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De pequeña soñaba que podía volar. No necesitaba alas, ni capas de superhéroe, ni por supuesto pagaba un billete de avión. Era mucho menos complicado que todo eso: con mi imaginación tenía más que suficiente. En el coche, en el sofá de casa, en el autobús y, debo confesar, muchas veces en clase, ciertas palabra o imágenes llamaban poderosamente mi atención y ponían en marcha ese mecanismo de escape con el que me trasladaba, sin esfuerzo ninguno, a los lugares más remotos de la tierra. En mis viajes visitaba países en los que jamás había estado; de hecho, por entonces, nunca había salido de España y, ni siquiera había cogido un avión. Pero no importaba; quería creer que los lugares que yo veía en mis ensoñaciones eran reales, y lo conseguía. Así viajé a China, a India, a países de América y, cómo no, a África… Ese continente tan cercano como desconocido, del que sólo oíamos hablar cuando se producía una gran tragedia, aunque yo sabía que su verdadera desgracia estaba en su día a día, en los siglos de abusos y abandono. Y lo sabía porque tenía información de primera mano.
Había dos épocas durante el año en las que mi imaginación viajera se desbordaba: el DOMUND y la semana de Manos Unidas. En esos días escuchaba embelesada lo que los misioneros, que visitaban el colegio, venían a contarnos. Era como una esponja que se empapaba de historias en las que tantas y tantas veces los protagonistas eran niños como yo. Las palabras de los misioneros lograban un silencio absoluto en clase. Como yo, el resto de las niñas, emocionadas, no querían perderse detalle de lo que estos hombres y mujeres, que venían de tan lejos, nos explicaban. Por ellos supimos de millones de personas que no tenían la misma suerte que nosotras. De niños y niñas que se morían de hambre, que no podían ir a la escuela, ni "perder el tiempo" jugando porque tenían que trabajar para llevar algo de dinero a sus casas. Los misioneros me hicieron comprender, hasta el límite que mi edad me permitía, que el mundo estaba lleno de injusticias y que, entre todos, teníamos que conseguir cambiarlo. Nos hablaban del Tercer Mundo y, aunque yo no entendía muy bien el concepto, sí fui capaz de darme cuenta de que yo, Myriam, tenía que contribuir a que el mundo fuera igual para todos. Supe que en esa carrera no podía haber primeros, segundos, terceros o cuartos, que todos los seres humanos teníamos que ser ganadores, aunque en el camino tuviéramos que prescindir de muchas cosas. ¡Y qué bien viajaba yo, tan ligera de equipaje!
En aquellos años nada, ni siquiera mi imaginación sin límites, me hacía presagiar que la vida me iba a hacer el fantástico regalo de poder colaborar directamente, con mi trabajo, en esa desigual batalla que es la lucha contra la pobreza. Y hacerlo desde Manos Unidas, la organización que tanto contribuyó a alimentar mis sueños de infancia.
Tampoco, ni por lo más remoto, pude pensar que algún día recaería en mí la gran responsabilidad de dirigir a ese ejército de hombres y mujeres entusiastas y convencidos, que han hecho de la causa de Manos Unidas su propia causa. Cuando acepté ser presidenta de esta gran familia que está a punto de cumplir 50 años, lo hice a sabiendas de que ese compromiso me iba a exigir grandes dosis de trabajo y esfuerzo; pero que, también, la satisfacción iba a ser tal que haría pequeño cualquier contratiempo que pudiera surgir. Y así está siendo. Sé que esta gran oportunidad me ha convertido en una privilegiada y lo pregono a los cuatro vientos, porque es lo que siento.
¿Habrá en este mundo un mayor honor que compartir, durante tres semanas, trabajo y experiencias, con los obispos de toda África, reunidos en Roma para hablar del más olvidado de los continentes? En estos días, rodeada de los mejores maestros, he aprendido que África sufre y grita pidiendo ayuda. Que las guerras, orquestadas y mantenidas por gobiernos corruptos y por intereses comerciales de occidente, machacan a una población agotada de tanto sufrir. Que cada año las enfermedades prevenibles, y no tratadas, impiden que millones de niños lleguen a celebrar su quinto cumpleaños. Que millones de niños no van a la escuela, como los niños de los que en su día nos hablaban los misioneros. Y que otros muchos, que sí van, no rinden lo suficiente porque tienen hambre y están débiles. Es como si en África se hubiera abierto la Caja de Pandora y se hubieran derramado sobre esas hermosas tierras todos los males del mundo: las guerras, los conflictos civiles, las sequías, las inundaciones, las epidemias, el hambre, la pobreza… Pero África, como Pandora, ha sabido cerrar la caja a tiempo para guardar dentro la esperanza. Y es sobre esa ilusión sobre la que los africanos están cimentando su futuro.
Cuando escribo estas líneas, estoy a punto de partir al que será mi primer viaje al continente africano. Preparo esta visita con enorme ilusión, convencida de que será una experiencia que marque un antes y un después en mi vida. Después de muchos años, he vuelto a creerme capaz de volar. Y como entonces, aunque no conozco África, soy capaz de imaginarla en toda su grandeza. La siento tan viva y tan cerca que me parece estar ya allí. Sueño con sus inmensas extensiones de terreno selvático, con esos largos ríos que serpentean atravesando países y con lagos tan grandes que parecen mares. Evoco, también, playas vírgenes de arena blanca en las que reposan pequeñas barcas de pesca, llenas de colorido. Recorro las altas montañas de cumbres con nieves perpetuas. Y, aún sin conocerlos, percibo esos olores a leña quemada, a maíz tostado y a especias, que dicen que llenan el aire africano. Y oigo las risas infantiles que se mezclan con los ritmos de cantos y tambores.
Será en Mozambique donde se hagan realidad mis sueños de niña. Por fin voy a conocer el secreto de África; el motivo por el que, dicen, que quien pisa tierra africana, queda enganchado a ese continente de por vida. Y voy a viajar como antaño, ligera de equipaje, con las maletas cargadas tan solo de ilusiones y esperanzas.
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