Somos protagonistas

 
   

Los jóvenes tenemos que asumir el protagonismo que se nos brinda. Porque, a juzgar por lo que nos ha dicho el Papa en su Mensaje para  la 32 Jornada Mundial de la Juventud, el papel que nos toca desempeñar no es ni mucho menos secundario.

Francisco nos ha susurrado al oído que, aunque nos cueste creerlo –porque el ruido medioambiental del que nos rodeamos para huir del silencio interior nos dificulta muchas veces escucharlo–, el Señor se fija en nosotros y nos llama, y, "cuando lo hace, está mirando todo el amor" que somos capaces de ofrecer. El Santo Padre está convencido de que podemos "mejorar el mundo, para dejar una huella que marque la historia, la de ustedes y la de muchos". Por eso, el Papa nos tira de la mano para pedirnos ayuda, convencido plenamente de que la Iglesia y la sociedad nos necesitan. Y nos repite, para que salgamos de nuestro pasmo e incredulidad, que, con nuestros planteamientos, con el coraje que tenemos, con nuestros sueños e ideales, "se caen los muros del inmovilismo y se abren caminos que nos conducen a un mundo mejor, más justo, menos cruel y más humano".

Eso sí, Francisco nos advierte de que, si queremos ser protagonistas de nuestra historia, decidir nuestro futuro, no podemos ser "jóvenes-sofá", que se instalan cómodamente en una realidad segura, para quedar paralizados "por el miedo o el orgullo", sin asumir ningún riesgo. Tenemos que estar dispuestos a descubrir "las grandes cosas" que Dios ha puesto a nuestra disposición, "mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de ofrecer", para hacer que nuestra "vida se convierta en instrumento para mejorar el mundo", y no conformarnos con ver reducida nuestra existencia a "un reality show sin objetivo y sin rumbo".

Debemos también cultivar la memoria; que nadie piense que ser joven significa estar desconectado del pasado, que somos "olvidadizos y superficiales". Pero no una memoria paralizante, "que impone realizar siempre las mismas cosas del mismo modo", sino que "tenemos que aprender a hacer que los sucesos del pasado se conviertan en una realidad dinámica, para reflexionar sobre ella y sacar una enseñanza y un sentido para nuestro presente y nuestro futuro".

"Dios ha venido –dice Francisco– para ensanchar los horizontes de nuestra vida, en todas direcciones". Descubramos, pues, nuestras raíces y abramos nuestras alas al viento, asumiendo nuestro protagonismo, para hacer de nuestra vida "un don para toda la humanidad". Tenemos un buen ejemplo: el de tantos jóvenes que, aquí o en las tierras de misión, responden generosamente a la llamada de Dios con un "aquí estoy, envíame".

 

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