La urgencia de la justicia social

   

El pasado 20 de febrero se ha celebrado el Día Mundial de la Justicia Social, bajo el lema “Prevenir el conflicto y sostener la paz a través de un trabajo digno”. Una jornada que se antoja más que oportuna, en un momento en que se está imponiendo en el mundo un modelo político, económico y social que idolatra el dinero y las leyes del mercado, y promulga el individualismo frente a la solidaridad; que niega la equidad en beneficio de una desigualdad galopante, la cual llega a ser abismal y vergonzosa; que no ve o que silencia el abuso, pisoteando cada vez más el espíritu de justicia.

Lo ha expresado el papa Francisco con palabras duras y claras, sin paños calientes. Ha hablado de la crisis de un paradigma imperante “que causa enormes sufrimientos a la familia humana”, “que ataca al mismo tiempo la dignidad de las personas y nuestra Casa Común”; todo ello, con la intención de “sostener la tiranía invisible del dinero, que solo garantiza los privilegios de unos pocos”. El Pontífice ha llegado a calificar esta situación de “una estafa moral que, tarde o temprano, queda al descubierto”. Añade que, por mucho que los beneficiados de esta situación la quieran ocultar o negar –al igual que hacen con las consecuencias del calentamiento global–, “el desempleo es real, la violencia es real, la corrupción es real, la crisis de identidad es real, el vaciamiento de las democracias es real”. Y advierte de que la “gangrena de un sistema no se puede maquillar eternamente, porque tarde o temprano el hedor se siente”.

Entre tanto, en el llamado mundo desarrollado, y en el no tan desarrollado, se registra un preocupante repunte –por no decir auge– de propuestas y líderes que se encastillan en justificar un aislamiento a ultranza, en denostar a ciertos colectivos por su nacionalidad o confesión religiosa, en defender identidades nacionalistas excluyentes, en usar sin pudor el discurso del odio y del beneficio propio e insolidario. En consecuencia, entre otros efectos, se ha registrado, como denuncia Amnistía Internacional, un gran retroceso en el terreno de los derechos humanos. Estamos convirtiendo el mundo en un lugar más peligroso.

Hemos olvidado, como hace notar Francisco, que “sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión”. Lo decía con otras palabras un obispo indio: “Cuando son pocos los que comen la mayor parte de la tarta, mientras que al resto se le deja solo una pequeña porción, en ese momento se crean los márgenes para hacer que brote la violencia en las calles”. Para avanzar en el terreno de la justicia social, en el de la paz, hay que buscar cómo remover las barreras que separan a los pueblos y acabar con las divisiones de sexo, edad o raza; de pertenencia étnica, religiosa o cultural; de tipo económico o de discapacidad. No podemos caer en la indiferencia, en la pasividad o, lo que es peor, en la complicidad ante todo este mal. Es un deber practicar la justicia, y una vergüenza –llena de mentira– el encubrir tanto abuso y atropello achacando la violencia que esta injusticia genera a los pobres.

La respuesta es urgente; la responsabilidad, grave: “Algunas realidades del mundo presente –señala el Papa–, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización” que serán difíciles de revertir.

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