TRAs los pasos de JESÚS

 
   

“Sígueme". Esta es la invitación que nos lanza la Infancia Misionera en el día que celebra su Jornada, el próximo 22 de enero. Y necesita saber nuestra respuesta. Que, por cierto, debemos pensar bien. Porque no es un ofrecimiento a irnos de compras, a realizar una evasión de música y alcohol, o a una desconexión cibernética. Estamos hablando de otro tipo de convocatoria, que quizás, en principio, nos parezca menos divertida. Pero que, sin duda, al final, nos resultará más gratificante. Porque no hay nada que pueda producir más satisfacción que sentir el agradecimiento y el cariño de ese "otro" desconocido al que, quizás por un instante, le has hecho sentir tu hermano.

Infancia Misionera nos anima a seguir los pasos de Jesús; esos que nos llevan por la humilde senda del Evangelio hacia la fiesta de la misericordia, a la que solo pueden acudir los que son capaces de mirar a los ojos de los descartados y marginados para mostrarles la cercanía que les ayudará a recobrar la dignidad robada. Son huellas que nos conducen hacia el convite de la solidaridad, exclusivo de quienes tienen el coraje de renunciar a su propio bienestar, a sus propias necesidades, por el bien de otros que se encuentran en peores circunstancias. Son pisadas que se dirigen al concierto de la justicia, en el que únicamente se pueden escuchar las voces de los que no la tienen, porque han sido condenados al silencio, porque su grito de tortura ha sido ahogado en el jolgorio de la desigualdad, encarcelado entre los gruesos muros de la represión, en las herméticas celdas de las causas perdidas. Son señales de pies que han hollado la ruta de la libertad, que invita a estar siempre en camino entre derechos y deberes que todos deben disfrutar en igualdad.

Como los millones de niños que, desde la fundación de esta Obra Pontificia en 1843, se han dejado conquistar por su llamada a ser esperanza de otros niños, la Infancia Misionera nos pide que sigamos a Jesús, que abandonemos nuestras fortalezas y nos pongamos en camino para ser portadores de ayuda, de dignidad, de amor, de paz..., en definitiva, de vida, entre los más de 600 millones de niños que sufren la extrema pobreza, entre los 150 millones que malviven en la calle, entre los 20 millones que son víctimas de la guerra, entre los 300.000 niños soldado a los que se ha arrebatado su infancia con el fin de adiestrarlos para matar... Solo tras los pasos de Jesús disfrutaremos de la alegría del Evangelio: esa que brota especialmente en la sonrisa de los desheredados de este mundo, de los que, en justicia, más la merecen.

 

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