50 años de Populorum progressio

   

Se han cumplido 50 años de la publicación de la que, sin duda, es una de las grandes encíclicas sociales de la Iglesia católica. Era el 26 de marzo de 1967 cuando el  papa Pablo VI promulgaba la Populorum progressio, para dejar bien clara a la comunidad internacional cuál era la postura evangélica que debería marcar el desarrollo y la cooperación entre los pueblos. Cuando la tendencia manifiesta era la de reducir el desarrollo a un mero crecimiento económico, la Iglesia alza la voz para proclamar que este desarrollo ha de ser integral, porque debe llegar a todo ser humano y a la totalidad del mismo, a todas sus dimensiones.

En aquel entonces, la situación de desigualdad entre las naciones es tan injusta y arrastra situaciones tan dramáticas en la mayor parte –un 80%– de la población mundial que el papa Montini, ante la difícil realidad en la que sobreviven los pueblos en desarrollo –que “se esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia”– y en plena guerra fría, denuncia sin miramientos que el verdadero “telón de acero” entre las naciones no se alzaba entre el Este y el Oeste, sino entre el Norte y el Sur. “Los pueblos del hambre –puntualizaba– hoy interpelan de modo dramático a los pueblos de la opulencia”. Todo ello, cuando estos últimos “buscan una más amplia participación en los frutos de la civilización, una valoración más activa de sus cualidades humanas”; cuando “se orientan con decisión hacia el pleno desarrollo”.

Ha transcurrido medio siglo desde entonces, y poco o nada han debido cambiar las cosas –por no decir que hemos ido a peor–, cuando otro Papa, este de nombre Francisco, vuelve a insistir, como si de una letanía se tratase, en que “el deber de solidaridad nos obliga a buscar las maneras justas de reparto equitativo, para que no haya esa dramática desigualdad entre los que tienen mucho y los que nada tienen, entre el que descarta y el que es descartado”. Por introducir un pequeño matiz entre las palabras de uno y otro Pontífice, diremos que Francisco baja más el punto de mira de su discurso. Él lo dirige a la realidad personal de cada uno, sabedor de que los individuos de las sociedades actuales suelen escurrir responsabilidades, con la escusa de que estamos ante “cuestiones mayores” entre naciones, que corresponde resolver a nuestros dirigentes.

Así las cosas, el Santo Padre señala que “en un mundo dominado por las preocupaciones económicas, herido por el hecho de que la preocupación fundamental es el dinero, las personas han de ser colocadas nuevamente en el centro”. Pero difícilmente conseguiremos dar al ser humano esta relevancia, si no usamos “los ojos para ver al otro”, “las orejas para sentirlo, para escuchar el grito de los pobres, de quien teme al futuro”. No podemos olvidar que nos necesitamos; “que ninguno de nosotros es una isla, un yo autónomo e independiente”; que el futuro se construye juntos, sin excluir a nadie. Bien lo saben nuestros misioneros y misioneras, quienes, siguiendo el ejemplo de Jesús, se han propuesto dar vida a un mundo nuevo, cuidando de los otros, asumiendo incluso el riesgo de poner en juego su existencia por alcanzar este propósito. Cada uno de nosotros puede ser una vela encendida que nos recuerde, con su testimonio, que solo el camino del encuentro, la integración y la fraternidad entre las personas y los pueblos hará posible para la humanidad un futuro de paz y esperanza.

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