MUROS, historias de pena y vergüenza

   

Desde que el mundo es mundo, el hombre siempre ha levantado barreras para preservar lo suyo: cercas en los campos, murallas en las ciudades... Hace miles de años, no hacerlo suponía una muerte segura, pues luchaba por su supervivencia. Hoy ya no es así. Y, además, los muros que se construyen ya no delimitan propiedades o ciudades, sino países enteros. El que planea Trump en la frontera con México no es el único. Y, se diga lo que se diga, el objetivo de casi todos ellos no es tanto garantizar la seguridad, cuanto evitar la llegada de nuevos pobres. Estos son los muros de la vergüenza de nuestros días.

Por José Ignacio Rivarés

 

 

“El muro se construirá. Y lo pagará México”. Donald Trump repitió esta frase durante toda la campaña electoral que acabó aupándole a la Presidencia de los Estados Unidos. Parecía un “mantra”, una ocurrencia, una medida populista más, ideada por el histriónico candidato para ganar votos. Pero no. Lo primero que hizo el estrafalario magnate al llegar al Despacho Oval en enero fue firmar la orden ejecutiva que instaba a construir el cacareado muro. Mejor dicho: a completar el ya existente, porque la frontera sur de la primera potencia mundial –a diferencia de la norte, claro– ya está a medio vallar, con una barrera tanto física como electrónica que incluye sensores infrarrojos, helicópteros, drones... y a miles de agentes patrullando para interceptar a los indocumentados que osen pasar.

Ahora, Trump se dispone a blindar los aproximadamente 2.000 kilómetros que faltan por “proteger” con “un muro grande, enorme, bonito”, que –según alardeaba– acabará llevando su nombre, a semejanza del que mandó erigir el emperador romano Adriano en Britania. El coste de la faraónica infraestructura, valorado hace un año por él mismo, tras “un simple cálculo”, en unos 8.000 millones de dólares, lo cifra ahora el Departamento de Seguridad Nacional en 21.600 millones, aunque la opinión más extendida es que acabará superando los 25.000. Su construcción, además, entra en conflicto con al menos siete leyes de protección del medio ambiente y del patrimonio cultural estadounidenses, empezando por el tratado internacional firmado con México sobre el uso de las aguas del río Grande.

Al sucesor de Barack Obama parecen importarle más bien poco estos obstáculos. La obra se hará. Al coste que sea. Hay que acabar –vino a decir en campaña– con ese coladero por el que nos llegan todos esos mexicanos delincuentes que, además, nos quitan el trabajo. Otro tópico populista más, claro. Porque lo cierto es que desde 2008 Estados Unidos tiene un saldo migratorio negativo: es decir, de allí sale más gente de la que entra. Y no solo eso: entre el 50% y el 75% de quienes llegan no lo hacen violando la ley o cruzando el muro de la discordia, sino como Dios manda, con un visado, franqueando el detector de metales de un aeropuerto nacional... y quedándose luego a residir allí de manera irregular. Si esto es así, como es, entonces, ¿para qué el nuevo muro?, cabe preguntarse. ¿Para combatir la inmigración? ¿Por seguridad, para luchar más eficazmente contra el terrorismo yihadista, como parece dar a entender la polémica e inconstitucional orden ejecutiva que restringe el acceso a los ciudadanos de siete países y religión musulmana? ¿O, simplemente, por megalomanía?

 

Muros militares

El ser humano siempre se ha servido de los accidentes naturales para protegerse. Las montañas, ríos, lagos o cordilleras que delimitan muchas de las actuales fronteras han desempeñado continuamente un papel defensor del territorio. Y cuando un reino no ha tenido garantizada su defensa, sus gobernantes han ordenado levantar muros. La historia nos ha legado dos edificaciones especialmente grandiosas: la Gran Muralla China y el citado muro de Adriano. La primera es, junto a las pirámides egipcias, la mayor obra de ingeniería del mundo, hasta el punto de que –se dice– resulta visible desde el espacio. Son 7.000 kilómetros de edificación, cuya fisonomía actual data de los siglos XV y XVI, pero que fueron levantados sobre barreras defensivas anteriores a la era cristiana. Su función, obviamente, era proteger el imperio de los ataques de los nómadas de la estepa, los bárbaros mongoles. Se conserva solo un tercio de la misma: inicialmente se extendía desde la frontera con Corea hasta el desierto de Gobi, a lo largo de más de 21.000 kilómetros. El muro de Adriano, por su parte, data del siglo II d. C. y fue levantado tanto para proteger Britania (la actual Inglaterra) de los ataques de las tribus del norte (en lo que hoy es Escocia), como para regular las transacciones comerciales con dichos pueblos; de ahí que tuviera puertas cada kilómetro y medio, aproximadamente. Cruzaba la isla de este a oeste, a lo largo de más de cien kilómetros.

Pues bien: más allá de estas dos colosales construcciones, en siglos de historia el hombre apenas ha amurallado nada que no fueran sus propias ciudades. En los últimos cien años, sin embargo, han proliferado por doquier un sinnúmero de vallas y barreras de toda clase y condición: físicas, electrónicas, a base de minas... Las hay con un propósito meramente defensivo o militar, las que buscan frenar la inmigración irregular y las que, simplemente, tienen por objeto separar a ricos de pobres.

Pero vayamos por partes. En el mundo hay un buen puñado de “muros militares”. Uno de los más longevos es la “zona desmilitarizada” que separa las dos Coreas. Se trata de una franja de cuatro kilómetros de ancho y 250 de largo, que delimita la frontera establecida entre ambos países, en 1953, en torno al paralelo 38. Similar a ella es la Línea Verde que, desde 1974, divide Chipre en dos: una parte filogriega (la República de Chipre) y otra filoturca (la República Turca del Norte de Chipre). Al igual que el Muro de Berlín en su día, la Línea Verde, que en total se prolonga 180 kilómetros, parte también Nicosia (la capital) en dos.

Veterana es también –comenzó a levantarse en 1980– la red de muros, alambradas y fortificaciones que se extienden por casi la mitad de los 2.900 kilómetros de frontera que comparten otros dos enemigos irreconciliables, potencias nucleares ambos: India y Pakistán. Y no menos solera presenta asimismo el “muro” levantado por Marruecos en el Sáhara a partir de 1980. Se trata de una tupida red de seis u ocho paredes de arena, alambre de espino, zanjas y campos de minas que se prolonga a lo largo de 2.700 kilómetros. Defendido por más de 100.000 soldados, su misión es proteger el Sáhara Occidental (anexionado de hecho, que no de derecho, por Marruecos en 1975) y sus ricos yacimientos de posibles incursiones del Frente Polisario.

En el desierto también, otros dos países, Arabia y Kuwait, han levantado o ampliado sus edificaciones defensivas en los últimos tiempos. Kuwait alzó una barrera similar a la marroquí –con alambradas, paredes de arena y electrificada– en su frontera con Irak, para protegerse de una hipotética nueva invasión como la lanzada por Sadam Husein en 1989, que desencadenó la Primera Guerra del Golfo. Sus 190 kilómetros iniciales fueron reforzados en 2004 con otros 207. Arabia, por su parte, está haciendo lo mismo, pero a lo bruto. Aquí la barrera, de siete metros de altura, tendrá a su conclusión 9.000 kilómetros (de los que ya se han construido unos 900), y protegerá no solo su frontera con Irak, sino también las que comparte con Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait, Jordania y Yemen. Por cierto, en el pasado, miles de personas procedentes del sureste de África han tratado de llegar a la rica Arabia y a los emiratos vecinos a través de Yemen, una ruta migratoria de la que apenas se habla y que se ha cobrado cientos de vidas. Por su parte, Turquía concluyó también el pasado mes de enero una barrera de 330 kilómetros. Coronada con alambres de púas, se halla en su frontera con Irak y Siria.

El último de los muros “militares” es uno de los más conocidos: el que Israel, saltándose a la torera el derecho internacional (el Tribunal de La Haya lo declaró ilegal) levanta en Cisjordania desde 2002, supuestamente para combatir el terrorismo palestino. Se trata de una barrera que, cuando esté acabada, tendrá 721 kilómetros y, de paso, habrá confiscado el 12% de los territorios palestinos. Está fabricada a base de alambradas, placas de cemento de hasta ocho metros de altura y sensores de movimiento. Pese a ser el mayor, no es el único que construye este país. En su frontera con Líbano, Tel Aviv ha edificado también una valla de cerca de un kilómetro de extensión, y entre cinco y seis metros de altura; otra cerca de decenas de kilómetros se extiende asimismo a lo largo de la frontera con Gaza; y en el límite con Egipto, separando los desiertos del Sinaí y del Neguev, trabaja en otra pared de hormigón y alambradas electrificadas de 240 kilómetros de largo. Israel y Egipto firmaron la paz hace años, de modo que es lógico pensar que lo que realmente pretende esta última barrera es impedir la llegada a los muchos sin papeles africanos que buscan una oportunidad en su próspera economía. 

 

Muros antiinmigrantes

La segunda clase de muros que proliferan en el planeta buscan precisamente esto: contener la inmigración irregular. A este apartado pertenecen, además del de la frontera entre Estados Unidos y México (que ha causado más de 10.000 muertes desde que Bill Clinton ordenara su construcción en 1994), las verjas de Ceuta y Melilla y el llamado muro Evros, entre otros. Las verjas de Ceuta (8,2 kilómetros) y Melilla (12 kilómetros) son de sobra conocidas. Cada una consiste en una doble valla de hasta seis metros de altura, donde se pusieron incluso cuchillas, las tristemente célebres “concertinas”, muy criticadas por causar graves heridas a quienes intentaban saltarlas.

Grecia, por su parte, levantó en el año 2012 otro muro antiinmigrantes en su frontera con Turquía. Se trata del citado muro Evros, que tiene cuatro metros de altura (coronados con alambre de espino) y que se extiende a lo largo de 10,3 kilómetros. En esa pequeña lengua de tierra (los otros 190 kilómetros de frontera común los delimita el río Evros) fueron interceptados en 2011, antes por tanto de levantarse la barrera artificial, un total de 57.000 personas que se dirigían a la rica Europa. Se trata de gente que luego ha intentado hacer realidad su sueño echándose al Egeo o intentando vadear el río. A los primeros, los del mar, los hemos visto en los informativos: ahogados en una playa, llegando medio muertos a Lesbos o esperando un destino incierto en los campamentos de refugiados, ateridos de frío... De los segundos, sin embargo, los que intentan vadear el río, apenas se habla. Y 112 de ellos se dejaron la vida allí entre 2010 y 2012, según la policía griega, aunque el muftí de la provincia asegura haber enterrado él mismo a unos 400. “Algunos cadáveres llegaban incluso mutilados por haber pisado las minas que hay en la frontera”, dijo en su día a la prensa.

El griego de Evros, en cualquier caso, no es el único muro que va a dejar la crisis de refugiados en Europa. En Hungría, el Gobierno conservador de Viktor Orban inició en el verano de 2015 la construcción de una barrera de 177 kilómetros a lo largo de su frontera con Serbia, para impedir futuras avalanchas. Y Croacia, Bulgaria, Eslovenia, Macedonia y Austria están siguiendo el ejemplo. A mediados del pasado mes de febrero, los ministros de Defensa e Interior de una docena de países europeos, miembros y no miembros de la UE, decidieron en Viena militarizar las fronteras de los Balcanes y reforzar o completar las vallas antiinmigrantes existentes.

África también cuenta con un muro. Se halla en la frontera de Botsuana con Zimbabue y consta de 500 kilómetros de valla electrificada. Botsuana comenzó a construirlo en 2003, supuestamente para impedir la propagación de la fiebre aftosa en el ganado. 

 

Muros racistas y antipobres

La tercera clase de muros son seguramente los menos conocidos y, probablemente, los más vergonzosos de todos. Se trata de los muros racistas y antipobres. A los primeros pertenecen, por ejemplo, las catorce vallas que hay en otras tantas localidades de Eslovaquia, para separar a sus habitantes de la población gitana. Este país, de 5,4 millones de habitantes, miembro de la UE, cuenta, en efecto, con una importante población romaní (unas 106.000 personas, según el censo oficial; más de 350.000 en la práctica); gentes que, desde 2009, están siendo encerradas en “sus” barrios por vallas segregadoras. Una práctica, en definitiva, similar al confinamiento en un gueto,    algo propio de una época que se creía felizmente superada.

Otro muro separador –más bien, un buen puñado de ellos– lo encontramos en Irlanda del Norte. Aquí, las comunidades católica y protestante están físicamente separadas desde hace años para evitar conflictos, aunque desde la firma de los acuerdos de paz de Viernes Santo (1998) la violencia haya prácticamente desaparecido. El muro de Belfast se construyó en 1969 y, tras él, se erigieron cerca de un centenar más en la zona. Algunos tienen solo unos cientos de metros, mientras que otros se prolongan por varios kilómetros. En total, las barreras aquí suman unos 20 kilómetros. Hoy constituyen un atractivo turístico más, gracias a sus grafitis.

Los muros antipobres, por último, son también una triste realidad en muchos países. Citaremos unos cuantos. En Lima, por ejemplo, encontramos una cerca que, a lo largo de 10 kilómetros, separa una de las urbanizaciones más ricas de la ciudad (Las Casuarinas) de los pueblos-miseria anexos, en cuyas chabolas no hay ni luz ni agua; en Buenos Aires, en su etapa como gobernador, el actual presidente argentino, Mauricio Macri, ordenó rodear con una cerca la llamada Villa 31, para que la miseria de sus 45.000 habitantes no pudiese ser vista desde las autopistas que la circunvalan; en Río de Janeiro (Brasil) se levantó en 2009 un muro de 11 kilómetros para delimitar el perímetro de las once favelas ubicadas en la “zona noble” de la ciudad, medida que se quiso disfrazar como medioambiental; y en la ciudad italiana de Padua se levantó en 2006 una valla de metal de 84 metros de longitud y tres de altura para separar a los residentes de una zona de inmigrantes especialmente conflictiva. 

 

Puentes, no muros

Hasta aquí, el recorrido por los muros que se alzan por el mundo. Todos ellos, como puede verse, son barreras que nacen del miedo y del egoísmo: el temor al otro, al diferente, al que no tiene nada, al desesperado... A comienzos de febrero, el papa Francisco volvió a insistir en la necesidad de tender la mano a quienes llaman a nuestras fronteras. “Apelo –dijo en una de sus catequesis– a no crear muros, sino a construir puentes”. No citó expresamente a Trump, pero el contexto era inequívoco. No era la primera vez que el Papa hacía este llamamiento ni seguramente será la última, porque la defensa de los hermanos inmigrantes está en la esencia misma del cristianismo, y Francisco, desde que llegó a la Cátedra de Pedro, ha hecho de ella su propia causa: clamó en la isla italiana de Lampedusa, en julio de 2013, contra la muerte de miles de ellos, ahogados en el Mediterráneo; visitó en abril de 2016 la isla griega de Lesbos, lugar de llegada de innumerables refugiados sirios; y rompió una lanza a su favor en su visita a los Estados Unidos en septiembre de 2015. Allí, en efecto, en el Capitolio, donde se presentó como un “hijo de inmigrantes”, pidió a los legisladores de la primera potencia mundial que vieran en ellos no “números”, sino “personas”, y que diesen al problema migratorio una respuesta “humana, justa y fraterna”. “Recordemos la regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella»”, dijo aquel histórico día –era la primera vez que un Papa hablaba en ese foro–, citando el Evangelio de Mateo. Obviamente, Donald Trump, descendiente él mismo de inmigrantes y casado en dos ocasiones con inmigrantes, no le escuchó. Las últimas noticias a la hora de escribir estas líneas indican que la Administración estadounidense va a contratar 15.000 nuevos agentes de inmigración y que pronto comenzarán las expulsiones masivas, que recaerán sobre aquellos que lleven menos de tres años en el país. Millones de vidas hechas, rotas de la noche a la mañana. Un drama para miles de familias. Una pena y una vergüenza.

 

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