Hoy visitamos la República Dominicana, el país de las playas paradisíacas, del merengue y la bachata, del béisbol y las peleas de gallos... La patria de músicos como Juan Luis Guerra y Michel Camilo, de actrices como Zoe Saldaña (Colombiana, la nueva saga de Star Trek) o Michelle Rodríguez (Fast & Furious), y del diseñador de moda Óscar de la Renta. Una tierra donde sus gentes, de naturaleza alegre y habituadas a lidiar con la injusticia, han aprendido de la historia a esperar siempre lo mejor preparándose al mismo tiempo para lo peor.

Por José Ignacio Rivarés

 

 

 

Supergesto vuelve al Caribe. Si hace unos meses visitábamos Haití, hoy aterrizamos en la otra parte de la isla de La Española, la primera con que se topó Colón al llegar al Nuevo Mundo. Hablamos de la República Dominicana: 48.670 kilómetros cuadrados (la extensión de Aragón, más o menos) y 10,3 millones de habitantes, un paraíso para los millones de turistas que cada año acuden a disfrutar de sus maravillosas playas de arenas blancas, cocoteros y aguas turquesas. Al contemplarlas se entiende por qué el almirante genovés creyó haber llegado al Paraíso.

La República Dominicana ocupa las dos terceras partes de la isla. Bañada al norte por el océano Atlántico y al sur por el mar Caribe, el canal de la Mona la separa en el este de Puerto Rico. La única frontera terrestre que tiene (270 km) es, al oeste, con Haití, un país con el que comparte no solo isla, sino también historia, odios mutuos y pobreza... si bien la renta media en República Dominicana es seis veces mayor que la de su vecino.

Desde un punto de vista geográfico, y para ser una isla, estamos en tierras bastante montañosas. La mayor altura la encontramos en la llamada Cordillera Central. Se trata del Pico Duarte (3.089 metros), solo un poco menor que nuestros Teide (3.718) y Mulhacén (3.478), nuestros techos patrios. Otras cadenas son la cordillera Septentrional y las sierras de Neiba y de Bahoruco, separadas unas de otras por grandes valles como los de Cibao, San Juan y Enriquillo. La vegetación, en general, es frondosa y exuberante. A diferencia de Haití, aquí se conservan aún casi el 30% de los bosques naturales. El país tiene, en total, diez parques nacionales, donde crecen más de 5.600 especies de plantas, algunas endémicas.

Tres de cada cuatro dominicanos viven en ciudades. La capital, Santo Domingo, tiene unos tres millones de habitantes, siendo otras urbes importantes Santiago de los Caballeros (1,8 millones), San Francisco de Macorís (384.000 almas) y Barahona (133.000). La economía nacional la sustenta hoy –y cada vez en mayor medida– el turismo. La agricultura y la ganadería, sectores preponderantes antaño, apenas representan actualmente el 6% del PIB, mientras que las actividades relacionadas con el turismo y la hostelería suponen ya el 15% y el 7,5% respectivamente. Solo entre 2014 y 2015 se construyeron 1.013 nuevas plazas hoteleras, se renovaron otras 2.700 y se autorizaron 3.000 más. Si en 2007 el país fue visitado por más de tres millones de turistas, en 2014 alcanzó la cifra récord de 5,14 millones, la inmensa mayoría extranjeros.

Al hallarse en el Caribe, República Dominicana es azotada con frecuencia por huracanes. En 1979 el bautizado como David mató a más de 1.000 personas, y en 1998 George destrozó miles de hogares. En 2007 fue Noel el que dejó sin electricidad a una tercera parte de la población. Por cierto, la falta de energía aquí no es algo nuevo. En 2006 uno de cada ocho dominicanos no disponían de electricidad y el resto sufrían apagones habituales. En 1992, con ocasión del V Centenario del Descubrimiento de América, el entonces presidente, Joaquín Balaguer, inauguró en la capital un faraónico monumento dedicado a Colón, un costosísimo faro que cada vez que era iluminado dejaba sin suministro a los barrios cercanos.

 

El país de Trujillo

La República Dominicana ha tenido poca suerte con sus gobernantes. Durante gran parte del siglo XX, estuvo en manos de solo dos personas: Rafael Leónidas Trujillo y el citado Joaquín Balaguer. Trujillo fue un dictador sanguinario que gobernó desde 1938 hasta su asesinato en 1961. De la naturaleza de su régimen dan buena cuenta estos tres hechos: hizo coronel a su hijo Ramfis cuando este contaba solo cinco años, y lo ascendió a general a los ocho; rebautizó la capital, Santo Domingo, con su propio nombre: Ciudad Trujillo; y ordenó "limpiar" el país de haitianos –a los que acusaba de cruzar la frontera y robar ganado– en lo que hoy día no dudaríamos en calificar de acto genocida. Para identificar a los inmigrantes, la soldadesca les mostraba una ramita de perejil y les preguntaba qué era eso. Aquellos que no sabían pronunciar bien la "erre" de "perejil", por hablar francés o creole, eran ultimados a machetazos y sus cadáveres arrojados al mar. Así acabó con la vida de al menos 15.000 personas, aunque otras fuentes elevan la cifra a 35.000. El tiranicidio y su régimen de torturas y asesinatos fue magistralmente recreado por Mario Vargas Llosa en su novela La fiesta del Chivo (2000), llevada también al cine.

Balaguer, por su parte, fue el "hombre fuerte" de la República durante cuatro décadas. Ejerció la presidencia a lo largo de 24 años en tres periodos distintos (1960-1962, 1966-1978 y 1986-1996), postulándose, en total, nueve veces para el cargo, la última en el año 2000, ya completamente ciego y con 94 años. Su caudillaje fue tal que durante años hubo un partido político que se llamaba simplemente "Lo que diga Balaguer". Sobran comentarios.

La República Dominicana ha sido durante décadas –y en parte lo sigue siendo hoy– el coto privado de unos pocos adinerados y terratenientes. Actualmente, tiene al 7,9% de su población sumido en la pobreza extrema; a otro 38%, al borde de la misma; y cuenta, además, con una de las tasas de desigualdad salarial más altas de América Latina. Su puesto en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU es el 101. La pobreza y la falta de oportunidades han hecho que desde hace décadas varios millones de dominicanos hayan emigrado al extranjero. Su destino favorito ha sido los Estados Unidos, donde hay ya más de un millón de ellos. Las remesas que estos exiliados envían a sus familiares superan los mil millones de dólares anuales y suponen un verdadero balón de oxígeno para la maltrecha economía nacional. El flujo de salidas, en cualquier caso, no se ha detenido. En 2006, por ejemplo, los guardacostas estadounidenses interceptaron a más de 1.300 personas cruzando el estrecho de la Mona hacia Puerto Rico. Hubo también, por desgracia, decenas que perecieron ahogados.

Pero mientras unos se van, otros llegan. Y los que llegan son, sobre todo, los vecinos haitianos, más pobres y desesperados aún que los dominicanos, y dispuestos a trabajar en lo que sea: plantaciones de caña de azúcar, servicio doméstico... Hoy se calcula que son ya cerca de un millón los haitianos que residen en República Dominicana, muchas veces en situaciones muy difíciles. El P. Christopher Hartley, misionero en San Pedro de Macorís entre 1997 y 2006, denunció durante años, desde el púlpito y en los medios de comunicación, las durísimas condiciones de vida de los trabajadores haitianos de las plantaciones de caña de azúcar de los Vicini, una adinerada familia local. Finalmente, el sacerdote hubo de salir del país. En 2013, el Gobierno puso en marcha un polémico plan para regularizar la inmigración haitiana que desencadenó una gran crisis con su vecino y muchas críticas internacionales, pues negaba la nacionalidad dominicana incluso a los hijos de haitianos nacidos allí.

 

Grandes evangelizadores

Aunque los grupos evangelistas van ganando terreno, la República Dominicana sigue siendo un país mayoritariamente católico. La fe cristiana, como es sabido, llegó de la mano de los frailes que acompañaban a los conquistadores. Algunos de ellos, como los dominicos fray Pedro de Córdoba o fray Antonio de Montesinos, han pasado a la historia. Y no sin motivo, pues se les considera auténticos precursores de los derechos humanos. Y es que en la República Dominicana fue donde se produjo el famoso "grito de Montesinos", una célebre homilía en la que el fraile –como portavoz de toda la comunidad– leyó la cartilla a las autoridades de la conquista, que trataban a los indígenas como a animales. "¿Estos no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?", les dijo Montesinos, antes de que los que mandaban (encomenderos, gobernador, y sus propios superiores religiosos) pusieran el grito en el cielo e instaran a los frailes a no escandalizar y a rectificar. Otro gran defensor de los indios, fray Bartolomé de las Casas, fue testigo presencial de esa histórica homilía.

Después de esos santos evangelizadores, llegaron muchos otros. En la época de Trujillo hubo dos obispos que sufrieron persecución en los últimos tiempos del régimen: monseñor Thomas F. Reilly, redentorista, estadounidense de Massachusetts, y monseñor Francisco Panal, capuchino, español de Ubrique, en Cádiz. El primero, obispo de San Juan de la Maguana; el segundo, de La Vega. Como eran extranjeros y no tenían familia en la isla a la que pudieran represaliar, ambos llevaron la voz cantante en las denuncias de la Iglesia contra las arbitrariedades del régimen, formuladas a través de una carta pastoral colectiva muy crítica. Y pagaron por ello. El obispo Reilly pronto fue acusado en los medios de comunicación de borracho y conspirador. "Monstruo con sotana", le decían. Su criminalización fue tal que las turbas acabaron asaltando su casa. Durante un tiempo vivió refugiado en un convento de monjas, y finalmente acabó encarcelado. Monseñor Panal, por su parte, estuvo a punto de ser asesinado: se libró porque recibió un chivatazo para que no acudiera a la iglesia una mañana temprano, pues un soldado tenía la orden de matarle ese día. Fueron tiempos muy duros, en los que, para desacreditar a la Iglesia, se acusaba a los sacerdotes de traficar con droga y se mandaba a prostitutas a bailar en misa. Antes de morir en los Estados Unidos en junio de 1992, monseñor Reilly pidió ser enterrado en la República Dominicana. El día de su muerte, el ayuntamiento de San Juan colocó la bandera a media hasta y declaró luto. Hoy reposa en la catedral y es recordado como un héroe. Monseñor Panal fue nombrado también hijo adoptivo de La Vega en 1961.

Actualmente, por fortuna, corren otros tiempos. El país está estructurado en doce diócesis y 674 parroquias, que son atendidas por 20 obispos, 665 sacerdotes diocesanos, 469 sacerdotes religiosos, 273 religiosos no sacerdotes, 3.120 religiosas, 665 diáconos y 64.488 catequistas, según datos de comienzos de 2015. La Iglesia gestiona veinte hospitales, 147 ambulatorios, dos leproserías, 39 residencias para inválidos y enfermos crónicos, 30 orfanatos, 14 guarderías, 27 centros de educación especial y 187 consultorios matrimoniales. Cuenta asimismo con 126 escuelas infantiles (con 16.828 niños), 347 centros de primaria (138.000 alumnos) y 109 de secundaria (65.920). Cerca de 100.000 más se forman, por último, en sus centros de estudios superiores y universitarios. República Dominicana no es hoy un "territorio de misión". No obstante, 236 misioneros españoles, de hasta 47 congregaciones e institutos distintos, siguen hoy allí los pasos de aquellos primeros evangelizadores que llevaron la fe al Nuevo Mundo.

 

 

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