EGIPTO, DESTINO DEL 18.º VIAJE INTERNACIONAL DEL PAPA FRANCISCO


UNA LLAMADA A CAMINAR JUNTOS

 

   

Ha sido un viaje breve. Muy breve. Pero muy bravo. Ni tiempo tuvo para visitar las pirámides... Más que viaje, visita de médico, podríamos decir. Dos días, tan solo: el 28 y 29 de abril. En total, 20 horas de intenso trabajo, no más. Y dadas las circunstancias, también ha sido una visita arriesgada. Muy arriesgada. Pero todo apunta a que, andando el tiempo, también será visto como viaje fructífero, fecundo y feraz. Por eso, bien podemos decir: bravo y breve, pero crucial.

Por Alberto Trueba

 

 

El papa Francisco, además de confortar en la fe a la Iglesia minoritaria que le invitó –los cerca de 250.000 católicos coptos; pocos, pero con un peso específico nada despreciable, por la notable presencia que tienen en el mundo de la educación, la sanidad y la atención social–, ha viajado hasta la milenaria tierra de los faraones con tres objetivos bien anotados en su agenda. El primero, volver a estrechar los vínculos con el islam. El segundo, avanzar por el sendero del ecumenismo y propiciar el acercamiento con los hermanos separados ortodoxos. Y el tercero, encontrarse con el controvertido presidente del país, Abdel Fattah al Sisi, y romper una nueva lanza en favor de la paz, tan castigada y rota por aquellas latitudes. De ahí el lema de la visita: “El Papa de la paz en el Egipto de la paz”.

 

También arriesgado

Ya sabemos lo ocurrido en vísperas de este su 18.º viaje pontificio. Fue el Domingo de Ramos, la celebración que abre la Semana Santa de todos los cristianos. En el corazón del delta del Nilo, en la ciudad de Tanta –de 400.000 habitantes–, a medio camino entre Damieta y Rosetta, la iglesia de San Jorge estaba abarrotada. Explotó en medio de la misa. La bomba mató a 28 personas. Y otras 70 más resultaron malheridas. “He visto manchas de sangre hasta en el techo de la iglesia, a 30 metros de altura”, decía un testigo...

Poco después, 120 kilómetros al norte, a orillas del Mediterráneo, se repetía la misma tragedia. Fue en Alejandría. En la catedral de San Marcos. El patriarca Teodoro II, Papa de la Iglesia ortodoxa copta, se salvó de milagro: acababa de abandonar el templo tras presidir la solemne celebración. El terrorista suicida no pudo entrar. Antes, un policía le obligó a pasar por el arco detector de objetos extraños. Entonces, el kamikaze activó, a las puertas del templo, la carga explosiva que llevaba encima. Resultado: 16 muertos y 40 heridos. Y como en Tanta, todo teñido de terror. Todo salpicado con estremecedoras escenas de pánico, sangre, llanto y dolor.

Al enterarse, el papa Francisco, que ya estaba haciendo su maleta para viajar hasta el país del Nilo, no aplazó ni torció un ápice sus planes. Sí aprovechó el rezo del ángelus para orar por las víctimas de los atentados de El Cairo y Estocolmo. Y para compadecerse por cuantos aún se encuentran duramente probados por la guerra, a la que denominó “desgracia de la humanidad”. Y concluyó: “Que el Señor convierta el corazón de las personas que siembran terror, violencia y muerte. Y también, el corazón de quienes fabrican las armas y trafican con ellas”.

 

A la sombra del Sinaí

Ese par de zarpazos del terrorismo, como bien se sabe, no ha sido algo aislado. La persecución desatada por el islamismo más fanático y radical viene de atrás: en diciembre pasado, un coche bomba, aparcado junto a la iglesia copta de San Pedro, próxima a la catedral de San Marcos, en El Cairo, segó la vida de 27 cristianos.

Cerca del bíblico monte Sinaí, a las faldas de la cumbre del Santa Catalina, que es la cima más alta de Egipto, santa Elena, madre del emperador Constantino, mandó construir una capilla para honrar y recordar a la zarza de Moisés, en el mismo lugar donde ardió sin consumirse. El monasterio de Santa Catalina o de la Zarza Ardiente ha sido, durante siglos, un recóndito remanso de paz y oración. Pero ya no. También allí ha llegado el odio ciego del terrorismo islamista: en febrero, seis cristianos murieron asesinados en las poblaciones de la zona por los fanáticos del llamado Estado Islámico. Esos crueles sucesos y las amenazas lanzadas por la yihad han empujado a numerosas familias –más de 300 cristianos coptos– a dejar sus casas y huir, aterrorizadas, de la península del Sinaí.

A lo que parece, ¡malos vientos los que soplan por las riberas del Nilo! Pero, una vez más, ese tan temido fantasma no ha conseguido acobardar al bueno del papa Francisco. Ya pasó algo semejante en vísperas de su gira centroafricana. Entonces –noviembre de 2015–, el clima de violencia era tal que los poderosos de Occidente le aconsejaron suspender su visita. “¿Que suspenda qué?”, replicó Jorge Mario Bergoglio. Y, tajante, concluyó: “Si no me dejan aterrizar..., ¡me tiro en paracaídas!”. Gracias a Dios, no fue necesario llegar a ese extremo. Y ahora, en Egipto, tampoco. Ni siquiera recurrió a guarecerse tras los ultrablindados cristales de ningún papamóvil.

Sí hubo de aceptar algún cambio de planes, decidido por las autoridades egipcias tras los atentados, como que uno de los encuentros más multitudinarios, la celebración de la eucaristía al aire libre, que reunió a 25.000 personas, tuviera lugar donde, en un principio, no estaba previsto: en un estadio militar. Precisamente allí, en el Estadio de la Defensa Aérea, durante su homilía, Francisco retomó el problema que había abordado, el viernes de su llegada, en la Universidad de Al Azhar: volvió a pronunciarse contra la violencia religiosa, violencia que amenaza a muchos de los fieles que le escuchaban. “A Dios solo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada. No tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente”.

El día anterior, el Santo Padre pronunció el discurso más sobresaliente de su visita. Fue en el complejo de Al Azhar, donde están la mezquita y la universidad más influyentes y representativas de todas las instituciones teológicas del islam suní. Esta rama agrupa a la inmensa mayoría de los musulmanes de todo el mundo: el 85% de los creyentes en Alá son suníes. El Papa acudió al centro de referencia del islam. Y habló ante el gran imán Ahmed el-Tayeb, la más alta autoridad musulmana. Y ante todos los participantes en la conferencia internacional sobre la paz allí organizada. 

 

¡Al Salamò Alaikum!

“¡Al Salamò Alaikum! –la paz esté con vosotros–”, saludó el Papa. Luego, ante tan escogido auditorio, abordó sin rodeos la necesidad del diálogo. Y refiriéndose al diálogo interreligioso, dijo que “estamos llamados a caminar juntos, con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. En este sentido, el trabajo del Comité Mixto para el Diálogo entre el Pontificio Consejo para el Diálogo     Interreligioso y el Comité de Al      Azhar para el Diálogo representa un ejemplo concreto y alentador. El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones”.

Y dijo más: “Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad”.

El papa Francisco añadió: “En este desafío de civilización tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: «Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso. [...] Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas [...], porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin el sol». Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro. Que san Francisco de Asís, que hace ocho siglos vino a Egipto y se encontró con el sultán Malik al Kamil, interceda por esta intención”.

Y concluyó: “La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta. Digamos juntos: cuanto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo. La religión no solo está llamada a desenmascarar el mal. También lleva, en sí misma, la vocación a promover la paz, probablemente hoy más que nunca. Sin caer en sincretismos conciliadores, nuestra tarea es la de rezar los unos por los otros, pidiendo a Dios el don de la paz, encontrarnos, dialogar y promover la armonía con un espíritu de cooperación y amistad. Como cristianos, no podemos invocar a Dios, Padre de todos los hombres, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios”.

El papa Francisco, en fin, en pleno corazón del islam, fue capaz de advertir a los presentes –y sus palabras arrancaron el aplauso de todos los asistentes– de que la educación se encuentra en la base de la prevención de la violencia religiosa, y de que, si no se cuida ese aspecto, jamás cesará la epidemia del extremismo. 

 

El discurso de Ratisbona

Las bellas, claras y elocuentes palabras del papa Bergoglio en ese encuentro redoblan y acrecientan su valor cuando se tiene en cuenta que el islam suní había roto relaciones con la Iglesia católica bien recientemente. Sucedió durante el pontificado de Benedicto XVI. En el año 2011, el papa Ratzinger reclamó mayor protección para los cristianos tras un atentado perpetrado en Alejandría. Y tal solicitud fue considerada una intromisión en los asuntos internos de otro país. Egipto, incluso, llegó a retirar a su embajador ante la Santa Sede. Además, llovía sobre mojado: antes de ese “incidente” había ocurrido otro, no menos controvertido.

Fue en 2006, en la conferencia que impartió en Ratisbona, la Universidad alemana donde él había sido profesor. Benedicto XVI abordó el tema de la fe y la razón. Y, de pasada, evocó el diálogo que mantuvo Manuel II, emperador bizantino, con un persa culto sobre el cristianismo y el islam. Y, citando al emperador, repitió: “Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba”. Y el Papa alemán precisó que tal aserto había sido dicho “con una sorprendente brusquedad”. Y que, “para nosotros, resulta inaceptable”. Pero la agencia árabe de noticias Al Yazira puso en boca del Santo Padre afirmación tan controvertida. Y, sin explicación alguna, la lanzó a los cuatro vientos. Ipso facto pusieron a caldo al     Papa desde todos los frentes... 

 

Fraternidad recuperada

Lo recordó el propio papa Francisco: hace casi ocho siglos, en el verano de 1219, otro Francisco, el santo Poverello de Asís, también viajó a Egipto. Llegó a orillas del Adriático. Y en el puerto de Ancona, con doce de los suyos, se embarcó y puso rumbo allá. Al cabo, arribó a Damieta, población que se asoma al Mediterráneo desde uno de los ramales del delta del Nilo. La ciudad, entonces, estaba asediada por los caballeros cristianos de la V Cruzada. Pese a las firmes advertencias de los soldados –“Tu cabeza tiene un precio. Si cruzas al campo enemigo, te matarán...”–, Francisco hizo oídos sordos a tan amenazadores avisos. Cruzó la línea de fuego acompañado del hermano Iluminado y consiguió llegar a parlamentar con el mismísimo sultán Malek-al-Kamil –sobrino de Saladino–, que era el gran soberano de Egipto y Siria. Y le dijo: “Vengo a mostraros, a ti y a tu pueblo, el camino de la salvación; vengo a anunciaros las verdades del Evangelio”. Tras el encuentro, el sultán afirmó: “Si todos los cristianos fueran como él, entonces valdría la pena ser cristiano”. Con todo, Malek-al-Kamil no mudó sus convicciones. El profeta Mahoma siguió siendo su guía espiritual. Pero tampoco hubo venganza ni desquite alguno por su parte. Contra todo pronóstico, permitió a Francisco regresar, sano y salvo, al campo de los cristianos...

Ahora, hace casi ocho días, esa misma historia se ha repetido de algún modo. Esta vez, la ha protagonizado un nuevo Francisco, el argentino Bergoglio. Su 18.ª salida internacional ha sido breve. Sí. Pero bien puede ser calificada, asimismo, de histórica. Además de reanudar relaciones fraternas con Ahmed el-Tayeb, el citado gran muftí –máxima autoridad– de los musulmanes sunitas, el viaje ha reunido a los tres papas cristianos, sucesores de los apóstoles: Bartolomé I, sucesor de Andrés; Teodoro II, sucesor de Marcos; y Francisco, sucesor de Pedro. Con ellos, ha dado un nuevo paso en la larga marcha del ecumenismo: “Renovamos nuestro compromiso de caminar juntos –explicó Francisco tras el viaje– y firmamos una declaración conjunta, en la que nos comprometemos a no repetir el bautismo administrado en nuestras respectivas Iglesias, y rezamos por los mártires de los recientes atentados; su sangre fecunda el diálogo ecuménico y a toda la Iglesia”.

Por estos días, los cuatro –un musulmán y tres cristianos– se han dado un abrazo muy esperanzador: han apostado por luchar contra el odio religioso y han roto lanzas en favor de la paz. Han afirmado, en fin, que ni Dios ni Alá son partidarios de la guerra. A ninguno de los dos les gusta ni el terrorismo ni la violencia.

 

 

Volver a sumario