María Ángeles Fernández, perdiodista

 

Comunicar la Buena Noticia

 

   

María Ángeles Fernández (Madrid, 1972) es diplomada en Enfermería por la Universidad Pontificia de Comillas y licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó su carrera periodística en 1994 en Radio Televisión Diocesana de Toledo. Desde enero de 2001 dirige y presenta Últimas preguntas en La 2 y el Canal Internacional de Televisión Española. También dirige y presenta el programa Frontera y el boletín de noticias Buena Nueva, en Radio Nacional de España, desde septiembre de 2008. Ha dirigido, entre otros, los documentales Biografía de Juan Pablo II y Peregrinos en Tierra Santa. Colabora en distintas publicaciones, como la revista Signo y el semanario mexicano El Observador de la Actualidad. Es autora del libro Adopción. Al encuentro de la vida (2008). En este artículo, María Ángeles se dirige a los lectores de Supergesto para aproximarles a su labor de comunicación y para decirles algo tan sencillo y rotundo como: "Quienes somos seguidores de Cristo debemos serlo en todos los ámbitos de nuestra vida, privada y pública, y actuar en consecuencia".

 

Por María Angeles Fernández

 

 

Hay experiencias en nuestra vida que, en principio, nos parecen fruto de la casualidad o una simple sucesión de acontecimientos que por diversas circunstancias van conformando nuestra biografía. Solo después somos capaces de notar la evidencia: todo eso ha sido así porque nosotros, desde la libertad que Dios nos ha dado, hemos ido dando respuesta a aquello que el mismo Dios nos iba proponiendo. Desde mi experiencia, solo así puedo entender por qué, tras varios paseos por otros caminos profesionales, hace unos años comencé a trabajar como periodista en un medio de comunicación católico, como es Radiotelevisión Diocesana de Toledo, y en un programa de la Iglesia Católica en un medio público como TVE.

Una vez deslumbrados por esta evidencia, no queda más que poner todos nuestros talentos a disposición de este ministerio. Y es aquí donde surgen los interrogantes: ¿Cómo informar de los acontecimientos de la vida, con sus luces pero también con sus sombras? ¿Cómo descubrir, interpretar y transmitir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio? ¿Cómo anunciar, en definitiva, la Buena Nueva?

Toda comunicación, del tipo que sea (con uno mismo, con los amigos, en la familia, con Dios… pero también la que se produce por razones profesionales y, en nuestro caso particular, como comunicadores),  si es auténtica, profunda, se gesta en el silencio, en la contemplación de nuestro interior, en la contemplación del mundo que nos rodea, en la contemplación de Dios. Cuantas veces, por nuestras limitaciones, empobrecemos algo tan rico como es el lenguaje y así identificamos la comunicación únicamente con el acto de hablar. Comunicar, incluso cuando este acto se realiza en los medios de comunicación, es también escuchar. "Escuchar al hombre -dice Juan Pablo II- es respetarlo a la hora de afrontar sus problemas individuales y sociales. (…) Sobre todo, es darle, por medio de vuestra actividad, una información que esté más allá de los intereses personales o de parte, una información que, manteniendo su independencia, no se pliegue ante las concepciones ideológicas o ante compromisos de poder".

Pero hay un momento en el que ese silencio se rompe, sus frutos brotan hacia el exterior, el periodista tiene que dar cuenta de su compromiso con eficacia y profesionalidad. En esta fase del proceso hay algo que a mí me preocupa especialmente: cómo trasladar el mensaje, a través de medios de comunicación dirigidos a las masas, esa multitud anónima, a cada una de las personas de forma individual. A la vez, se trata, como sugiere el Papa, "de favorecer el encuentro entre las personas, a fin de que no se forme una masa de individuos aislados en la que cada uno dialogue con la página, el escenario y la grande o pequeña pantalla, sino una comunidad de personas conscientes de la importancia del encuentro con la fe y la cultura". ¿Quién es ese público al que nos dirigimos? En principio, todo aquel que quiera servirse de los medios para participar en este encuentro, cualesquiera que sean sus motivaciones, inquietudes o deseos.

Una vez conocidos los interlocutores es el momento en que, desde el respeto absoluto a la verdad, hay que dejar que aflore el mensaje para que ese encuentro se haga efectivo. Un encuentro que puede ser sublime toda vez que se ve enriquecido por las informaciones, experiencias, sentimientos que brotan de cada uno de los interlocutores. No hay auténtica comunicación sin la intención de obtener una respuesta. A la vez,  cada uno tenemos que responder a quienes nos preguntan la razón de la esperanza que está dentro de nosotros.

En nuestra condición de cristianos, y desde nuestra particular vocación como periodistas, comunicamos nuestra fe a través de los medios que llegan a un público amplio, plural, que vive las más variadas realidades personales, políticas, económicas, sociales, etc. y, tal vez, está inmerso en distintas culturas que impregnan su manera de vivir la fe y que a su vez son modeladas por esta. Por eso nos encontramos aquí ante uno de los retos más apasionantes que podemos vivir como cristianos: la inculturación de la fe.

El mensaje, nos enseñan en las facultades de información, es aquello que sucede y que por diversas razones se convierte en noticia, el "qué" del proceso de comunicación. Pero tras ese "qué", casi siempre hay un "quién", un "quién" que a veces pasa desapercibido, un "quién" al que en muchas ocasiones hay que salir a buscar. Porque creo, es misión expresa del periodista cristiano salir en busca de la persona, especialmente del excluido, evidenciando sus necesidades, abriendo cauces de solidaridad, haciendo accesible a ellos la riqueza de la información y la posibilidad de ser escuchados.

Nuestras voces y nuestras plumas son instrumentos para proponer valores fundados en el reconocimiento de la verdadera dignidad y de los derechos del hombre, en la solidaridad cultural, social y económica entre personas, grupos y naciones. Esta propuesta es una constante del magisterio de Juan Pablo II sobre los medios de comunicación: promover los valores de un humanismo integral significa la promoción de la vida, de la persona, de la familia, de la infancia, de la solidaridad y el desarrollo integral y, finalmente, de los valores trascendentes.

Todas las personas estamos llamadas a crecer, a madurar y a dar fruto. Así, entiendo mi trabajo en los medios de comunicación como un aspecto más de vida, reconociendo en él una oportunidad para, aprovechando los dones que Dios me ha regalado, servirle a Él y a los hombres.

Quienes somos seguidores de Cristo debemos serlo en todos los ámbitos de nuestra vida, privada y pública, y actuar en consecuencia. Así de simple, y así de difícil en ocasiones, es nuestro desafío.

 

 

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