CAMERÚN ¿ Quién asesinó al obispo?


   

Flotando en el río Sanaga. Así apareció el obispo de Bafia (Camerún) el pasado 2 de junio. Monseñor Jean-Marie Benoît Balla, de 58 años, fue asesinado. Alguien, sin embargo, quiso hacer creer que se trataba de un suicidio. Sus hermanos de episcopado lo han desmentido tajantemente y exigen justicia, la misma justicia que nunca tuvieron, entre otros, el arzobispo Yves Plumey, el jesuita Engelbert Mveng, el sacerdote y periodista Joseph Mbassi y las religiosas francesas Germaine Marie Husband y Marie Léone Bordy, asesinados todos ellos hace años, también en extrañas circunstancias, en crímenes que nunca se resolvieron. ¿Qué está pasando en Camerún.

 

Por José Ignacio Rivarés

 

 

El papa citó el Decreto ad Gentes“Todo comenzó en la noche del 30 al 31 de mayo. Sobre las 23 horas, el obispo Jean-Marie Benoît Balla recibe una llamada telefónica. Es una mujer. Tras la conversación, y pese a lo intempestivo de la hora y a que no le gusta conducir de noche, el prelado coge su vehículo, un todoterreno blanco, y conduce hacia Yaundé, la capital política del país. Nunca llegará. Al día siguiente, el coche es encontrado en la carretera, sobre un puente, pero en sentido contrario a la marcha que llevaba. De monseñor Balla, ni rastro. En el asiento de atrás está su documentación personal y una nota manuscrita con una única frase: “Estoy en el agua”.

Saltan las alarmas, y comienza la búsqueda. Pasan las horas, un día... Nada. Comienzan los rumores y las especulaciones. Se habla de un posible suicidio. Al fin y al cabo, al obispo se le ha visto muy decaído en las últimas fechas, especialmente tras la muerte, dos semanas antes y en circunstancias no aclaradas, del rector del seminario menor de San Andrés, el       P. Armel Djama. Las redes sociales son un hervidero.

Un par de días después, el cuerpo aparece flotando en el río Sanaga. Un pescador lo encuentra accidentalmente..., pero a decenas de kilómetros del puente en el que ha quedado el coche, cuyas aguas próximas son las que han estado rastreando infructuosamente buzos, bomberos y pescadores de las aldeas cercanas.

Desde el principio, sin embargo, la cosa no cuadra. No hay más que echar un vistazo al cadáver. Monseñor Balla lleva puestos los zapatos del revés: el del pie derecho en el pie izquierdo, y viceversa. Y su cuerpo presenta claros signos de violencia: tiene un brazo y una pierna rotos... y los genitales mutilados. Los forenses informan también, extraoficialmente, de que en sus pulmones no hay rastro de agua, por lo que la muerte no se ha podido producir por ahogamiento. Y está, además, el sentido común. ¿Cuándo ha visto nadie suicidarse a un obispo? Además, ¿qué buen nadador, y el obispo lo era, trataría de quitarse la vida precisamente tirándose a un río? ¡Y justo tras esa misteriosa llamada, qué casualidad! No, definitivamente, hay motivos para sospechar. Y más aún, a la vista del devenir de las investigaciones: un mes después, las autoridades seguían sin comunicar a la Iglesia el resultado oficial de la autopsia.

No, monseñor Balla ya estaba muerto cuando fue arrojado al agua, probablemente desde un helicóptero o un avión. Los habitantes de Tsang, una localidad cercana al lugar donde apareció el cadáver, aseguran haber oído los motores de un aparato que sobrevoló la zona de madrugada, entre las dos y las cuatro. La conclusión, por tanto, es evidente: alguien torturó y asesinó al obispo, y orquestó un montaje para hacer pasar el crimen por un suicidio.

Pero ¿quién? Y, sobre todo, ¿por qué? Nadie hasta ahora ha respondido a estas preguntas. En Camerún se ha dicho de todo: que si el prelado estaba investigando una red de tráfico de menores en la que estarían implicadas personas importantes, que si fue víctima de un crimen pasional, que si alguien le hacía chantaje, que si la diócesis tenía problemas económicos... Rumores y más rumores. Pero solo rumores.

 

Fuerzas oscuras

La Conferencia Episcopal Nacional de Camerún (CENC) quiso salir al paso de los mismos. Unos días después de los hechos, celebró una reunión extraordinaria e hizo pública una declaración para, primeramente y ante todo, rechazar la tesis del suicidio. “Un obispo de la entereza de monseñor Balla no se suicidaría: los obispos no se suicidan”, sentenció el arzobispo de Bamenda, Cornelius Esua Fontem. Lo más importante de ese comunicado, no obstante, es lo que dice después: que la Iglesia está siendo perseguida. “Tenemos la impresión –denuncia– de que el clero en Camerún está particularmente perseguido por fuerzas oscuras y malvadas”. Y acto seguido, se enumera todo el elenco de prelados, sacerdotes y personas consagradas que han sido asesinados en el pasado, “en circunstancias poco claras”, como monseñor Balla, sin que sus casos hayan sido resueltos ni se haya llevado nunca a los asesinos ante la justicia.

La lista es larga: el sacerdote y periodista Joseph Mbassi (25 de octubre de 1988), el abogado católico Me Ngongo Ottou (30 de octubre de 1988), el arzobispo emérito de la diócesis de Garoua, monseñor Yves Plumey (3 de septiembre de 1991), las religiosas francesas Germaine Marie Husband y Marie Léone Bordy (2 de agosto de 1992), el P. Amougou (a finales de ese mismo año), el jesuita Engelbert Mveng (21 de abril de 1995), el claretiano alemán Anton Probst (24 de diciembre de 2003), el profesor de Teología Eric de Putter (8 de julio de 2012)... Todos estos crímenes tienen en común el no haber sido resueltos o haber sido cerrados en falso, con culpables de paja. Y se sospecha además que, si no todos, al menos algunos de ellos han podido ser cometidos por agentes del poder.

Pero vayamos por partes. El primero de los asesinados, el P. Mbassi, era también periodista. En calidad de tal, dirigía el periódico católico L’Effort Camerounais, publicación que investigaba la corrupción y el tráfico de armas. Fue el primero en caer: su cadáver apareció igualmente mutilado. El abogado Ottou, muy próximo a la Iglesia católica, fue agredido en su casa de Yaundé, falleciendo unos días después a consecuencia de las graves heridas recibidas. El religioso alemán Anton Probst fue hallado muerto en su habitación del noviciado claretiano de Akono, a 60 kilómetros al sur de la capital. Estaba atado de pies y manos y tenía una mordaza en la boca. Fue asesinado en Nochebuena, después de celebrar la misa del gallo. Conocido por la población local como “Mbuta” (“gran hermano, guía, confidente”), había llegado a Camerún 11 años antes, procedente de la República Democrática del Congo, donde había misionado durante otros 24 años.

Las hermanas Germaine Marie Husband y Marie Léone Bordy fueron asaltadas, violadas y asesinadas a tiros en Djoum, al sureste del país. Sus cuerpos aparecieron entre la maleza. Se cree que las mataron por haber tenido acceso a información comprometedora relacionada con Jeanne Irène, la primera esposa del presidente Paul Biya, asesinada a su vez –supuestamente por personas vinculadas al mandatario– en julio de 1992. Pese a tener ambas nacionalidad francesa, el Gobierno galo nunca presionó para que se esclareciera el caso de estas religiosas, caso, además, que también costó la vida unos meses después al P. Amougou, un sacerdote de la diócesis de Sangmelima cercano a las dos monjas, que fue el que, muy emocionado, ofició sus funerales. Se cree que Amougou murió envenenado.

Con todo, las dos pérdidas más señaladas para la Iglesia camerunesa fueron las del arzobispo Yves Plumey y el jesuita Engelbert Mveng, el primero asesinado en 1991 y el segundo en 1995.

Monseñor Plumey era arzobispo emérito de Garoua cuando fue estrangulado en su habitación. Este venerable pastor fue protagonista destacado de la evangelización del norte del país, la zona con más presencia musulmana. Él fue, por ejemplo, quien envió, cuando todavía era prefecto apostólico, el primer contingente de misioneros oblatos de María Inmaculada. Y el primer obispo de la diócesis de Gaorua, al ser erigida esta en 1955; cuando en 1984 presentó su renuncia por motivos de edad, Garoua era ya toda una señora archidiócesis y monseñor Plumey un hombre de peso en la Iglesia camerunesa. Su cuerpo fue hallado tendido sobre la cama en la residencia cercana al seminario menor. Lo habían asesinado de madrugada. Cuatro años después del crimen, san Juan Pablo II honró su memoria en su segunda visita a Camerún. Este prelado –recordó– fue “asesinado en circunstancias hasta ahora inexplicadas”.

No menos conmoción causó la muerte del sacerdote Engelbert Mveng (1930-1995), acaecida el mismo año de la visita papal. Ocurrió en Nkolfané, una barriada al oeste de Yaundé. Mveng fue igualmente hallado en su cama, también estrangulado. Según todas las crónicas, se trató de un crimen cometido por profesionales. Los que irrumpieron en su casa no robaron nada. Iban a lo que iban. Primer jesuita camerunés, el P. Mveng había estudiado en Bélgica y en Francia, y era un intelectual de renombre internacional, que atesoraba el saber de un gran humanista. Además de sacerdote, era historiador –enseñó Historia en la Universidad de Yaundé–, poeta, uno de los referentes de la Teología de la Liberación en África, fundador religioso –de la congregación Familia de las Bienaventuradas– y artista: de hecho, el espléndido mosaico de la catedral de Nuestra Señora de las Victorias de Yaundé es obra suya. Secretario durante años de la Asociación Ecuménica de Teólogos Africanos (EATNOT), fue también un ferviente defensor de la inculturación de la fe cristiana.

 

Iglesia perseguida

“De todos los casos de muertes de personas de Iglesia, solo en una ocasión ha habido un poco de claridad y de justicia”. Esta frase la pronunció el cardenal español Santos Abril, por entonces nuncio apostólico en Camerún, precisamente en el funeral del P. Mveng. La homilía de monseñor Abril continuaba en estos términos: “En los otros casos, incluso aquellos sobre los que hemos pedido información acerca de las investigaciones, jamás hemos obtenido explicaciones reales y convincentes. Parecería que se quiere cubrir con el silencio todas estas penosas situaciones. Pero nuestro silencio intermitente no significa que hayamos olvidado o renunciado a nuestro derecho a pedir que se haga luz sobre cada caso, y a que se nos informe debidamente”.

Pese a los años transcurridos, las palabras del purpurado turolense no pueden resultar más pertinentes y actuales, a la vista de los últimos acontecimientos. De hecho, parecen un eco de las que siguen pronunciando hoy los obispos locales. “Yo no puedo decir que la investigación está progresando, puesto que no se ha producido ninguna novedad”, denunció el arzobispo de Douala y presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Samuel Kleda, a Radio France Internacional, el pasado 28 de junio, casi un mes después del crimen del obispo de Bafia. “¿Cree usted que a través de monseñor Balla se está apuntando a la Iglesia católica?”, le preguntó a continuación el periodista. “Seguro, porque no es el primer caso”, respondió el prelado. “Es un problema real. Nosotros hemos dicho que la Iglesia del Camerún, o al menos sus responsables, está perseguida”, añadió. “Perseguida. Pero ¿por quién? ¿Se trata de crímenes políticos o de crímenes ligados a sectas”?, inquirió el informador. “A día de hoy –respondió Kleda, sin mojarse– es muy difícil orientarse por tal o cual pista”. 

 

 

Derechos humanos pisoteados

Lo cierto es que, al menos sobre el papel, las relaciones de la Iglesia con el Gobierno son buenas, de estrecha y “fecunda colaboración”. O, al menos, lo eran. Y prueba de ello es el Acuerdo que Camerún y la Santa Sede suscribieron en 2014 sobre la actuación de la Iglesia en los campos educativo, sanitario y caritativo. En 2009, antes del mismo, la Iglesia gestionaba en Camerún 28 hospitales, 235 ambulatorios, 11 hogares para ancianos e inválidos, 15 orfanatos y guarderías, 40 consultorios familiares y otros centros de protección de la vida, y 23 centros especiales de educación o de reeducación social. Pero ¿sería esta supuesta buena relación institucional un obstáculo que impidiera acallar, por las buenas o por las malas, las voces eclesiales molestas o peligrosas para el régimen?

El papa citó el Decreto ad GentesSi se echa una ojeada a la situación de los derechos humanos en el país, la respuesta es clara: no. El régimen del presidente Paul Biya, que lleva 35 años en el cargo, no se caracteriza por sus escrúpulos en esta materia, precisamente. Y menos, en los últimos tiempos, con la amenaza que ha supuesto la irrupción de Boko Haram en las regiones fronterizas con Nigeria, Chad y República Centroafricana. Desde 2013, en efecto, este grupo islamista ha sembrado el terror en el norte, con atentados suicidas (que dejaron al menos 290 muertos y más de 800 heridos entre julio de 2015 y octubre de 2016), centenares de secuestros (sobre todo, de mujeres y niñas) y asesinatos. La violencia ha provocado el desplazamiento interno de cientos de miles de personas. Los islamistas han cometido todo tipo de atrocidades, pero el Ejército que los combate tampoco se ha distinguido precisamente por su respeto a la ley, al decir de Amnistía Internacional. “Decenas de hombres, mujeres, niños y niñas acusados de apoyar a Boko Haram fueron torturados [...]. Algunos murieron y otros desaparecieron”, se lee en el último informe de la organización, que habla también de “detenciones arbitrarias” por parte de las fuerzas de seguridad, de “hacinamiento permanente” y condiciones deplorables de los arrestados, y de imposición de “penas de muerte, tras juicios injustos en tribunales militares”. El hecho es que hoy, en Camerún, los periodistas, que ya se autocensuraban, son intimidados y amenazados por el poder; y que las protestas y manifestaciones de estudiantes y abogados son reprimidas con fuego real... De la naturaleza del régimen da buena cuenta el Código Penal, que, tras su reforma, establece que aquellas personas que deban más de dos meses de alquiler –no se tiene en cuenta si ellas han cobrado su sueldo a tiempo o no– pueden ser condenadas a tres años de prisión.

Paul Biya llegó a la jefatura del Estado en 1982, tras la renuncia del anterior mandatario. Hoy tiene 85 años y ninguna intención de irse el año que viene, cuando expira su mandato y el país celebra nuevas elecciones. En su día, ya reformó la Constitución, que le impedía estar en la Presidencia más de dos mandatos de siete años. Con él al frente en Camerún, ¿se sabrá algún día quién mató al obispo Balla? Difícilmente.

 

 

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