José Carlos Bermejo Higuera
Director del Centro San Camilo

"Quien no vive para servir,
no sirve para vivir"

   

"Quien no vive para servir, no sirve para vivir". Esta frase, repetida por el papa Francisco, es el lema de la pastoral juvenil del Centro San Camilo, de los Religiosos Camilos de Tres Cantos (Madrid), para este curso 2016-17. Su deseo es ofrecer a los jóvenes un espacio para que puedan profundizar sobre el sentido de sus vidas y descubrir la invitación de Jesús a dar la vida sirviendo a las personas mayores y que se encuentran al final de la vida. Con este objetivo han organizado diferentes actividades (ver recuadro). Lo cuenta José Carlos Bermejo Higuera, director del Centro San Camilo (Centro Asistencial y de Humanización de la Salud). José Carlos Bermejo es natural de Tordesillas (1963), Valladolid. Es religioso camilo y experto en humanización de la salud, en duelo y bioética, director máster en counselling, posgrado en duelo, en humanización, en gestión y en pastoral de la salud. Actualmente, enseña en varias universidades: Ramón Lull, de Madrid y Barcelona; Católica, de Oporto y Lisboa; y Camillianum, de Roma. También imparte clases en la Universidad Católica de Valencia. Es autor de numerosos libros y artículos en español, portugués e italiano, con los que intenta contribuir a la formación en el campo de la humanización de la salud y de la intervención social. Su palabra preferida es: la pasión. "Vivo con pasión, gozo de lo hago y hago lo que me gusta", dice.

 

Es uno de los lemas que nos apasionan: vivir para servir. Pero no de cualquier manera, sino con arte. Cuentan biógrafos de uno de los grandes humanizadores del mundo de la salud (San Camilo de Lelis), del siglo XVI, en tantas cosas de rabiosa actualidad, que era un artista del cuidado. Su presencia en el hospital del Espíritu Santo en Roma mostraba una creatividad al servicio de los enfermos como solo se puede encontrar en otras personas de semejante hondura humana. Inventaba aparatos, personalizaba los cuidados, realizaba cambios inauditos. Concebía el servicio como una obra de arte.

Y esta es una de las claves para humanizar las relaciones: el cuidado como arte. No es de extrañar por ello que cambiara radicalmente los olores hediondos por aire puro, que hablara del hospital como jardín, que concibiera las llamadas de los enfermos como sinfonía, que fuera visto saltando y bailando por el hospital. Un biógrafo sostiene que una de las intuiciones más brillantes de este "genio de la caridad" es la de haber introducido, en la asistencia a los enfermos, la idea de la belleza.

En el Centro San Camilo (Tres Cantos, Madrid), los jóvenes pueden descubrir de diferentes maneras un modo muy especial de hacerse artesanos. Artesanos del cuidado. Los artesanos se caracterizan por usar materiales típicos de su zona de origen para fabricar sus productos. Son profesionales, pero muy particulares. Tanto que la "profesionalización" de su trabajo podría hacer perder su especificidad, su diferencia, su toque particular.

En campos de trabajo, en pascuas, en fines de semana organizados especialmente para jóvenes, en el Centro San Camilo se puede aprender a conjugar el verbo cuidar. Porque ante la enfermedad, la dependencia, la proximidad de la muerte, no solo queremos curar o intentar evitar la muerte; sino también cuidar. Cuidar en la cronicidad, en la dependencia, en los procesos diagnósticos, en los terapéuticos. Cuidar siempre.

La artesanía del cuidado lleva a pensar no solo en los profesionales del mundo de la salud y de la intervención social, para humanizar la asistencia. Comporta también pensar en la vocación al cuidado, el deber ético del cuidado y el posible voluntariado al CUIDADO de las personas que sufren.

Cuando las relaciones de cuidado se mercantilizan, se deshumanizan. Cuando nos pensamos a nosotros mismos como técnicos del conocimiento o de los procesos y al enfermo como único destinatario de la intervención, nos perdemos lo más hermoso del potencial humanizador que tiene la red de redes que se crea en torno al enfermar, al sanar o al morir.

Yo quiero soñar, quiero seguir soñando con un día en que la inventiva y creatividad de los profesionales cristalice de tal manera su potencial que cambie incluso nuestro modo de expresarnos, en nuestro modo de acompañar a los jóvenes en su proceso vital.

Sueño no solo con dejar de escuchar críticas sobre pacientes y familiares, sino que espero aún llegar a escuchar frases como estas: "El paciente está emotivamente inestable" (y no solo hemodinámicamente). "El paciente –o el familiar– está espiritualmente angustiado" (y no solo psicológicamente). "La madre, el hijo o cualquier miembro de la familia necesita un extra de comunicación, de soporte emocional", y no solo de un fármaco para síntomas físicos. "Mi radar emocional me dice que suenan pitidos de alarma que me reclaman". "Mi compañero o compañera necesita un «chupito» de escucha", y no solo de un analgésico. "Suena la bomba del corazón del paciente porque se siente solo y tiene miedo".

Los jóvenes que acuden al Centro San Camilo, donde intentamos cuidar con arte a las personas mayores, dependientes, al final de su vida, en procesos de duelo, pueden sentirse interpelados por estos sueños que compartimos.

Los religiosos camilos queremos contribuir a construir un mundo más humano, más digno, más sensible y solidario ante la vulnerabilidad del prójimo. Pero queremos también que los cuidados estén impregnados de ternura y que, sirviendo, podamos encontrar la belleza del cuidado y un modo particular para cada uno de ser artesano, porque quien no vive para servir, no sirve para vivir.

 

José Carlos Bermejo
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