Haití nació como país independiente el 1 de enero de 1804. Tiene, por tanto, poco más de doscientos años de vida. Alcanzó la independencia de Francia tras una revolución de esclavos. Es, en este sentido, la patria con la que siempre soñó Espartaco, el célebre esclavo tracio que se alzó en armas contra Roma y que durante unos años puso en jaque a las todopoderosas legiones. Pero, como Espartaco, Haití es también la historia de un fracaso: hablamos del país más pobre de América, devastado por continuos desastres naturales y dependiente en grado sumo de la ayuda internacional.

Por José Ignacio Rivarés

 

 

 

Haití tiene una superficie de 27.750 km2. Es, para entendernos, un poco mayor que la Comunidad Valenciana, aunque cuenta con bastante más población: más de diez millones de habitantes. Su capital es Puerto Príncipe, que supera el millón de almas. Otras ciudades importantes son Cabo Haitiano (190.000), Gonaïves (210.000), Saint Marc (160.000), Les Cayes (130.000) y Jacmel (140.000).

Geográficamente hablando, solo tiene un vecino: la República Dominicana. Ambos comparten 360 km de frontera, y también isla: la que Colón bautizó en 1492 con el nombre de La Española. Haití ocupa el tercio más occidental de la misma, que incluye, además de la tierra firme, los territorios insulares de Gonâve (el de mayor tamaño), la Tortuga (isla célebre por haber sido cobijo durante siglos de piratas y filibusteros), Cayemites e Isla de Vaches.

Su orografía es montañosa. De hecho, la palabra Haití significa precisamente eso, "tierra de montañas", en lengua arahuaca. Los arawuak o arahuacos eran, junto a los taínos y a los caribes, los tres grupos étnicos que habitaban la isla a la llegada de los españoles. La nao Santa María, una de las tres que componían la primera expedición de Colón, encalló cerca de la actual Cabo Haitiano. Los indígenas, con el tiempo, desaparecerían víctimas de los conquistadores y, sobre todo, de las nuevas enfermedades traídas por estos, para las cuales sus organismos no tenían defensas.

 Estamos es un país montañoso, sí, pero sin cumbres excesivamente altas. Su mayor cima se halla en la sierra Chaîne de la Selle y tiene 2.680 metros. Tampoco encontramos ríos de relumbrón. El más importante es el Artibonito, que nace en la frontera con la República Dominicana y desemboca al norte de la ciudad de Saint Marc, en el golfo de Gonâve. Este curso fluvial, el único que permite parcialmente la navegación, tiene gran importancia pues fertiliza la región central, que es donde se cultivan la mayor parte de los alimentos que consume el país. También hay grandes lagos salinos como el Azuey (Laguna del Fondo), el Trou Caïman o el Saumâtre.

Pese a compartir isla, Haití tiene hoy muy poco que ver con la República Dominicana. Un simple vistazo desde el satélite permite distinguir perfectamente los dos países. En la parte oriental –la República Dominicana- predomina el color verde, mientras en la occidental –Haití– abundan los tonos ocres y marrones. Ello se debe a la tremenda deforestación del último siglo. Los haitianos, necesitados de combustible, han talado indiscriminadamente y durante años los árboles para hacer carbón vegetal con el que cocinar, y ahora la erosión es enorme. Se calcula que en el último siglo el país ha perdido el 98% de sus bosques originales.

Ello no hace sino agravar las consecuencias de las frecuentes inundaciones. Y es que Haití no tiene precisamente una ubicación "envidiable". Por un lado, se alza sobre dos fallas tectónicas, por lo que es una zona muy propicia a los terremotos. El último, y de mayor gravedad hasta la fecha, tuvo lugar en enero de 2010, y causó 316.000 muertos, 350.000 heridos y más de un millón y medio de personas sin hogar, según datos oficiales. Por otro lado, el país es también punto de paso habitual de las tormentas tropicales y huracanes que se forman en el Caribe entre los meses de junio y noviembre. El huracán Mathew, el más destructivo de los últimos cincuenta años, con vientos superiores a los 230 kilómetros por hora, la azotó el pasado 4 de octubre y dejó 805 muertos, 29.000 viviendas completamente destruidas, 60.808 desplazados, 350.000 personas necesitadas de comida y bebida, y hasta un millón de afectados, según datos de Cáritas Haití. Cuando llegó Mathew –y antes que él lo hicieron otros huracanes: Thomas (2011) e Isaac y Sandy (ambos en 2012)– unas 60.000 personas que habían perdido sus casas en el terremoto de 2010 aún seguían viviendo en tiendas de campaña.

 

Un país muy pobre

Y es que Haití es muy pobre. De los 188 países que monitoriza la ONU, ocupa el puesto 163; es decir, en cuanto a nivel de desarrollo, solo tiene por detrás a veinticinco naciones, casi todas ellas africanas. Estamos hablando de un país en el que el 80% de su población vive en condiciones de pobreza y de pobreza extrema, y que depende casi por completo de la ayuda humanitaria internacional. Si la situación de los adultos es mala, la de los niños –ahora que celebramos la jornada de Infancia Misionera– es aún peor. La esperanza de vida al nacer (es decir, lo que las estadísticas dicen que vivirá un niño al venir al mundo) es allí de solo 63 años, mientras que en España, por ejemplo, es de 80. Eso, si el bebé logra superar los siempre críticos primeros años, porque la tasa de mortalidad infantil es también alta: 49,4 por mil. En otras palabras: de cada mil niños que nacen vivos, casi 50 mueren antes de cumplir los cinco años, cuando en España lo hacen solo tres.

Haití, ya se ha indicado, es un país muy poblado para la extensión que tiene. Su densidad es de casi 270 habitantes por km2, concentrándose la mayoría de la gente en las ciudades, las zonas costeras y los valles. Los haitianos son, en su inmensa mayoría, gente de color. Ello tiene una explicación: se trata de descendientes de los esclavos africanos que a partir del siglo XVI fueron llevados a la fuerza al Nuevo Mundo para sustituir a los nativos indígenas en plantaciones y encomiendas. La población de color superará hoy día el 80%. Una parte importante de los haitianos, sin embargo, viven en el exilio. La inmigración se concentra sobre todo en la vecina República Dominicana –donde se calcula que puede haber hasta tres millones, la inmensa mayoría en situación irregular–, EE UU (unos 600.000, sobre todo en Florida, Louisiana, y Nueva York), Canadá (100.000, sobre todo en Québec) e Islas Bahamas (80.000). La presencia haitiana en Québec y Louisiana tiene también su explicación: ambas fueron colonias francesas. Haití es hoy, con Canadá y la isla de Dominica, el único país americano donde el francés es lengua oficial. Además del francés y del creol (criollo), lenguas oficiales, en el país caribeño se habla también algo de inglés (a nivel comercial) y de español, sobre todo en la zona fronteriza con la República Dominicana.

 

La revolución de los esclavos

Haití tiene una historia muy triste. A mediados del siglo XVIII, cuando esa parte de la isla estaba ya bajo dominio de Francia, había allí ya 300.000 esclavos negros, por apenas unas 12.000 personas libres, blancas y mulatas en su gran mayoría. Esos esclavos, lógicamente, vivían en pésimas condiciones. De modo que cuando en 1789 en la metrópoli estalló la Revolución Francesa, en la lejana colonia caribeña comenzó otra lucha: la de la independencia. Las tropas francesas fueron derrotadas en 1803, y Haití ganó la libertad. No obstante, París no reconocería oficialmente al nuevo país hasta 1838, tras el pago por este de una fuerte indemnización. El héroe –y mártir– de la independencia haitiana fue François Toussaint de Louverture, pero el primer gobernador del Haití independiente fue Jean Jacques Dessalines, un general que se proclamó emperador, gobernó como un tirano y ejecutó o mandó al exilio a la mayor parte de los blancos que habían quedado con vida. Desde entonces, y han pasado más de doscientos años, Haití no ha conocido un gobernante mínimamente válido y decente. Los últimos grandes sátrapas fueron los temibles Duvalier: François Duvalier (alias Papa Doc) y su hijo Jean Claude (Baby Doc). El primero estuvo en el poder desde 1959 hasta su muerte en 1971, e implantó un sistema de terror –mediante temibles escuadrones paramilitares llamados tontons macoutes– que acabó con las vidas de unos 40.000 civiles. A su muerte le sucedió su hijo Jean Claude, que siguió por la misma senda que su padre, con hasta 20.000 nuevos muertos. Su dictadura se prolongó hasta 1986, año en que una insurrección popular le obligó a poner pies en polvorosa. Padre e hijo saquearon, además, las arcas del Estado hasta extremos vergonzantes, y lógicamente con el apoyo y complicidad de las potencias, especialmente de Estados Unidos. Pese a haber sido uno de los primeros países en abolir la esclavitud (lo hizo en 1794), los haitianos, en verdad, nunca han conocido la libertad.

 

Vudú y cristianismo

El dictador Duvalier pudo someter a su pueblo gracias a los tontons macoutes, pero tuvo otro gran aliado en el vudú, y en la superstición y el miedo a él ligados. De hecho, llegó a propagar el rumor de que Satanás le había otorgado poder para conocer lo que cada haitiano pensaba, y así controlar a su pueblo. Haití, ciertamente, es conocido por el vudú, al igual que España lo es por los toros o la siesta. El cine se ha encargado de difundir esa imagen tópica. En efecto, no son pocas las películas o series de Hollywood que contienen macabras escenas rituales, con sacrificios de animales, personas que entran en éxtasis, muertos vivientes, gente que clava agujas muñecos que representan a otras personas a la que se quiere hacer daño… Una imagen, ciertamente, muy peliculera. Pero es verdad que el vudú está muy arraigado en el país. Son creencias y supersticiones que tienen su origen en África, que mezclan elementos del cristianismo y del animismo, y que se practican no solo en Haití sino también en otras islas del Caribe y hasta en el sur de Estados Unidos. No obstante, hay que decir que la principal religión allí es el cristianismo (catolicismo y protestantismo), que es profesado por al menos el 70% de la población.

La Iglesia católica tiene gran peso en la sociedad haitiana. Solo en el campo de la educación, gestiona 393 guarderías (donde se atiende a 60.734 niños), 1.377 escuelas primaras (357.908 alumnos) y 238 colegios de secundaria (51.063 estudiantes). Seis mil estudiantes más se forman también en sus centros de estudios superiores. 7,7 millones haitianos están bautizados, según datos oficiales. El país cuenta con diez diócesis y 466 parroquias. A principios de 2015 tenía 16 obispos, 1.041 sacerdotes, 377 religiosos, 1.975 religiosas, cuatro diáconos y 5.326 catequistas. Desde hace un par de años, y por primera vez en la historia, en el colegio cardenalicio hay también un cardenal haitiano. Se trata del obispo de Les Cayes y presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Chibly Langlois, de 57 años.

Haití no es un territorio de misión. No obstante, evangelizan allí también 21 misioneros españoles de las siguientes instituciones y congregaciones: Camino Neocatecumenal, Hermanas Carmelitas de la Caridad, Compañía Misionera del Sagrado Corazón, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, Misioneras Combonianas, Misioneras de la Caridad, Misioneras Siervas del Espíritu Santo, Jesuitas, Sociedad de Sagrado Corazón y Religiosas de Jesús-María. Por cierto, una religiosa de esta última congregación, la barcelonesa Isabel Solà Matas, se dejó allí la vida el pasado 2 de septiembre. Sor Isabel, de 51 años, llevaba ocho trabajando sin descanso por los más pobres, por las víctimas del terremoto, por los niños sin escolarizar… Repartía ayuda humanitaria, atendía a los enfermos –era enfermera–, daba clases, y hasta había creado una fábrica de prótesis para ayudar a los muchos mutilados que había causado el seísmo. La mataron a tiros, para robarle. Fue una incansable servidora de Dios (ver Supergesto 127).

 

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