves Santo 28 de marzo de 2013: más sacerdotes con menos caras tristes, y más olor a oveja, reclamó el Papa rioplatense.

 

En busca de las raíces

En casos como este, suele acontecer que, cuando las pruebas de las raíces de tal o cual personaje histórico sobresaliente brillan por su ausencia, unos y otros siempre barren para casa. Todos tratan de arrimar el ascua a su sardina. Por eso, hay quienes defienden que no sería tan descabellado naturalizar a Vicente de Paúl como vasco del norte. Y es bien cierto, puesto que en Iparralde nació. Sin embargo..., sus apellidos no evocan, para nada, las raíces vascas que se le pretenden colgar.

El papa citó el Decreto ad GentesY otros, en fin, dicen que de eso, nada. Que no era vasco. Que tampoco francés. Y ni siguiera vasco-francés. Que Vicente de Paúl nació a este lado del Pirineo, a 300 kilómetros al sur de las Landas. Que el sobredicho santo tuvo su cuna por tierras de Huesca. Que era natural de Tamarite de Litera, más allá de Barbastro y Monzón. Pero... los papeles también brillan por su ausencia entre los que quieren hacerle aragonés. Que la Guerra Civil redujo a pavesas todos los archivos parroquiales y municipales de la zona. Con todo, no deja de resultar chocante que el primer historiador de nuestro santo, el  sacerdote Luis Abelly, quien fuera vicario general de Bayona y que visitó la aldea de Pouy a cuatro años tan solo de la muerte de Vicente, no encontrara, en dicho lugar, rastro alguno sobre los abuelos y demás parientes antecesores de nuestro mirífico fundador.

Por todo eso, bien podemos afirmar, como el bueno de Cervantes, que hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben. Aunque, por conjeturas verosímiles –los apellidos Paúl y Mora son gentilicios muy propios del Alto Aragón–, no sería tan pretencioso decirle aragonés. Con todo, la baza que más pesa sigue siendo la primera: san Vicente era franco y galo por los cuatro costados, nacido en el Berceau de Saint Vincent de Paul, “Cuna de San Vicente de Paúl”, que así ha sido rebautizada ahora Pouy, su aldea natal. Pero que fuera de aquende o allende los Pirineos no es lo más esencial de nuestra historia; que eso importa poco a nuestro cuento. Basta con que en esta narración no nos salgamos un punto de la verdad.

 

El árbol de la caridad

Lo verdaderamente importante, admirable, principal y más verídico es la gigantesca obra en favor de los más necesitados de la Tierra que este hombre sin par, anticipado a su época, fue capaz de poner en marcha con la ayuda de otra no menos admirable y grande mujer: Luisa de Marillac. De ella sí tenemos certeza de que nació en París. Que era de familia noble y que, tras enviudar, retomó su viejo proyecto, nunca agostado en su corazón, de abrazar la vida espiritual y, desde allí, humanizar hasta el extremo la atención a los más necesitados.

El fruto de esa inquietud, al cabo, cristalizó en una profunda reforma de la atención que entonces se prodigaba en los hospitales, orfanatos, casas de expósitos, asilos, hogares de adopción, instituciones psiquiátricas, centros de ayuda... Luisa de Marillac, que había tenido por confesor a san Francisco de Sales, patrón de los periodistas, tropezó con Vicente de Paúl en 1625, el mismo año que enviudó.

Ambos, una y otro, Luisa y Vicente, comenzaron a cultivar el gran árbol de la caridad. Que buena falta le hacía a la sociedad francesa de aquellos tiempos: la mortalidad infantil alcanzaba al 50% de los nacidos, la media de vida rondaba los 30 años, el 40% de las muertes eran causadas por las epidemias, el analfabetismo era casi total... Y, más en la sombra, pero no menos admirable, una tercera mujer: Margarita Naseau (1594-1633).

El papa citó el Decreto ad GentesEl propio Vicente de Paúl dirá más tarde, a propósito de esta humilde campesina de Suresnes, tercera piedra angular de ese gran edificio que estaban construyendo al servicio de los excluidos, que “Margarita es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás..., aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra, más que a Dios”. Margarita se hizo sierva de los más abandonados. Y su estilo resultó tremendamente contagioso. Como ocurre con las cosas divinas, poco a poco, sin ruidos ni alharacas, comenzaba así a brotar la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Estaba naciendo una idea revolucionaria, un nuevo estilo, una sociedad que no pretendía ser otra orden religiosa al uso. Las Hijas de la Caridad querían ser servidoras de Dios con traje de faena seglar. No: contemplativas. Tampoco: de clausura. Bien lo precisó el bueno de san Vicente: “Tendréis por monasterio las casas de los enfermos; por celda, una habitación de alquiler; por capilla, la iglesia del lugar; por claustro, las calles de la ciudad o las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por reja, el temor de Dios; por velo, la santa modestia. Y, en principio, no hace falta nada más...”.

Estaba naciendo un estilo nuevo de servir a Cristo que sufre en el pobre y en el enfermo. Margarita, a la sombra de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, abrió una senda en la Iglesia del siglo XVII. Margarita puso en práctica esa nueva forma de entender la vida consagrada. Los tres fueron fieles a las sugerencias que les susurraba la Divina Providencia, encarnada en el pobre concreto de cada día. Estaba comenzando a surgir un nuevo carisma.

Hoy, aquel incipiente arbolito se ha convertido en un recio y robusto roble, que ya es ultracentenario. Nació en 1625, año de la rendición de Breda. Y, en pie sigue, firme y sin claudicar, sólidamente arraigado y prodigando ayuda, sombra y cobijo a diestro y siniestro entre los pobres. Precisamente por estos días cumple sus primeros 400 años de vida. Por eso, sus herederos han elegido este 2017 para declararlo año jubilar de toda la numerosa familia vicenciana. Año que quiere celebrar, más que el preciso momento de tal o cual fundación, el surgimiento del carisma vicenciano.

 

Una gran familia

La Congregación de la Misión, popularmente conocida como Padres Paúles, lazaristas o vicentinos, y las Hijas de la Caridad, puestas en marcha con la fundamental ayuda y colaboración de la no menos admirable Luisa de Marillac –santa, como Vicente–, son las dos grandes ramas que conforman este gran árbol de caridad. Pero no son las únicas. Que también circula savia vicenciana por la Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl (AIC); y por la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP); y por la Asociación de la Medalla Milagrosa (AMM); y por las Juventudes Marianas Vicencianas (JMV); y por los Misioneros Seglares Vicencianos (Misevi)...; y por todos los que, de alguna forma, simpatizan y sintonizan con el legado de amor, misericordia, caridad y justicia que nos dejaron san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, dos grandes pioneros que, con cuatro siglos de anticipación, enarbolaron la bandera evangélica de la “opción preferencial por los pobres”. Entonces no la denominaron exactamente así, como harían más tarde, los obispos del Nuevo Mundo en su III Conferencia General, celebrada en 1979 en la mexicana ciudad de Puebla. En lugar de “opción preferencial”, Luisa y Vicente llegaron al convencimiento de que “nuestro lote son los pobres”. Y obraron en consecuencia. Otra terminología, sí. Pero el mismo espíritu.

El resultado de esa opción tan radical, de ese gran empeño en defensa de los excluidos, sigue vivo aquí, ahí, allá y acullá. Los Padres Paúles repartidos por todo el mundo son hoy, aproximadamente, 4.000. Tres centenares de ellos están en España. Y siguen floreciendo nuevas vocaciones; sobre todo, en el lejano Vietnam y en Filipinas. También, en Oceanía.

Las Hijas de la Caridad no son monjas. Ni siquiera “religiosas” en sentido estricto. La suya es una sociedad de vida apostólica. Y ni votos perpetuos tienen que profesar. Todas las hermanas renuevan su compromiso anual cada 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación. Las Hijas de la Caridad son actualmente una familia que ronda las 15.000 en todo el mundo. En España hay más de 4.000.

 

San Vicente, místico de la caridad

Actualmente, al frente de esa doble y numerosa tropa de combatientes de la caridad está un paisano del papa Francisco. El padre Tomaz Mavric, que así se llama, resultó elegido nuevo superior general de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad en julio del año pasado, en Chicago, durante la XLII Asamblea General de la Congregación de la Misión.

Y ¿quién es el padre Mavric? Él mismo nos lo cuenta: “Nací en Buenos Aires. Mis padres salieron de Eslovenia, huyendo del comunismo, en 1945. Tras tres años en un campo de refugiados en Austria, llegaron a Argentina en 1948. Se conocieron, se casaron... Somos tres hermanos y dos hermanas. Mi padre murió en 1989. Mi mamá vive en San Carlos de Bariloche, donde los vicentinos tenemos la parroquia de la Medalla Milagrosa.

Después de la secundaria, pedí unirme a la Congregación de la Misión. Entré a la provincia de Yugoslavia, de la que eran parte Eslovenia, Croacia y Macedonia. Hice el seminario en Belgrado, Serbia, y, en 1977, comencé la Filosofía en Liubliana. Ordenado en 1983, fui enviado a Canadá: diez años en Toronto. Luego, tres en Eslovenia. Pedí al superior general, padre Robert Maloney, ir a las misiones internacionales. Justo en ese momento pensaban abrir una misión en Rusia, en los Urales. El padre Maloney me envió junto a un hermano polaco a esa misión. Era el año 1997. Estuve cuatro años en la ciudad de Niutalagil, en los Urales. Durante esos años, en 2001, se fundó la viceprovincia de los Santos Cirilo y Metodio, que incluye a Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Mi visitador me mandó a un curso de formación a Irlanda: un año, en Dublín. Después, otro año acompañando a nuestros seminaristas en Eslovaquia. En 2004, fui destinado a la Casa General, hasta hoy”.

De cara al futuro, el padre Tomaz Mavrik sueña con hacer realidad la reflexión propuesta por un hermano de Italia, quien empezó a desarrollar la idea de Vicente como místico de la caridad. “En los años recientes –señala–, otro hermano, Hugo O’Donnell, de Estados Unidos, siguió profundizando en ese planteamiento: Vicente, como místico de la caridad...”. Y añade: “Creo que es una maravillosa oportunidad para nosotros, como familia vicentina, profundizar en esta idea. El teólogo Karl Rahner, al final del siglo XX, escribió estas palabras que suenan bien proféticas: «El cristiano del siglo XXI va a ser místico. Si no, tampoco será cristiano». Yo veo esto como una hermosa invitación para nosotros. Debemos pensar en nuestro fundador, en su carisma, en su espiritualidad, y reflexionar y profundizar esa frase y esta idea: Vicente de Paúl, místico de la caridad. Y cómo nosotros podemos serlo también en nuestras propias vidas”.

Son 400 años los que cumple este carisma y, para terminar, desearíamos saber cuál es, en opinión del padre Tomaz, el signo más elocuente que la familia vicentina debe dar al mundo de hoy. No tiene ninguna duda: “Nuestra espiritualidad está centrada en Cristo y la Encarnación, la Trinidad, la Eucaristía, el amor a la Virgen María... Profundizar en nosotros la espiritualidad a la que fuimos llamados a vivir nos va a llevar a los pobres, nos va a acercar más y más a ellos. Vamos a encontrar las respuestas que hoy el mundo necesita, especialmente los pobres. Es lo que veo como signo de nuestros tiempos y, nuevamente, la Providencia nos va a ir marcando las necesidades...”.

El 27 de septiembre del año 1660 ocurrió algo hermoso en la ciudad de París. Lo dicen las crónicas de la época: en esa fecha, a las 4:45 de la madrugada, Vicente de Paúl murió en el antiguo priorato de San Lázaro. Entonces no había teléfonos celulares, y las redes sociales e Internet brillaban por su ausencia. Sin embargo, la noticia de su muerte se propagó como la pólvora. Y ocurrió algo bien inesperado: una multitud inmensa de pobres, mendigos andrajosos, marginados y excluidos sociales acudió, en tropel, para dar su último adiós emocionado a quien había tomado partido por ellos y había entregado y dedicado todos los días de su vida a defender y hacer valer su dignidad.

 

 

 

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