Deberes para el G-20

   

El Papa Francisco no  ha querido dejar pasar  la oportunidad. Los 20 países más ricos del planeta –el conocido como G-20– se reunían del 7 al 8 de julio en la ciudad alemana de Hamburgo; era uno de sus tradicionales encuentros para estudiar, revisar y promover iniciativas destinadas a afrontar las crisis políticas, económicas y sociales que sacuden  el planeta, de cara a solucionarlas y mantener una estabilidad y seguridad mundiales. Y a ellos se ha dirigido el Santo Padre, con el objetivo de marcarles la agenda para que presten atención a aquellos aspectos que son prioritarios para garantizar la estabilidad y la paz entre los países.

El Papa parece tenerlo muy claro. “El principal problema” en el que los dirigentes mundiales deberían volcar su atención con prioridad absoluta son “los pobres, los refugiados, los que sufren, los desplazados, los excluidos”. Para empezar bastaría –aunque esto no lo haya dicho tan explícitamente el Papa– con cuestionarse qué sistema económico estamos alimentando, que permite que el 90% del Producto Interior Bruto mundial se concentre y controle desde este privilegiado grupo de 20 países. Por eso, aun siendo consciente de que “no existen soluciones inmediatas y del todo satisfactorias”, Francisco ha propuesto llegar, mediante “soluciones progresivas y no traumáticas”, a alcanzar “un crecimiento económico mundial que sea inclusivo y sostenible”.

Por tanto, habrá que tomar mucho más en consideración a esa gran mayoría de la población que representa tan solo el 10% de la producción mundial de bienes y servicios y que, por estar fuera de foros como el G-20, no tiene voz ni voto para decidir nada sobre su futuro inmediato. Son al menos un 80% de los habitantes de la Tierra los que quedan a merced de “las nuevas    ideologías de la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera”, las cuales dejan, por injustas, un amargo e inhumano reguero de “exclusión y descarte, e incluso de muerte”.

El Papa se encargó de poner algunos claros ejemplos, que podrían multiplicarse con un leve esfuerzo de memoria. Ahí está la “trágica situación de Sudán del Sur, de la cuenca del lago Chad, del Cuerno de África y de Yemen”. Es la otra prioridad a la que Francisco pide que se le preste atención: “poner fin a todas estas   inútiles masacres” de los “conflictos actuales o potenciales”. Esta prioridad y la de la atención a los pobres remiten a realidades que muchas veces van unidas: la guerra acarrea miseria, la pobreza genera enfrentamiento.

Para parar esta Tercera Guerra Mundial “a trocitos”, Francisco insta a todas las partes a “reducir sustancialmente los niveles de conflictividad, a detener la actual carrera armamentística y a renunciar a involucrarse directa o indirectamente en los conflictos”. Se añora, de hecho, una mayor voluntad de solucionar los problemas a través de un diálogo sincero y transparente de todas las partes implicadas a la hora de pulir las diferencias, y dejar a un lado los intereses personales, egoístas y avariciosos, que no tienen en cuenta el sufrimiento de la gente. Es curioso, en este sentido, cómo es más fácil llegar a acuerdos económicos que a firmas de cese el fuego y programas de reconciliación.

El papa Francisco ha hablado. Ahora es el turno del G-20. ¿Le harán caso?

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