Si se atiende a los objetivos que, desde sus orígenes, ha tenido la Pontificia Unión Misional y, además, a su evolución a través de la historia, resulta fácil descubrir su identidad y plasmarla en una definición descriptiva.

 

La Pontificia Unión Misional, como se ha visto, fue fundada para la animación y formación misionera de los sacerdotes que, juntamente con los Obispos, son primeros animadores misioneros del Pueblo de Dios.

 

Más tarde, abre la proyección de sus objetivos hacia las congregaciones religiosas y, en la actualidad, según los Estatutos de las OMP, promueve “la información y formación misionera de los sacerdotes, de los miembros de los Institutos de la vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, como también de las otras personas de todos los países del mundo empeñadas en el ministerio pastoral de la Iglesia” (cap. II; art. II, n. 23).

 

En consecuencia, y con el pensamiento y palabras de Pablo VI en la carta Graves et increscentes, dirigida en 1966 a la Pontificia Unión Misional, ésta “no es [...] una nueva obra para la recogida de limosnas, sino que es la escuela natural de formación del espíritu cristiano en el sentido social del bautismo y, además, ayuda y completa la actividad de las Obras Misionales para que, a su vez, sean escuelas de formación cristiana y misionera; por último se emplea activamente en que las mismas Obras Pontificias Misionales sean conocidas por doquier, sean ayudadas en sus iniciativas y en sus fines y sean instituidas y promovidas en toda parroquia” (GI 22).

 

Cabe resaltar un matiz que, lejos de confundirla con las restantes Obras Misionales Pontificias, constituye, más bien, lo más específico de esta Obra: su intensa dimensión de comunión tanto con las demás obras, cuyo conocimiento y vitalidad apoya con la formación y animación misioneras de los agentes de pastoral, como con toda la Iglesia misionera, universal y particular, empeñada ardientemente en la evangelización de todos los pueblos. Así, la Pontificia Unión Misional realiza el cometido que se le ha confiado: “mantener viva la tensión de toda la Iglesia hacia la Misión” (Juan Pablo II, homilía en el 75.º aniversario de la PUM, 1990). Como se afirma en los Estatutos de las OMP, “de la vitalidad de la Pontificia Unión Misional depende en gran parte el éxito de las otras OMP” (cap. II; art. II, n. 25).

 

En síntesis, pues, los objetivos de la Pontificia Unión Misional son:

 

  • dentro de la tarea general de formación de la conciencia misionera del Pueblo de Dios, su fin más propio es la animación y formación misionera de todos los agentes de pastoral de las comunidades cristianas y, más específicamente, de sus animadores misioneros;  
  • la “creación de una pedagogía, de una formación, que nos habitúe a pensar y actuar como partes, como células, como hijos y hermanos de esta comunidad eclesial” (Pablo VI, 8-6-66);  
  • y, a partir de los dos anteriores, la promoción y vitalización de las otras Obras Misionales Pontificias.

 

Es a raíz de estos objetivos donde encuentra su máxima importancia la Pontificia Unión Misional. Juan Pablo II la apunta explícitamente al afirmar: “Es necesaria una radical conversión de la mentalidad para hacerse misioneros, y esto vale tanto para las personas como para las comunidades. El Señor llama siempre a salir de uno mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos, empezando por el más precioso, que es la fe. A la luz de este imperativo misionero se deberá medir la validez de los organismos, movimientos, parroquias u obras de apostolado de la Iglesia” (RM 49).

 

Si el criterio para medir la autenticidad cristiana de una comunidad es la vivencia de su conciencia misionera; si su vida y pastoral ha de estar preñada por el anhelo de que Jesucristo llegue con su Buena Nueva a toda la humanidad; si ha de alcanzar en su mirada los vastos horizontes de la Evangelización universal y extender su amor sin límite geográfico alguno, sus agentes de pastoral precisarán de un constante acompañamiento en su formación tanto doctrinal como espiritual y en su quehacer animador.

 

[Carta Graves et increcentes, Pablo VI]