Monseñor Enrique Figaredo,
Prefecto Apostólico de Battambang

 

CHIVI Y CHIVOAN

   

Con casi tres décadas de labor misionera a sus espaldas y una vida de absoluta entrega a los demás, pocos como Mons. Enrique "Kike" Figaredo para hablar a los jóvenes del trabajo con los más pobres y necesitados: "Es duro –dice–, pero en Camboya la gente nos da lecciones diariamente de sencillez, alegría, humildad y fortaleza de espíritu"; también, para recordarnos a todos lo bella que es la vida y lo privilegiados que somos por el regalo que Dios nos ha hecho de haber nacido en un país desarrollado.

Mons. Enrique "Kike" Figaredo es natural de Gijón (1959). Comenzó a trabajar en Camboya hace 26 años. En 1985 vivió la dramática realidad de los campos de refugiados de Tailandia en los que se hacinaban miles de camboyanos huidos de su país en la frontera con Tailandia. A partir de entonces, el sacerdote dedicó su vida a la atención de las necesidades de los mutilados instalándose definitivamente en Camboya en el año 1991.

Durante su primera etapa, en Phnom Penh, Mons. Figaredo funda, junto con otros jesuitas, "Banteay Prieb" (La Casa de la Paloma), concebida como una escuela técnica con un taller de sillas de ruedas en el que un grupo de discapacitados montaban sillas de ruedas para ayudar a otros discapacitados. La concepción de dicha silla, "silla Mekong", supuso una gran revolución, puesto que se diseñó de forma que se adaptase perfectamente al terreno y se producía con materiales totalmente locales. Hoy en día, la Casa de la Paloma ofrece formación a 110 alumnos anualmente en sus seis escuelas (agricultura, soldadura, carpintería, escultura, costura y mecánica) y emplea a más de 80 personas en sus cinco talleres de producción (sillas de ruedas, carpintería, escultura, costura y soldadura).

Una vez instalado como Prefecto Apostólico de Battambang, en julio de 2000, Mons. Figaredo continúa trabajando por la gente en dos vertientes: por su paz, tanto individual como colectiva, y por su desarrollo, tanto social como personal, y dentro de ambas, tanto en el ámbito espiritual como profesional/material. Todo ese esfuerzo se materializa en proyectos de promoción de la educación y la formación –escuelas, guarderías, residencias, talleres de costura, escuela de danza tradicional–, en iniciativas a favor de los discapacitados y pobres –microcréditos, banco de vacas, banco de arroz, reparación de casas– y en infraestructuras comunales –carreteras, estanques, pozos...–. Su trabajo para los más necesitados le ha llevado a recibir numerosos premios en España y Camboya. Entre otros, el Premio Bandrés (2002), la Gran Cruz del Mérito Civil de la Solidaridad (2004), el Premio Casa de Asia, el Premio Fundación Emilio Barbón (2007), el Premio Vocento a los Valores Humanos (2008). Y, en Camboya, donde es el actual Presidente de Caritas Camboya, la condecoración de "Sahametrei" (2010), concedida por el primer ministro.

 

Por Mons. Enrique "Kike" Figaredo

 

Mi vida en Camboya es una constante fuente de aprendizaje. Viniendo de un país desarrollado y de una cultura concreta, el vivir en el sudeste asiático en un lugar muy pobre supone encontrarse con muchas realidades que nosotros, los españoles, no estamos acostumbrados a ver. El trabajo con los pobres y necesitados es duro, pero, por otro lado, en Camboya la gente nos da lecciones diariamente de sencillez, alegría, humildad y fortaleza de espíritu.

Me gustaría compartir con todos vosotros la historia de Chivi y Chivoan. Chivi es un joven discapacitado de 18 años, que vive cerca de la ciudad de Battambang. Su parto se complicó y le dañó el cerebro. También sufrió por unas fiebres tremendas de bebé que le dejaron en silla de ruedas por el resto de sus días. Chivoan es su hermana pequeña, de 14 años. Estudia el grado 7 y es de los primeros de su clase año tras año. Sus padres se divorciaron hace 14 años. Su padre desapareció y su madre se fue a Tailandia en donde comenzó otra familia. Han vivido siempre con su tía y sus cinco primos pequeños, en una aldea camboyana. Habitan una casucha de madera de poco más de 10 m2, no tienen cuarto de baño, la familia no tiene ningún ingreso fijo y dependen del trabajo en la cosecha para sobrevivir. Son una familia muy pobre, como hay miles en Camboya.

Chivi nunca ha podido ir al colegio. Jamás ha ido a clase ni ha estudiado. Viven en una aldea alejados del colegio, por lo que su discapacidad y la pobreza de su casa le han condenado. Todo lo que sabe le viene de su hermana Chivoan, que le cuenta lo que puede de las asignaturas que da en el cole y le enseña inglés. Chivoan no se despega nunca de su hermano mayor, y le cuida con absoluta devoción. También atiende a sus cinco primos pequeños, ya que la tía no se basta sola, y por supuesto hace todas las tareas en casa, que, como pensaréis, son muchas en una familia pobre en Camboya. Aun así, Chivoan encuentra tiempo para estudiar y estar siempre entre los tres primeros de su clase. Mucho que hacer para una niña de 14 años. Desde el Centro Arrupe les apoyamos, les damos arroz, ropa, uniformes, le pagamos las clases de inglés a Chivoan y les damos mosquiteras, jabones y productos de limpieza. También aportamos y mantenemos la silla de ruedas que usa Chivi.

Pese a la dura vida que llevan, a las dificultades que les ha tocado vivir, a ser pobres, a no tener padres en los que apoyarse, Chivi y Chivoan son felices. Están siempre alegres, sonrientes. Se esfuerzan diariamente por ir adelante, por mejorar. Están tremendamente agradecidos de la ayuda que les prestamos, pese a que ellos son los auténticos héroes por sí mismos. Chivoan es feliz cuidando de su hermano y trabajando en casa, y disfruta de sus clases en el colegio como nadie. Para ella es un regalo el poder estudiar, y desde que le empezamos a ayudar a aprender inglés, vive radiante de alegría. Tienen poco (o nada) pero les basta; son sencillos, y lo que tienen lo cuidan y lo comparten.

Chivi y Chivoan nos enseñan mucho. Primero, nos hacen valorar lo que tenemos. El Señor nos ha regalado el nacer en un país desarrollado, en familias que nos quieren y nos cuidan; con ropa nueva, comida rica y muchos juguetes y distracciones. También tenemos muchas oportunidades, pues podemos estudiar, ir al colegio, a la universidad, aprender idiomas y hacer deporte, salir con los amigos o disfrutar de la familia. Somos unos privilegiados, pues muchos otros, como Chivi o Chivoan, no tienen nada de esto. Aprendamos a valorar lo que tenemos, especialmente la familia, y hacer lo mejor de las oportunidades que Dios ha puesto ante nosotros. Exijámonos a nosotros mismos: tratemos de ser buenos estudiantes, buenos hijos, buenos hermanos. Seamos generosos y caritativos. Ayudemos, como hace Chivoan con su hermano, a esos otros que sufren, que no tienen las mismas ventajas que nosotros. Aprendamos de la sencillez de los camboyanos y valoremos las cosas realmente importantes de la vida, como la familia, la amistad, el Amor de Dios. No nos enfademos porque el móvil no funcione o porque no tengo el último capricho; Chivi y Chivoan no tienen nada de esto pero son felices, están siempre alegres, pues valoran aquello que sí tienen en vez de centrarse en lo que les falta.

Y, por último, seamos agradecidos, como Chivi y Chivoan. Demos gracias a Dios por lo que nos ha concedido, y honrémosle sabiendo llevar su mensaje de amor a los demás.  Que la alegría del Señor, que es nuestra fortaleza, nos haga estar al lado del necesitado y podamos compartir el Amor de Cristo.

 

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