Al querer plasmar la trayectoria histórica de la Pontificia Unión Misional, hay que recordar obligatoriamente a su fundador: el Beato Paolo Manna, “el Cristóbal Colón de la cooperación misionera” (Juan XXIII), “heraldo del Evangelio” (Pablo VI). Su precaria salud le obligó en varias ocasiones a abandonar su acción evangelizadora en Birmania Oriental y a trasladarse a su Italia natal, y es aquí donde constata con gran pena –como afirma en sus escritos– que, lamentablemente, la mayor parte de los cristianos no conocía, por falta de información, la situación humana y suerte espiritual de las naciones a las que no había llegado el anuncio de la Buena Nueva de Jesús.

 

Si tal realidad provocaba en él un gran dolor, no era menor el que le producía la verificación de la causa de situación tan sangrante. Por lo general, el origen de tamaña ignorancia residía en que los sacerdotes estaban tan absorbidos por sus obras de apostolado y su entrega solícita a la grey confiada, que no veían más allá de sus propias fronteras y, en consecuencia, no demostraban preocupación por las misiones ni promovían la solicitud que hubiera sido necesaria.

 

En estos hechos se enraíza el que “aquel hombre de Dios –también expresión de Pablo VI–, no sin una inspiración de lo alto”, concibiera la idea y pusiera las bases para estimular en el corazón de todos los sacerdotes la inquietud e interés por las misiones y, a través de su acción pastoral, propiciar en el pueblo cristiano, que –como intuye el Papa Benedicto XV– “siente propensión innata a socorrer con largueza las empresas apostólicas”, el comienzo y vigoroso desarrollo de una auténtica conciencia misionera.

 

En todo este proceso, no deja de ser providencial la colaboración de monseñor Guido Conforti, obispo de Parma y, a su vez, fundador del Instituto Misionero de San Francisco Javier, cuyos miembros son conocidos hoy como los Misioneros Javerianos. En efecto: en la realización de sus proyectos, no sólo los consejos sino también el trabajo de este insigne prelado fueron una valiosísima ayuda para potenciar la naciente Unión Misional del Clero. Más aún: su alta autoridad moral sirvió de argumento notable para que Benedicto XV le concediese la aprobación pontificia el 31 de octubre de 1916 y para que más adelante, en la encíclica Maximum illud del 30 de noviembre de 1919, Pío XI, que fue uno de los primeros inscritos en la asociación, la presentase oficialmente a todos los obispos, la aplaudiera y ensalzara abiertamente y la recomendara a todo el clero. Tamaña colaboración y apoyo, al mismo tiempo que interés y esfuerzo por la extensión de la Unión Misional del Clero, quedó reflejada en el hecho de que, a pesar de ser el Beato Manna el alma, coordinador y maestro-testigo de la asociación, su primer presidente, en el período de 1917 a 1927, fue monseñor Conforti.

 

Fundada esta pía asociación en 1916 en Milán, se extiende rápidamente por toda Italia, y los 48 socios iniciadores, al final del año siguiente, ascendían a 1.254; Pío XI, el “Papa de las misiones”, fue uno de los primeros asociados. Tras variadas redacciones, sus Estatutos Generales datan de 1937, cuando ya se había extendido por muchas naciones y se iniciaba la reflexión sobre la ampliación del ámbito de sus destinatarios a los religiosos y religiosas, dada la solicitud que algunos superiores generales de Institutos religiosos laicales habían dirigido al Secretariado Internacional.

 

De hecho, es en 1938 cuando, en la Dirección Nacional de la Unión Misional de los Estados Unidos, se dan los primeros pasos para la agregación de las Congregaciones Religiosas. Pasarán aún, sin embargo, once años para que el papa Pío XII, por medio de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe, extienda la Unión Misional a los religiosos y religiosas, tanto de vida activa como contemplativa.

 

A la muerte del P. Manna –beatificado por Juan Pablo II el año 2001– en 1952, la Obra se encuentra establecida en 50 países de todo el mundo, merced a la intensa propaganda que de ella hace con su acción y presencia y con sus numerosos escritos sobre el tema. Hoy día se calcula que está presente en todas las Iglesias donde están organizadas las OMP.

 

El título y elevación al rango de Pontificia le fue otorgado por Pío XII el 28 de octubre de 1956. A partir de entonces, es conocida con el nombre oficial de Pontificia Unión Misional, y, en la mayoría de las Iglesias en que se halla establecida, actúa propiamente como un servicio a los agentes de pastoral para ayudarles a vivir más intensamente el dinamismo misionero de su vocación específica y para aportarles cauces y caminos en orden a facilitar su labor de animación misionera del Pueblo de Dios.

 

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