ANGOLA:
Crecimiento económico sumido en la pobrez

   

Tras varias décadas de guerra, desde 2002 la paz ha convertido a Angola en uno de los países africanos con mayor crecimiento económico. Pero la mayor parte de la población sigue sumida en la pobreza. Además, la corrupción y el régimen político dictatorial pesan mucho sobre la vida de sus ciudadanos.

 

Por José Carlos Rodríguez

 

 

 

A principios de febrero, el presidente de Angola, José Eduardo dos Santos, anunciaba que no será candidato por su partido, el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), a las elecciones presidenciales, previstas para este año 2017. En su empeño de dejarlo todo atado y bien atado, señaló al actual ministro de Defensa, João Lourenço, como su sucesor. En el poder desde 1979, Dos Santos es uno de los tres mandatarios con más años como presidente en todo el mundo. Durante sus casi cuatro décadas de gobierno, Angola ha conocido periodos de guerra muy cruenta, seguidos de una prosperidad envidiable que, sin embargo, no alcanza a la población.

Para entender la realidad de este país conviene empezar por su historia; concretamente, cinco siglos atrás. Desde finales del siglo XV, Portugal ha estado presente en Angola de diversas formas. La antigua metrópolis instaló, primero, puertos para abastecer a sus barcos que hacían la ruta de la India y, tras la Conferencia de Berlín de 1885, facilitó la llegada de miles de colonos que se instalaron en el interior. En 1951, el territorio –tan grande como dos veces Francia– se convirtió en “provincia de ultramar”. Durante los años siguientes, Portugal resistió la ola de las independencias y, en 1961, tres movimientos comenzaron una cruenta guerra anticolonial: el marxista Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), fundado por Agostinho Neto; el Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA), de Roberto Holden; y, cuatro años más tarde, la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), liderado por Jonas Savimbi.

Desde aquel año hasta 2002, Angola no conoció la paz. La independencia llegó en 1975 y, a partir de ese momento, los tres grupos citados se enredaron en una lucha por el poder. Tras la derrota del FNLA en 1976, la guerra continuó entre el MPLA y la UNITA. Al Gobierno lo apoyaron Cuba (que llegó a enviar 35.000 soldados) y la Unión Soviética, mientras que la UNITA recibió un enorme respaldo militar de Estados Unidos y de la Sudáfrica del apartheid. Así Angola se convirtió en uno de los escenarios africanos en los que se libró la guerra fría, utilizando ejércitos del Tercer Mundo, a veces de forma bastante rocambolesca. Por ejemplo, durante años los soldados cubanos protegieron las instalaciones petroleras de compañías estadounidenses contra ataques de la UNITA.

Pero el conflicto tuvo también connotaciones étnicas: el MPLA estaba dominado por élites de la costa, muchos de cuyos miembros eran mestizos, mientras que el apoyo a la UNITA vino de poblaciones del interior; sobre todo, de los ovimbundo de las zonas rurales del este. De este modo, muy astutamente, Savimbi jugó la carta del “africanismo” como base ideológica de su rebelión. Al mismo tiempo que se libraba la guerra civil, Angola se convirtió también en una base de entrenamiento para dos guerrillas: el ANC sudafricano y la SWAPO namibia.

El año 1991 marcó un punto de inflexión en el conflicto. Tras la larguísima batalla de Cuito Cuanavale, en 1988, se abrió un periodo de negociaciones y, tres años más tarde, Sudáfrica aceptó marcharse de Namibia y retirar su apoyo a la UNITA. Cuba también llamó a sus tropas de vuelta a casa y las dos grandes fuerzas en liza, el MPLA y la UNITA, decidieron cesar las hostilidades y organizar elecciones. Pero, cuando el MPLA ganó los comicios parlamentarios y presidenciales de 1992, la UNITA reanudó sus ataques y, en 1993, llegó a controlar tres cuartas partes del territorio angoleño. La firma de un nuevo acuerdo de paz en 1994 y la llegada de una misión de paz de la ONU sirvieron de poco. El país se hundió en un conflicto sin fin que lo dejó en ruinas, a pesar de que Estados Unidos cambió sus alianzas y no solo dejó de apoyar a Savimbi, sino que se convirtió en socio del presidente Dos Santos.

La agonía de la UNITA duró aún varios años y el golpe de gracia lo recibió con la muerte, en febrero de 2002, de su líder, Savimbi, en una emboscada. Pocas semanas después, la UNITA y el MPLA firmaban un alto el fuego permanente y el grupo rebelde aceptaba desmilitarizarse. Desde entonces, Angola ha reconstruido su maltrecha infraestructura, recuperado cientos de miles de minas y reasentado a los miles de refugiados que habían huido del país para escapar de los combates. El balance del conflicto fue trágico: alrededor de un millón de muertos, cuatro millones de desplazados internos, más de 500.000 refugiados en países de la región y millones de minas antipersona enterradas en tierras de cultivo y caminos, además de la destrucción de todas las infraestructuras y del aparato productivo del país.

 

Crecimiento económico para unos pocos

Con todo, durante las dos últimas décadas, Angola ha crecido a pasos agigantados, gracias a su enorme potencial económico; hasta el punto de que miles de portugueses en paro han emigrado a su antigua colonia en los últimos años para trabajar como fontaneros, electricistas o albañiles... a las órdenes de quienes hace pocos años eran sus sirvientes africanos, hoy convertidos en empresarios.

Angola es ya el segundo productor africano de petróleo, el quinto productor mundial de diamantes, tiene enormes reservas de pesca, extensísimas tierras de cultivo...; recursos más que suficientes para mantener dignamente a sus 24 millones de habitantes. Pero sufre la contradicción de tener altas tasas de crecimiento económico (alrededor del 8% en los últimos años) y, al mismo tiempo, ser uno de los países más pobres del mundo: ocupa el puesto 149 (de un total de 187) en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Baste con pensar que el 60% de su población es analfabeta, que la mayor parte de los angoleños vive con menos de dos dólares al día y que 80 de cada 1.000 niños mueren antes de alcanzar el primer año de vida.

El problema de fondo es la brecha que no deja de aumentar entre una élite privilegiada, con buenas conexiones con el partido en el poder, y la masa de población, mayoritariamente joven, que tiene un acceso muy limitado a la educación y al empleo. La capital, Luanda, una de las ciudades más caras del mundo, ha crecido enormemente durante los últimos años, llegando a los seis millones de habitantes (una cuarta parte de la población), dejando enormes zonas rurales vacías. El crecimiento ha sido auspiciado por China, que ejecuta trabajos públicos de gran envergadura, los cuales son pagados con petróleo. De hecho, se calcula que la mitad de su crudo va al país asiático. Pero la falta de diversificación de la economía explica que, con la caída de los precios del “oro negro” desde 2014, el Gobierno haya tenido que reducir su presupuesto varias veces, con drásticos recortes en servicios sociales y la devaluación de la kuanza, su moneda nacional. A pesar de estos ajustes, la defensa y la seguridad siguen recibiendo la mayor parte de los recursos del Estado. Un estudio publicado en 2015 por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz, de Estocolmo, revelaba que Angola es el segundo país africano en gasto de armamento, solo por detrás de Argelia.

La corrupción es otra rémora importante. Angola ocupa el lugar 153 en la lista de 177 países analizados por Transparency International. El último caso en saltar a la luz pública ha sido el del vicepresidente, Manuel Vicente, acusado  de cargos de corrupción, el pasado 16 de febrero, por el fiscal general del Estado en Portugal. La acusación afirma que Vicente –hasta el año pasado, favorito a suceder a Dos Santos– pagó unos 800.000 euros en sobornos para comprar el silencio de testigos en un caso de adquisición de un apartamento de lujo en Lisboa con fondos estatales. Anteriormente, hasta 2012, fue el director de la compañía estatal petrolera Sonantol, una posición de gran influencia que ahora ocupa la hija del presidente, Isabel Dos Santos, considerada por Forbes Internacional como la mayor fortuna de África, con un patrimonio personal neto estimado en 3.000 millones de dólares

En el plano internacional, en las últimas dos décadas Angola ha mostrado gran interés por desempeñar un papel de primer orden en la política internacional africana. Es miembro de la SADC (Comunidad para el Desarrollo de África Austral), de la CEEAC (Comunidad Económica de Estados de África Central) y de la ICGLR (Conferencia Internacional de la Región de los Grandes Lagos). En todas ellas ocupa un lugar destacado, gracias a su potente economía en expansión. En 1996 apoyó la rebelión que echó del poder a Mobutu Sese Seko en el entonces llamado Zaire, entre otras cosas porque UNITA tenía allí sus bases. Dos años más tarde, se puso del lado del presidente congoleño Laurent Kabila en la guerra contra Ruanda y Uganda, para defender los intereses de sus compañías mineras en el territorio de la R. D. del Congo. Antes, en 1993, Angola envió también tropas a la República del Congo para apoyar a Denis Sassou-Nguesso contra el presidente Pascal Lissouba durante la guerra civil. Desde 2014, el régimen de Dos Santos se ha interesado enormemente por la República Centroafricana, ofreciendo entrenamiento a su Ejército y facilitando conversaciones de paz entre varios grupos armados.

 

Una dictadura disfrazada de multipartidismo

Por lo que se refiere a su política, Angola es, al menos en teoría, una democracia multipartidista. Hay 120 partidos políticos registrados. Pero solo nueve de ellos participaron en las últimas elecciones, las de 2012, y únicamente cuatro cuentan con representación parlamentaria: el MPLA tiene mayoría absoluta, con 175 escaños, de un total de 220; UNITA dispone de 32; y los diputados de los otros dos partidos, el CASA-CE y el FNLA, se pueden contar cada uno con los dedos de una mano. El omnipotente MPLA ha regido los destinos de Angola desde 1975. Primero, hasta 1991, como partido único, y, desde entonces, como fuerza indiscutible. UNITA no ha logrado despegar desde que se transformó en partido político en 2003, bajo el liderazgo de Isaías Ngola Samakuva, que fue su representante en Europa durante los años de la guerra. Y es que su pasado de grupo guerrillero, responsable de enormes atrocidades contra la población, sigue pesando como un lastre. Ni este ni los otros dos partidos han conseguido capitalizar el descontento social, que no ha dejado de crecer durante los últimos años.

Pocas sorpresas se esperan para las elecciones que tendrán lugar este 2017. Con el control férreo que el MPLA ejerce sobre todos los resortes del poder y una oposición débil y dividida, no hay apenas ninguna perspectiva de cambio. La represión contra los rivales políticos ha sido durísima: en las últimas elecciones, de 2012, dos veteranos líderes políticos de la oposición, António Alves Kamulingue e Isaías Cassule, desaparecieron durante la campaña electoral, y sus cuerpos sin vida fueron descubiertos varias semanas después. En 2013 la policía invadió las oficinas centrales de los principales partidos de la oposición. Detuvieron a 300 militantes y mataron a otros tres; entre ellos, a Manuel Hilberto de Carvalho, ‘Ganga’, líder de la rama juvenil del partido CASA-CE.

Otros objetivos que sufren regularmente la represión del régimen angolano son los líderes sindicales y activistas de derechos humanos. Durante los últimos años, la policía ha usado métodos más que expeditivos para desalojar a miles de habitantes de barrios pobres de Angola, considerados como asentamientos ilegales; y periodistas como Rafael Marques –autor de un libro en el que se denunciaban los abusos del Ejército– han sufrido la cárcel.

Otro grupo que se siente marginado es el de los musulmanes. En diciembre de 2013 Angola se convirtió en el primer país del mundo en declarar el islam fuera de la ley. Ya antes los musulmanes se encontraban en una posición muy difícil, puesto que la ley establece que uno de los requisitos para que una confesión religiosa sea reconocida oficialmente en el país es tener un mínimo de 100.000 miembros y estar representada en al menos 12 de las 18 provincias angoleñas. La entonces ministra de Cultura, Rosa Cruz e Silva, anunció que era necesario ilegalizar el islam, por considerarlo “contrario a las costumbres de Angola”. Se trata del último colectivo que está en el punto de mira del Gobierno de MPLA. Durante los meses previos a las elecciones, es posible que haya muchos otros bajo sospecha.

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